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Full text of "La evolución del cristianismo"

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ALC'O PEYRET 



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La evolución 



del 



Cristianismo 



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Con una introducción de 
GODOFREDO DAIREAUX 



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BUENOS AIRES 

[^a entura ArRenti^.^- Avenida de Mfyo 646 

19 17 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/laevolucindelcOOpeyr 



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La evolución del Cristianismo 



ALEJO PÉYREt 

Nació el 11 de Diciembre de 1S26 en Serres-Castets 
(Bearn) ; estudió en el Colegio de Francia, siendo alum- 
no de Quinet y Michelet, actuando en los movimientos 
republicanos que determinaron la crisis revolucionaria 
de 1848. El triunfo de Napoleón III le arrastró al banco 
de los acusados; tomó luego el camino de la emigra- 
ción, viniendo al Río de la Plata en 1852. Desde enton- 
ces consagró cuarenta y siete años, los mejores de su 
existencia, al progreso civil y cultural de la República 
Argentina; fué el maestro venerado de toda la genera- 
ción ilustre foi-mada en el Colegio del Uruguay. 

Desde la prensa de Montevideo combatió en defensa 
de los intereses de la Confederación Argentina, en "El 
Comercio del Plata" y "El Río de la Plata". En 1855 
fué nombrado profesor de historia en el Colegio del 
Uruguay; en 1856 redactó "El Nacional Argentino", ór- 
gano de la Confederación. El mismo año fundó y or- 
ganizó la famosa Colonia San José, que honra la memo- 
ria del general Urquiza; fué el alma de esa colonia, 
desempeñando en ella todas las funciones administra- 
tivas. 

En 1870, llamado a Francia por sus antiguos com- 
pañeros de emigración, Peyret prefirió permanecer en 
su patria^ de adopción, limitándose a enviar al presi- 
dente Thiers un "Proyecto de Constitución para la Re- 
pública Francesa", editado en Buenos Aires. Publicó 
después "Apuntes sobre colonización" y sus famosas 
cartas spbre la "Intervención del Gobierno Federal 
ft la Provincia de Entre Ríos", que le obligaron a emi- 
grar de esa provincia, ocupando en la Universidad de 
Buenos Aires la cátedra de francés que le brindara 
Juan MaríaJ Gutiérrez. En 1876 volvió a la de his- 
toria en el Colegio del Uruguay y escribió su "Tra- 
tado de Historia Contemporánea", consangrándose espe- 
cialmente al estudio de la filosofía de la historia. En 
1878 se creó para él, en el mismo Colegio, la cátedra 
de "Historia de las Instituciones Libres", que desem- 
peñó hasta 1883, en cuya feclia fué llamado a dictar esa 
misma enseñanza en el Colegio Nacional de Buenos Ai- 
res, hasta 1890. De 1889 a 1899 desempeñó el cargo de 
Inspector general de Tierras y Colonias de la República, 
dando a luz su obra "Una visita a las Colonias de la 
República Argentina", desenvolviendo análogas doctri- 
nas que en sus "Cartas sobre Misiones", publicadas 
en 1881. 

En 1885 publicó en la "Revista Universitaria de 
Buenos Aires" la obra "Orígenes del Cristianismo"; poco 
después dos obras de aliento, "El Pensador Americano" 
y la "Historia de las Religiones" (1SS6). De esta última 
forma parte "La Evolución del Cristianismo" reeditada 
por "La Cultura Argentina". 

Quedan inéditos de Alejo Peyret todos los manus- 
critos originales de sus conferencias sobre la "Historia 
de las Instituciones Libres" i)ronunciadas en el Colegio 
Nacional de Buenos Aires; su publicación ocuparía sois 
volúmenes de quinientas páginas cada uno. 

Alcio Peyret falleció en Buenos Aires el 27 de Agos. 
to de Í002. 



"LA CULTURA ARGENTINA 



ALEJO PEYRET 



La evolución 



del 



Cristianismo 



Con una introducción de 
GODOFREDO DAIREAUX 



A 



<■ -:-■ 



BUENOS AIRES 

«La Cultura Argentina» — Avenida de Mpyo 646 
1917 



ALEJO PEYRET 

Después de haber consagi'ado cuarenta y siete 
años, los mejores de su existencia, al servicio de 
este país, bien merece Alejo Peyret que erijamos 
a su miemoria el modesto monumento de la histo- 
ria de su vida. No nos faltará el material, pues 
con la breve reseña de su obra se puede fácilmente 
llenar páginas. Con sus lecciones y con sus libros, 
con su infatigable propaganda, con sus exploracio- 
nes a partes desconocidas del territorio nacional, 
con el impulso que dio a la fundación de las prime- 
ras coJonias, ha servido a la República Argentina, 
moral y materialmente, como el mejor de sus pro- 
pios hijos. 

])esde la cátedra ha sembrado en el espíritu de 
la juventud argentina de entonces ideas elevadas 
de democracia sana, que muchos de sus alumnos 
han podido a su vez propagar o poner en práctica, 
en la prensa, en el foro, en el poder*. 

Con la pluma y con la palabra, ha luchado in- 
cansablemente contra los dogmas que atajan el 
■progreso y contrarían la libertad del pensamiento ; 
ha disputado a la invasión siempre creciente en la 
República del obscurantismo clerical, la antorcha 
de la filosofía positiva que alumbra el camino de 
la humanidad, alzándola con mano enérgica, bien 
alto, por encima de la multitud de fr'entes enan- 
gostadas por la fe ciega en los mitos, y de los 
brazos hipócritamente levantados para apagarla. 

Para todo tuvo tiempo en su larga vida... me- 
nos para hacer fortuna. Desdeñaba el dinero, co- 



8 - G. DAIKEAüX 

íno todas los grandes espíritus, eont^entáiidose con 
conseguir lo indispensable para llenar las necesi- 
dades de la vida, y poder dedicai'se sin preocupa- 
ción a sus trabajos intelectuales. Y por esto no 
ha dejado a los suyos má^ que la gloriosa herencia 
de su nombre, respetado y querido de todos, y de 
sus obras, que quedarán como un testimonio de lo 
que enseñó y de lo que hizo. 

* 
4» * 

Nació el 11 de diciembre de 1826, <en Serres- 
Castets, Pueblito cercano de la ciudad de Pau, ca- 
pital del Beam. El ambiente en el cual se cría y 
se educa el hombre, imprime for'zosamente su sello 
feu él, y Peyret, nacido en la patria de Enrique 
IV, prototipo de la condescendencia irónica forra- 
da de firmeza, que cuando más parece ceder más 
Tosiste, tenía todas las cualidades de su tienda na- 
ííil, donde la poesía hechicera de los valles no tapa 
la vista del duro granito de la montaña, y donde 
aun cantando sus viejas canciones locales, no deja 
el habitante de pensar en cosas prácticas. 

Ahí nació, de un antiguo oficial de los ejércitos 
de Napoleón y de Armanda Angélica Vignancour; 
y después de pasar sus primeros años en la libertad 
fortificante de las excursiones de los Pirineos, im- 
pregnándose del amor a la naturaleza y penetrán- 
dase al mismo tiempo, al ver trabajar los campe- 
sinos, de la idea que a la vez se puede admirarla y 
explotarla, entró en 1837 en el Colegio Real de 
Pau. 

i Real ! Sí, pues el país de la proclamación de 
los derechos del hombre, después de librarse en 
1830 de la férula del rey beatón Carlos X, había 
vuelto a aceptar otra vez el régimen monárquico. 



ALEJO PEYKET 



matizado de constitucionalismo. Pero la juventud 
pronto iba a soñar con otía república, juiciosa, 
duradera, definitiva. 

En 1845, Alejo Peyret va a París, a completar 
sus estudios, llevado por el deseo de escucliar la 
palabra de los maestros afamados, pensadores, h- 
iósofos. historiadores, que liacían de sus cátedras 
de la Sorbona tribunas para pmlicar la libertad 
del pensamiento y los principios de la filosofía mo- 
derna. ^. ^ .\, 

Concluyó así sus clases en medio de ideas que 
debían tener sobre su espíritu funa i>^pereusion 
tanto mayor cuanto estaba en la edad de la asi- 
n^ilación fácil e indeleble. Y estas ideas eran to- 
das de progreso filosófico, de libertad democrática, 
de mejoramiento de la condición del pueblo, uto- 
pías socialistas, ilusiones generosas, pero con todo, 
base de las profundas reformas que paiúatina- 
mente se van efectuando en todos los puntos del 
orbe, quieran o no quieran los que manejan mo- 
mentáneamente los destinos de las naciones. _^ 

En esa época, separada de la gran Revolución 
por medio siglo de perturbaciones, de terror, de 
monarquías tan diferentes, desde la dictadura del 
n-uerrero omnipotente hasta! el poder mezquma- 
mente tiránico del rey devoto o torioemente libe- 
ral del rey burgués, aspiraba la nación, o por lo 
mekos, la parte ilustrada de ella, a conseguir por 
fin el goce completo y sin trabas de las libertades 
que había conquistado y que le habían quitMo, 
ora los acontecimientos, ora los hombres. 

Y en unión con todos los espíritus elevados de 
entonces, Alejo Peyret sintió hervir en su pecho de 
veinte añas el irresistible deseo de la libertad po- 
lítica para su patria. , , .„ 

En 1844 obtuvo el diploma de bachiller en cien- 
cias y letríus y siguió preparándose para el día 



10 G. DAIREAUX 

de la lucha, esgrimiendo su pluma de publicista 
novel, pero lleno de entusiasmo y de valor, hacién- 
dose de amigos no sólo entre los jóvenes de su 
generación, animados de las mismas ideas, sino 
también entre los jefes futuros del gran movi- 
miento republicano que se iba preparando, 

Y vino, por fin, el momento anhelado en que la 
discusión cede el paso a los hechos, y la pluma 
a las armas; los discursos de club y la improvisa- 
ción callejera a las barricadas y a la revolución. 

Y con la revolución victoriosa, se estableció el 
gobierno republicano, con las esperanzas sin lími 
tes, la generosa ilusión de una regeneración com- 
pleta, de la felicidad del pueblo, la paz, el or- 
den.... ¡Y todo fracasó! 

Hubo reyertas populacheras, más sangrientas 
que los mismos motines antimonárquicos y que tu- 
■vieron que reprimir, matando al pueblo, los que 
más querían su felicidad. No basta tener ideas 
reformadoras para gobernar bien, se necesita tam- 
bién energía y tino; y estos ideólogos eran inca- 
paces de aplicar sus teorías, y estos ideólogos, co- 
mo los hubiera llamado Napoleón I, fueron enga- 
ñados y pronto subyugados por Napoleón III. 

Peyret, discípulo de Edgard Quinet y de Miche- 
let, en el Colegio de Francia, no podía dejar de 
ser arrastrado juntamente con sus compañeros que 
formaban el élite del partido republicano, al ban- 
co de los acusados; y más de una vez nos ha re- 
eoi*dado aquel famoso proceso, que con razón con- 
sideraba un timbre de honor, en que fué defendido 
por el ilustre tribuno y abogado Michel de Bour- 
ges, meridional ardiente, con el don del rayo y que 
durante quince años había hecho oir su voz elo- 
cuente en todos los procesos políticos. 

Michel de Bourges recusó en aquel proceso a 
la mayor parte de los jurados que componían el 



ALEJO PEYEET 11 

tribunal, atreviéndose a declarar: ''que la infa- 
mia del juez es la gloria del acusado". 

Peyret fué absuelto. Volvió a su tierra en es- 
pera de sucesos desgraciadamente previstos, y fué 
entonces que para consolarse, hizo algunos de sus 
preciosos Countes Biarnés, que recién hizo impri 
mir aquí en 1870. La poesía alivia el alma de los 
sinsabores de la vida. 

Pero pronto sucedió lo que debía suceder: el 
golpe de Estado suprimió la República y restable- 
ció el Imperio, y Peyret, fiel a la promesa canjea- 
da con sus compañeros de causa, emigró. 

* 1 

* * 

Vino al Río de la Plata en 1852; y es fácil con- 
cebir por qué motivos eligió esta parte de la Amé- 
rica meridional más bien que los Estados Unidos 
del Norte o cualquier otro país republicano. Pri- 
mero, existía ya una corriente importante de emi- 
gración de los Pirineos hacia las Repiiblicas del 
Plata, y tenía él naturalmente sobre estas regiones 
datos bastante eompletos para que su imaginación 
de republicano y de propagandista se entusiasma- 
se con la idea de venir a sembrar la buena palabra 
del evangelio democrático en estos países nuevos, 
fandos de iluminar el camino de su libertad, re- 
cién conquistada, con las luces de los hombres 
de buena voluntad, viniesen de donde viniesen. 

También el patois bearnés, su idioma nativo, for- 
mado de francés y de español, lo tenía proparado 
para familiarizarse fácilmente con el idioma cas- 
tellano, indicación poderosa del rumbo que debía 
seguir. 

Alejo Peyret, en realidad, no emigraba; su sa- 
lida era el destierro voluntario del ciudadano alti- 



12 G. DAIEEAUX 

vo que prefiere abandoiiai' monientáneaDieiite su 
patria, al verla humillada bajo el yugo del usur- 
pador; y también era la resolución del hombre 
enérgico, lleno de fuerzas morales y físicas, que al 
venas amenazadas de esterilización en su propia 
tierra, prefieíe ponerlas al servicio de una nueva 
patria a dejarlas inútiles. 

Y veremos que tan completamente ofreció y de- 
dicó a su patria adoptiva el capital de ciencia, de 
entusiasmo, de amor al trabajo, de fuego sagrado, 
podemos decir, adquirido en la patria de su naci- 
miento, que el sacrificio no tuvo más fin que la 
muerte . 

¡Así destrozan riquezas moi-ales sin cuento las 
criminales perturbaciones políticas! Siquiera, no 
fué perdida, esta vez, la semilla fecunda arroja- 
da por el viento; cayó en suelo fértil y si la vida 
de Peyret fué perdida para Francia, ha sido, lo 
podemos asegurar sin que nadie nos desmienta, de 
gran provecho para la República Argentina. 



Arrollado por la misma tormenta, había desapa- 
recido de Francia, violentamente arrancado del 
suelo natal, todo un magnífico grupo de inteligen- 
cias superiores; y una verdadera pléyade de filó- 
sofos, de sabios, de publicistas, como Jacques, Mar 
tín de Moussy, Eugenio Pénot, Eaúl Legout, Car- 
los Quintín, Gáillard, Pasquíier, había venido a 
caei* en las hospitalarias riberas del Plata, trayén- 
(ioles el rico tributo de sus resplandecientes y va- 
riadas luces. 

Alejo Peyret se juntó con ellos en Montevideo. 
Venía con el espíritu pi'cñado de ideas generosas, 
Heno de aMor, deseoso de desparramar por todas 



ULE JO PEi^ilET la 

pí-rtes los grandes pensamientos de progreso y de 
libertad que la tiranía había tenido comprimidos en 
su pecho de apóstol. Poder hablar, poder escribir 
a su antojo, poder hacer públicos sus ideales de- 
mocráticos, ¡por fin! ¡Después de la mordaza el 
grito ! j Como si del otro lado del Océano, Francia, 
envuelta en el sudario del absolutismo, lo pudie- 
se oir! 

Pero, no era Peyret hombre de desperdiciar 
tiempo en vanos anatemas y en recriminaciones 
sin eco, y se prestaba el momento a algo más prác- 
tico que sin vacilar emj)rendió. La Confederación 
Argentina iba fijando las bases políticas de su 
Constitución, y desde Montevideo, Alejo Peyret, 
en '*E1 Comercio del Plata", de José María Can- 
tilo, en el *'Eío de la Plata", que él fundó, y en 
otros diarios, con su estilo claro, vibrante, a la vez 
que moderado, ya amoldada su pluma francesa al 
más puro castellano, desarrolló sus teorías, expuso 
sus ideales, ilustrando con toda sinceridad las cues- 
tiones arduas de política teórica. 

Desgraciadamente, el periodismo, y más en aque- 
lla época remota, daba a sus fervientes más sin- 
sabores que pan, y tan pocas compensaciones le 
proporcionaba ese trabajo, que en 1855 aceptó la 
oferta de su amigo el doctor Larroque, rector en- 
tonces del Colegio del Uruguay, de hacerlo nom- 
brar en dicho establecimiento profesor de historia, 
y al año siguiente se hizo cargo de la redacción de 
''El Nacional Argentino", órgano que defendió 
la causa de la Confederación. 

No era esto cambiar de profesión; del periodis- 
mo a la cátedi'a hay poco trecho, y lo mismo allí 
que en la prensa quedó todo un propagandista; 
predicando lo mismOj siempre lo mismo, el culto de 
la democracia. 

Tendremos que volver sobre el profesorado de 



U G. DAIREAUX 

Peyret al hablar de otra época de su vida, por ha- 
ber sido muy corta su primera estadía en el Co- 
legio del Uruguay. Efectivamente, un año apenas 
después de su nombramiento, el que entonces man- 
daba — el general Urquiza — juzgó que el valor, la 
actividad de ese hombre joven, enérgico, se des- 
gastaban casi inútilmente en palabras, al dictar un 
curso de historia, al hablar de cosas pasadas, cuan- 
do tanto precisaba de hombres de este temple para 
fundar su porvenir, la provincia de Entre Ríos, el 
país entero. 

Peyret, a menudo, solía decir a los de sus alum- 
nos que no aprovechaban sus lecciones: "Ustedes 
vienen aquí a perder el tiempo; harían mejor en 
ir a sembrar papas", y Urquiza pensó que Pey- 
ret era a quien se hacía perder lastimosamente el 
tiempo, y que ese hombre tenía que ser un foco 
de actividad práctica, de propaganda por el ejem- 
plo, en las soledades incultas de la República Ar- 
gentina, y le mandó fundar y organizar la Colonia 
de San José, en 1856. 

* 
* * 

La fundación y organización de dicha colonia 
fué toda una obra, su obra personal, aunque, con 
su acostumbrada modestia, haya él mismo atribuí- 
do al general Urquiza toda la gloria de ella. 

El general Urquiza dio la orden de fundarla, 
dio la tierra, dio todos los elementos, y Peyret pu- 
so toda su actividad, todo su entusiasmo de joven. 
Quince días antes de hacerlo, nadie pensaba en 
semejante colonia. 

Sucedió que, cumpliendo, pero con mucha de- 
mora, un contrato de colonización con el gobierno 
de Corrientes, que ya lo liabía declarado caduco, 
un señor John Lciong mandó de Suiza cien fa- 



ALEJO PEYEET 15 

milias de colonos. Reeliazados de Corrientes, se 
dirigieron al general Ur quiza, presidente entonces 
de la Confederación Argentina; pero el gobierno 
nacional carecía de recursos para costear una co- 
lonia, y fué por esto que el general Urquiza tomó 
el asunto por su cuenta particular. 

Se dio orden de llevar a los colonos a los campos 
del Ibicuy, en el departamento de Gualeguay. Allí 
se vio que el terreno era anegadizo y no servía 
para la colonización, y se mandaron a Calera de 
Espiro, en las costas del Uruguay, a dos leguas de 
Paysandú. Era en julio; recién en septiembre, 
después de dos meses de invierno, pasados en cam- 
pamento, pudieron los colonos emprender los tra- 
bajos de desmonte y empezar a remover la tierra 
virgen y a sembrarla de maíz. 

La fundación de la Colonia de San Jv>sé, ver- 
dadero complemento de la victoria de Caseros, fué 
como la brecha abierta por la cual entró la primera 
ola de inmigración colonizadora a la República 
Argentina, trayendo consigo el aumento del co- 
mercio y del movimiento marítimo, precursores de 
las demás manifestaciones de la civilización; fué 
también la cobnena de donde salieron los numero- 
sos enjambres de colonos que después fundaron to- 
das las demás colonias de Entre Ríos, que hoy al- 
canzan a diez y nueve en la costa del río Uruguay. 

Sin el esfuerzo tenaz de Alejo Peyret, para lle- 
var a cabo esta obra, entre las mil dificultades ma- 
teriales y morales que tuvo que vencer, hubiera 
seguramente fracasado, demorándose quizás por 
medio siglo la colonización de la República. Ui*- 
quiza había puesto su confianza entera en Peyret, 
y nunca confianza ciega fué mejor colocada. Pey- 
ret, hubiera podido, hubiera debido, dirán muchos, 
aalir de San José rico; pero ni se acordó de reser- 



16 a, DAlEEAUl 

var para sí una pulgada de tierra después de lia- 
ber pasado allí diez y ocho años! 

Trabajaba para el honor j y es justo que aquí 
se lo tributemos. 



De 1857 a 1864, fué juez de paz de la colonia 
que había fundado; y seguramente, nunca la jus- 
ticia habrá sido mejor administrada en la campa- 
ña argentina. 

De 1866 a 1869, lo vemos dirigiendo la mesa 
de estadística, creación debida a su infatigable 
propaganda en '"El Uruguay". Muchas otras cues- 
tiones administrativas y de diversa índole trató 
entonces en el mismo periódico. Por lo demás, se 
puede decir que durante toda su vida, nunca de- 
cayó su actividad literaria. Estudiaremos más tar- 
de las producciones de su pluma, pero muchísimas 
de ellas han quedado desparramadas en la prensa 
diaria y llenarían tomos numerosos, si se pudiesen 
juntar. 

Durante diez años, él fué administrador, direc- 
tor, juez de paz, comisario, presidente de la Mu- 
nicipalidad, y hasta llegó a hacer de oficial del 
Registro del Estado Civil. 

En 1870, Peyret, a pesar de ser llamado a Fran- 
cia por Sus antiguos compañeros de destierro, pen- 
só que ya era tarde para dejar su patria adoptiva, 
y se contentó con publicar un Proyecto de Cons- 
Üiución para la^ Beimblica Francesa. No podemos 
dejar de citar casi íntegra la magnífica carta con 
que lo acompañó al mandárselo a monsieur Thiers, 
entonces presidente de la República, después de 
haber sido durante tantos años el acérrimo defen- 
sor de la monarquía constitucional. 

«Señor, le decía: En 1848, dijisteis: «La Repii- 



ALEJO PBTKET 17 

»bliea es el gobierno que nos di\'ide menos» y sin 
» embargo, trabajasteis por el derrocamiento de la 
» República . 

» En 1871, los acontecimientos os colocaron a la 
» cabeza de esa misma República que hubiera po- 
» dido ser fundada veinte años antes, si los viejos 
» parlamentarios hubieran obrado de buena fe y 
» no hubieran conservado la ilusión de creer en la 
^ posibilidad de la reyecía constitucional, ilusión 
» que nos valió el despotismo imperial, un retroce- 
;> so de cincuenta años . 

» Hoy, la ilusión ya no es posible ; vos mismo 
» lo habéis reconocido de alguna manera en un dis- 
» curso que ha llegado- hasta nosotros, en esta tie- 
» rra lejana, donde seguimos con un interés fácil 
i- de comprender, las dclorosas pruebas de nuestra 
» patria . 

» Estáis llamado a presidir la obra de la rege- 
» neración de Francia. ¿Habremos de tomar vues- 
^» tra palabra a lo serio ? Vuestro pasado nos per- 
» mitiría dudar, tal vez, pero aseguráis que no que- 
» réis deshonrar vuestra vejez con una mentira. 
» ¿. Acaso habéis sido seducido, en defecto de con- 
>•> vicción, por esta inmensa gloria de fundar la 
» República Francesa? ¿Os rendiréis al fin a la fa- 
» tal necesidad, a la indomable fuerza de las cosas 
» que por grado o fuerza, empuja las sociedades 
» modernas hacia la democracia? 

» Sería presuntuoso escrutar vuestras intencio- 
» ues, y además, ¿qué puede importar el móvil que 
» os empuja? 

» El problema queda planteado una vez más : hay 
» que resolverlo . 

» Tal es lo que procuro hacer en este ensayo 
» que me tomo la libertad de enviaros 



18 G. DAIEBAUX 

» El porvenir nos dirá si debemos colocar viies- 
» tro nombre al lado de los de "Washington, de 
» Franklin, de Hamilton, de Jefferson, de Madi- 
^> son y demás inmortales fundadores de la gran 
■> República Americana, o si debemos relegarlo al 
» último rango de la historia, entre los defensores 
•» ciegos y obstinados de los dogmas extinguidos, 
» de las transacciones inmorales y cobardes, de los 
2> principios caducos y de las instituciones muer- 
» tas» . 

Esta carta elocuente da la medida del amor que 
siempre profesó Alejo Peyret a los principios de- 
mocráticos, y se explica fácilmente que el viejo 
republicano de 1848 dude, después de tanto en- 
gaño, de los sentimientos políticos de M. Thiers, 
ese monárquico empedernido, al asumir el poder 
como presidente de la República. 

Dejó que republicanos más jóvenes que él siguie- 
sen en la patria lejana, con la tarea de su rege- 
neración y siguió él aquí con la que se había im- 
puesto. Hacía más de 20 años que se dedicaba a 
fomentar por todos los medios a su alcance, el 
progreso en la República Argentina; pero estaba 
aún en toda su fuerza intelectual, y le quedaba 
mucho que hacer. 

Fecundo, elocuente, defensor ifácilmente entu- 
siasta de todas las causas justas, tenía en sumo 
grado ese genio de propaganda que constituye una 
de las fuerzas más nobles de Francia y que de sus 
hijos, los más soñadores a veces, y los menos prác- 
ticos, hace los hombres más útiles a la humanidad. 
No saben hacer fortuna; pero saben indicar a los 
demás los medios de hacerla, 

y fué así Peyret; bien lo saben todos los que lo 
han conocido. Sus Apuntes sobre Colonización, 



ALEJO PBYRET 19 

que entonces escribió, son una pimeba más de lo 
dicho . 

La verdad también le salía por todos los poros; 
poco y mal sabía disimular lo que pensaba, cuan- 
do se trataba de interés público; y fueron demos- 
tración de ello sus cartas sobre la Intervención 
del Gobierno Federal a la Provincia de Entre Ríoí,-, 
por cuya publicación fué obligado a dejar la ad- 
ministración de la Colonia y a venir a fijarse en 
Buenos Aires, donde ocupó en la Universidad, de 
1874 a 1875, la cátedra de francés, a pedido de su 
amigo el ¡poeta Juan alaría Gutiérrez. 

* 

# * 

En 1876, pasada la tormenta, volvió a ocupar 
su cátedra de historia en el Colegio Nacional 'del 
X/ruguay y escribió su tratado de "Historia con- 
temporánea". Ese período, 1876 a 1881, fué para 
él de actividad intelectual extraordinaria Era el 
otoño 8e su vida, y el árbol, en la plenitud de su 
vegetación, producía sus frutas abundantes y ma- 
duras. 

"Lo demás vendrá por añadidura, solía decir 
Alejo Peyret a sus alumnos, exhortándoles a es- 
tudiar, ya que el presente es hijo del pasado y tie- 
ne en sus entrañas el porvenir". Y al preparar su 
clase dCi filosofía de la historia, leyendo y escríbifcn- 
do, pensando y condensando sus pensamientos, le 
venían por añadidura mil ideas merecedoras de 
ser desarrolladas en el periódico o en la tribuna. 
Sugeridas por los acontecimientos del presente o 
por el recuerdo del pasado y que aprovechaba pa- 
ra esbozar artículos, discursos o libros cuya publi- 
cación vendría a ser oportuna en el pon^enir. 

Peyret ha dejado a todos los (lue tuvo por dis- 



20 a. DAIEEAUX 

cípulos en el Colegio Nacional del Uruguay, el im- 
borrable recuerdo de un profesor de alto Aoielo, por 
la amplitud de sus conceptos, la claridad de sus 
explicaciones, la nobleza de sus ideas, nunca reba- 
jada por la familiar amenidad de su palabra, y 
por las profundas y filosóficas consecuencias que 
sabía sacar de sus lecciones. 

''El Colegio del Uruguay, escribía el mismo Pey- 
ret, no debía ser, en la mente de su fundador, so- 
lamente científico y literario, sino que se debían 
foraiar en él hombres completos, diestros en ocu- 
paciones prácticas, en artes y oficios y en agricul- 
tura". Y así lo entendía Peyret, no perdiendo oca- 
sión de dirigir a sus discípulos bacía las carreras 
productoras, tratando por sus consejos hacer de 
ellos verdaderos trabajadores, sin excluir por esto 
la cultura estética, ya que consideraba el arte co- 
mo el coi'onamiento de la actividad liuanana. Lo 
que quería era, "apartarlos de la empleomanía, de 
las profesiones parásitas, del título profesional ba- 
sado en estudios superficiales y en exámenes más 
o menos probantes, de todo lo cual procede este 
sistema antisocial que perpetúa las agitaciones po- 
líticas y el malestar público, y desacredita no só- 
lo a los pueblos sudamericanos, sino al mismo sis- 
tema republicano". 



En 1878, Alejo Peyret consiguió que se creara 
para él en el Colegio Nacional del Uruguay, la cla- 
se de Historia de las Instituciones Libres, y pudo, 
hasta 1883, hacer oír en ella, sobre temas eleva- 
dísimos, su voz atrayente y simpática. En este 
último año, se creó ipara él la misma clase en el 
Colegio Nacional do la Capital, snprimiénrloso on 
1890. 



ALEJO PEYEET 21 

^luchas de sus conferencias lian sido publicadas, 
otras permanecen inéditas, lo mismo, por lo demás, 
que la mayor parte de sus numerosas obras. 

Todo era para él motivo de expansiones instruc- 
tivas y se puede decir que por donde ha pasado 
ha dejado por huella algún libro, sin contar las 
innumerables conferencias amenas o filosóficas, los 
discursos políticos o históricos, que a menudo pro- 
nunció en las fiestas francesas, y ios artículos lle- 
nos de interés con que hasta pocos meses antes de 
su muerto, engalanaba las columnas de Le Courrícr 
de la Pinta. 

De 1889 a 1899, ocupó el importante puesto de 
inspector general de Tierras y Colonias de la Re- 
pública, que tan bien correspondía al fundador y 
organizador de la primera de ellas, lo que aprove- 
chó para escribir su obra: ''Una visita a las Colo- 
nias de la Repúhlica Argentina", como en 1881, 
había tomado motivo de una exploración quo le 
había mandado hacer a Misiones el gobierno na- 
eJonal, par'a publicar un libro: Cartas solne Misio- 
nes, lleno de interesantes datos y de indicaciones 
proféticas, que día a día se van realizando, sobre 
esta admirable parte del territorio argentino. 

En su carácter de inspector general de Colonias, 
fué comisionado en 1889, por los gobiernos nacio- 
nal y provincial de Entre Eíos, para representar- 
los en la Exposición Univei'sal de París. Pudo 
aprovechar su viaje, el primero que realizaba a 
Su patria desde 1852, para saludar a algunos de 
sus antiguos compañeros de destierro, llegados, va- 
rios de ellos, a puestos elevados de la República, y 
agradecerles el recuerdo que de él habían conser- 
vado, pues le liabía nombrado el gobierno frail- 
ees oficial de Academia. 

Peyret deja, a más de las que hemos indicado 
ya, variaí^ obras, algunas de gi'an valor. En 1885, 



22 G, DAIEEAUX 

publicó en la Revista Universitaria de Buenos Ai- 
res, los Orígenes del Cristianismo ; y pronunció un 
discurso, que es toda una página de litei'atura, en 
la manifestación a la memoria de Víctor Hugo, 
discurso que hace pendant con su conferencia, pro- 
nunciada en la celebración del Centenario de Vol- 
taire. En 1886, publicó en el diario francés L'In- 
dépendant, una serie de artículos sobre la Filoso- 
fía de la Revolución, y en 1889, un folleto de gran 
interés práctico sobre las Máquinas Agrícolas en 
la Exposición Universal de París. 

Pero queremos recordar aquí especialmente dos 
de sus obras más importantes: el Pensador Ame- 
ricano y la Historia de las Religiones (1886). 

En la primera, desbordante de espíritu voltai- 
riano, hace la crítica, alumbrándolas con la luz 
cruda de la razón, de todas las invenciones infan- 
tiles con que la religión católica consigue, desde 
siglos mistificar a una parte de la humanidad. 

La Historia de las Religiones, dedicada por su 
autor a la juventud argentina, es una obra muy 
importante bajo todo concepto, que comprende, en 
sus tres partes, la historia y la crítica filosófica de 
las religiones primitivas, de las religiones históri- 
cas y del cristianismo. Debería ser libro, sino de 
texto, por lo menos de lectura obligatoria pa.ra los 
alumnos de las facultades de derecho y de letras. 



* 



Tal fué la vida de Alejo Peyrct, vida benéfica 
para el país, que le debe, como a muchos de estos 
ciudadanos franceses, traídos a nuestras playas por 
la conmoción política de 1852, servicios tanto más 
inestimables cuanto más desinteresados, pues han 
hecho para el progreso de esta tierra mucho más 



ALEJO PEYEET 23 

que los capitales que sólo Tienen en busca de opi- 
ma remuneración. 

Desdeñoso para sí mismo de la riqueza j no per- 
dió ocasión de fomentarla para los demcás, por sus 
consejos, por la vulgarización de conocimientos 
prácticos y útiles. Trabajó durante toda su larga 
vida en inculcar a la juventud argentina ideas ele- 
\-adas, poniendo al servicio de su enseñanza todo 
su espíritu crítico tan justo y tan ilustrado, toda 
su inteligencia y su erudición vastísima. Su estilo 
claro, sin otra pretensión que la de ser fácilmente 
comprendido, completaba en él las calidades del 
maestro eximio. 

Ha traído al edificio de la sociabilidad argenti- 
na algo más que un "grano de arena, y es justo 
que entre los argentinos perdure su memoria, ro- 
deada de respetuoso agradecimiento. 

GODOFREDO DaIRBAUX. 

Septiembre de 1902. 



Introducción al curso de conferencias sobre 

LA HISTORIA DE LAS INSTITUCIONES LIBRES, 

desenvuelto en el Colegio Nacional de Bufónos Aires. 



Sabéis cuál es el objeto de estas conferencias. 

Debo, desde luego, agradecer al gobierno na- 
cional y especialmente al ilustrado ministro del 
ramo, me haya proporcionado un local para reali- 
zar el objeto que me había propuesto: hacer la 
historia de las instituciones libres, es decir, indi- 
car cómo la libertad y la justicia habían ido for- 
utándose y desarrollándose en medio de las socie- 
dades humanas. 

Esta es una idea que acariciaba desde muchos 
años atrás: habíala concebido en medio de las so- 
ledades americanas, al presenciar el estado em- 
brionario, rutinario, retrógrado, de las poblaciones 
dotadas con una constitución liberal, con una de las 
(íonstituciones más liberales del mundo, pero inca- 
paces asimismo, a consecuencia de su ignorancia, 
de elevarse a la altura de sus instituciones. De- 
cíame entonces a mí mismo, cuando estaba sunu- 
do en mis meditaciones solitarias: es preciso for- 
mar apóstoles, un núcleo de jóvenes que vayan di- 
fundiendo en el seno de las masas inconscientes 
las nociones indis^pensablcs para generalizar la prác- 
tica de los derechos, el cumplimiento de los debe- 



26 A. PEYEET 

res políticos y sociales, para sustituií mía socie- 
dad orgánica de ciudadanos a esas agrupaciones 
caóticas que traen forzosamente a la memoria el 
recuerdo de los tiemipos pasados, el recuerdo del 
coloniaje. Es preciso enseñarles la ciencia social, 
lo que se lia dado en llamar con el término algo 
bárbaro de sociología, y el estudio de la sociología 
no es posible sin el conocimiento previo de la his- 
toria; no la historia de los sucesos históricos pro- 
piamente dichos, sino la historia de las ideas que 
han ido levantándose en el horizonte social, como 
los astros asoman en el firmamento, paulatinamen- 
te, y han formado el patrimonio intelectual de la 
humanidad. Es preciso hacer en una palabra la 
historia, no de los titulados grandes hombres, sino 
de los grandes principios sobre los cuales descansa 
la conciencia social. 

La América es la tierra del porvenir, ¿Por qué 
no entró de una vez resueltamente en la carrera 
que los sucesos le abrieron? ¿Acaso no tendría con- 
ciencia de su misión? ¿No comprendería el papel 
que tiene que desempeñar en el drama humanita- 
rio? ¿Por qué se deja dominar por inteligencias 
retrospectivas? ¿Por qué mira para atrás, en vez 
de mirar para adelante? ¿Por qué se deja parali- 
zar, inutilizar por la influencia de los sentimientos 
retrógrados, por las leyes del atavismo? 

Y me respondí a mí mismo: "porque no hay 
hombres que se atrevan a hablar a la juventud el 
lenguaje del porvenir". Esa juventud tendrá 
maestros ilustrados, pero les falta la iniciativa de 
las resoluciones varoniles y la audacia de los pen- 
samientos generosos; porque en vez de alzar la 
antorcha para que alumbre a la distancia, la tapan 
y esconden, porque vacunan la verdad en vez de 
presentarla tal r-unl es. porque capitulan con Jas 



INTRODUCCIÓN 27 

preocupaciones rezagadas y se dejan llevar por 
consideraciones rastreras . 

Salí entonces de mi retirp y me fui a liablar a 
esa juventud. Pero mi enseñanza no tardó en des- 
pertar odiosidades: naturalmente, yo decía la ver- 
dad, y la verdad no conviene a los que viven de 
la explotación de la mentira. 

No importa; yo dije como aquel antiguo : vitam 
impenderé vcro: dedicar la ^-ida al tríunfo de la 

verdad. ^ n i 

El (pensamiento que me había llevado ai Cole- 
gio del Uruguay, del cual había tenido ya el ho- 
nor de ser catedrático en los primeros tiempos, me 
hizo venií a Buenos Aires. 

Aquí busqué un salón, algo parecido al Ateneo 
de Montevideo, un salón abierto a todas las ideas. 
Contestóseme que no lo había. Pedí entonces uno 
a la Facultad de Ciencias Sociales : no tuve el ho- 
nor de recibir una contestación; los sucesos poste- 
riores me demostraron que aquel silencio no de- 
bía interpretarse en el sentido del tan conocido 
refrán: quien calla otorga. 

Quedaba, pues, el Colegio Nacional; pero a la 
fecha el coloniaje y el atavismo unperaban toda- 
vía en este establecimiento que fué en otra época 
edificio de los jesuítas. ¿Cómo podía un meto de 
Voltaire hacer oir su voz en la casa de San Igna- 
cio de Loyola? Indudablemente hubiera sido la 
abominación de la desolación. Las paredes se hu- 
biesen estremecido de horror; las sombras de la 
Edad Media hubiesen salido de sus sepiúcros para 
venir a apagar esas lámparas que nos alumbran. 

Poco faltó, por consiguiente, para que yo aban- 
donase mi idea; pero un suceso inesperado vino a 
cambiar este orden de cosas. El nuevo e üustrado 
rector que dirige este colegio se apresuro a poner 
un salón a mi disposición. 



28 A. PEYEET 

Agradézcole ese favor; agradézcole al señor' mi- 
nistro; agradézcole al presidente de la República, 
sobre todo a los dos últimos, pero no lo extraño, 
cuando reenerdo que fueron educados en el histó- 
rico colegio del Uruguay, que tantos hombres emi- 
nentes ha dado y seguirá dando a la Eepública. 

He ahí explicada mi presencia entre vosotros, 
señores. 

Yo no he venido aquí a usurpar el dominio de 
otros, como se ha creído tal vez; no, no vengo aquí 
a hacer competencia a ilustrados y elocuentes pro- 
fesores: yo vengo aquí únicamente para predicar 
la verdad, toda la verdad, nada más que la ver- 
dad, porque la considero necesaria para el triun- 
fe de la justicia en la tierra. 



PREFACIO DE. LA 
HISTORIA DE LAS RELIGIONES 



Hace más de diez años, coiiversaudo con Juan 
María Gutiérrez, le dije que tenía intención de 
escribir la filosofía de la historia, y, con su bon- 
dad acostumbrada, me alentó para emprender ese 
trabajo. Pero no tardé en compi'ender que había 
acometido una tarea superior a mis fuerzas. De^de 
luego, no me había mantenido al corriente de los 
trabajos históricos que se habían llevado a cabo en 
f,l tercio del siglo que acababa de transcurrir, y, 
durante ese lapso de tiempo, el doble más largo 
que el de Tácito, habíase renovado la historia de 
la antigüedad, descubriéndose una antigüedad mu- 
cho más antigua que la que se nos había enseña- 
do en los colegios de mi patria; habíase inventado 
la prehistoria, si se puede ha])lar de esta manera. 

La misma historia comente, la que creíamos co- 
nocer, había sufrido una renovación completa por 
los trabajos de una legión de eruditos y de críticos 
que habían ido desenterrando una porción de ar- 
chivos inéditos. Las leyendas habían sido puestas 
en tela de juicio, los mitos perforados de par en 
par, en fin, toda la fantasmagoría de las creencias 
anteriores barrida como las nubes amontonadas so- 



30 A. PEYRET 

bre el Océano por el imiDetuoso viento de las Pam- 
pas, 

Un sentido, que faltaba al siglo XVIII, el sen- 
tido histórico, habíase desarrollado asombrosamen- 
te, con una acuidad maravillosa, con una facultad 
de percepción incomparable, con un poder de aná- 
lisis asombroso; gracias a él el espíritu estudioso 
penetraba en el laberinto del pasado con la mis- 
ma seguridad que el viajero se aventura con la 
brújula en los mares desconocidos, fijando de an- 
temano el derrotero que va a recorrer y el punto 
adonde va a llegar. 

Por otra parte, varias ciencias acababan de cons- 
tituirse, considerando, examinando la naturaleza 
y la humanidad bajo nuevos aspectos, cuyas cien- 
cias habían proyectado, o iban a proyectar una luz 
extraordinaria sobre los fenómenos sociales. 

Los viajeros, los exploradores habían recorrido 
todos los rincones de nuestro planeta, antes tan 
extenso y actualmente tan esti'echo, arrojando a 
los pies de los sabios una cantidad de datos, una 
copia de documentos tal, que con ellos podían es- 
calar todas las montañas, hasta entonces inaccesi- 
bles, de la historia. La historia del pasado nos era 
revelada por la historia de las tribus salvajes, de 
las naciones bárbaras que todavía existen,- la ana- 
logía nos llevaba en sus alas hasta lo más remoto 
de los siglos transcurridos, y la paleontología ve- 
nía a confirmar las inducciones de la ciencia social . 
¡ Cuántos velos habían caído, en fin, cuántos miste- 
rios se habían aclarado! 

Y yo ignoraba casi todo aquéllo, yo víctima in- 
feliz de la educación universitaria, tal como se da- 
ba en Francia bajo el reinado de Luis Felipe, tal 
como la habían constituido los eclécticos y los doc- 
trinarios, los corifeos de la burguesía satisfecha^ 
los turiferarios del justo-medio, los apologistas del 



INTEODUCCIÓN 31 

régimen parlamentario, que creían y propalaban 
que todas las revoluciones pasadas no habían teni- 
do más objeto que entronizar la monarquía de 
julio y que la Carta de 1830 era el non plus ultra 
de las reformas políticas y sociales. 

Bossuet, al estilo de todos los autores cristianos, 
liabía hectLO girar todo el movimiento humanitario 
alrededor del pequeño pueblo de Israel, como to- 
dos los planetas jiran alrededor del sol, advir- 
tiendo que esa misma tierra, en el pensamiento de 
aquellos autores, era considerada como el centro 
de los mundos. 

Del mismo modo, los historiadores habían dado 
por objetivo a la historia moderna la revolución 
d^ 1830 reducida a los estrechos límites de la mo- 
narquía parlamentaria, amoldando todos los su- 
cesos a ese resultado que consideraban definitivo. 

Y tal era la filosofía de la historia que se nos 
había enseñado: Bossuet y Agustín Thierry; tal 
era la moneda corriente con la cual habíamos lle- 
nado nuestros bolsillos intelectuales. 

Y el Oriente y el Occidente, y el inmenso con- 
tinente asiático, tan lleno de misterios, y el nuevo 
continente, que se había alzado del seno de las 
olas encrespadas con su programa de regenera- 
ción, con la bandera del porvenir, teatro predes- 
tinado de la democracia, ¿dónde se dejaba todo 
aquéllo ? 

Es cierto que ya en esa misma época unas voces 
elocuentes habían empezado a protestar eontía esas 
miras estrechas; pero el gobierno, temeroso de des- 
agradar a los campeones del pasado, les había im- 
puesto silencio ("aludo sobre todo a los cursos dic- 
tados por Michelet, Quinet y Mickiewicz en él cole- 
gio de Financia) y posteriormente nua gran ca- 
tástrofe había dado a los sucesos y a las ideas una 
direeión impíevista; quiero hablar del golpe de 



áL' A,. PiSYEET 

estado de 1851^ que había siipiimido la libertad 
política en el país de las revoluciones, condenan- 
do al silencio o a la hipocresía al gran propagan- 
dista del linaje humano, al vulgarizador por ex- 
celencia, al verbo francéíi. Entonces, desde el par- 
lamentarismo hablador y enervante, habíamos caído 
en el cesarismo opresor y corruptor. Y, corno el 
éxito jamás deja de encontrar aduladores, como 
nunca faltan los espíritus acomodaticios dispuestos 
a repetir el vce víctis del caudillo galo, lo mismo 
como se había teorizado la monarquía iparlamen- 
taria de 1830, actualmente se teorizaba la monar-« 
quía plebiscitaria, la monarquía cesárea, presen- 
tándola como el non plus ultra de las institucio- 
nes modernas. No solamente liOs publicistas, no 
solamente los jurisconsultos, sino los mimos his- 
toriadores se hacían cesaristas. Cesaristas por 
dentro, cesaristas por fuera, no se veía otra 
cosa. Tan es así que no cayó César en Fran- 
cia sino para volver a levantarse en Alemania. Pa- 
recía y parece aún el viejo continente incapaz de 
dar un paso más allá del régimen eesarísta, sincre- 
tismo monstruoso del derecho popular y del de- 
recho divino. El mismo continente norteamerica- 
no vio manifestarse entonces esa tendencia cesa- 
rista: el vencedor de la Secesión, embaucado por 
los plutócratas, pretendió anular la tradición des- 
interesada y gloriosa de Washington. Aquello hu- 
biera sido la quiebra de la libertad, la bancarrota 
de la República en el mundo. 



11 

Quiere decir todo cuanto antecede que, a pesar 
de la copia inmensa de documentos que han ido 
aglomerándose, no está la mayor parte de los pon- 



INTRODUCCIÓN 33 

sadores europeos en las condiciones requeridas pa- 
ra componer la filosofía de la historia: para llevar 
a cabo ese trabajo, no basta tener el sentido histó- 
rico del pasado, es preciso añadir la visión clara 
del porvenir; conocer, o, al menos, vislumbrar el 
objetivo hacia el cual se dirige la caravana hu- 
rúana tras de tantas peregrinaciones alrededor del 
planeta . 

Por'que el pensador europeo queda engolíado 
en un piélago de preocupaciones contra las cuales 
le es dificilísimo reaccionar; el mismo que pro- 
testa contra ella, acaba tarde o temprano por 
rendirle culto y vuelve a caer en el abismo del 
pasado. 

TantoR molis erat romanam condere gmtem! 
¡Tanto trabajo cuesta vencer las preocupaciones 
pai*a construir la ciencia! 

Quien dice filosofía de la historia, dice efectiva- 
mente ciencia social toda entera. Por cierto no 
puede un hombre solo llevar a cabo lo que nece- 
sitaría la cooperación de una legión de sabios, el 
trabajo colectivo y sucesivo de varias generaciones. 
Pero, ante todo y para despejar la cuestión, hay 
que salir de ese centro a fin de abarcar con una 
mirada el conjunto histórico y social. Hay que re^ 
correr el mundo, comparar los pueblos, las nacio- 
nes, las razas, los climas, las latitudes intelectua- 
les y sociales para conseguir una idea de la tierra 
entera y del destino humano. 

No basta peregrinar al través de la historia: no 
basta atender a las relaciones de los viajeros; es 
necesario también peregrinar al través de los hom- 
bres. Sin esto, la inteligencia más privilegiada 
queda expuesta a fracasar, como le sucedió a Augus- 
to Comte, quien jamás había salido de París, 
y quien, durante los últimos años de su vida, ni 
siquiera cruzaba el río para pasar a la orilla de^ 



34 A. PEYEirí 

recha del Sena. Agrédese que se había impuesto 
por higiene cerebral no leer las publicaciones nue- 
vas. ¿Adonde fué a parar con semejante régimen 
intelectual el pensador eminente, el sabio ilustrí- 
simo? A la reconstrucción del doble despotismo i'e- 
ligioso y político, a la institución de la autocracia 
científica, so pretexto de reemplazar la eaduca re- 
ligión del pasado. 

El mismo Herberto Spencer, a pesar de haber 
enumerado en su Introducción a la ciencia social 
las preocupaciones que deben eliminarse, no consi- 
guió evitarlas del todo; tamipoco ha viajado bas- 
tante, por cuyo motivo ha llegado a conclusiones 
sociológicas que pugnan evidentemente con la ob- 
seiTación histórica y con las tendencias sociales. 



III 

Mas, la vida es corta y el arte es largo, como 
dice el refrán latino, sin contar que tenemos, todos 
o casi todos, que luchar contra dificultades que nos 
hacen perder mucho tiempo, desviándonos del ob- 
jetivo que nos habíamos propuesto alcanzar al sa- 
lir del umbral de la casa paterna para lanzamos 
en el campo de la especulación. 

Dice Goethe : "En este^siglo no basta ser un Ho- 
mero; es preciso también tener el tiempo de serlo". 
Demostró la crítica que no había habido un Ho- 
mero solo, sino varios Homeros^ de manera que los 
poemas atribuidos al gran vate helénico eran una 
especie de epopeya colectiva coordinada posterior- 
mente, resultando que un individuo solo no había 
podido llevar a cabo esas dos grandes construccio- 
nes literarias que resumen, que simbolizan toda 
una civilización; pero si Homero no fué una indi- 
vidualidad única, Virífilio lo fué indudablemQnt«, 



INTEODUCCIÓN 35 

y la observación de Goethe puede aplicarse al poe- 
ta latino, al cantor de la Eneida, — a quien faltó 
también el tiempo para concluir su obra, dígase 
por paréntesis. 

Allí estáj pues, la gran dificultad: no basta ser, 
es preciso tener el tiempo de ser. Mientras tanto, 
en la vida agitada, convulsionada, febriciente del 
siglo XIX, el tiempo nos falta a todos; las con- 
diciones individuales y generales de la existencia 
no nos permiten emprender trabajos de largo alien- 
to ni estudios de alcance prolongado. No hay hom- 
bre, o serán escasísimos, los que lleguen a com- 
pletarse a sí mismos por medio del desarrollo in- 
tegral de todas sus facultades. 

Debe esto achacarse, no sólo a las circunstancias, 
sino también a la educación defectuosa que se da a 
la juventud. No sabemos hacer hombres indepen- 
dientes, hombres capaces de bastarse a sí mismos, 
de recorrer el mundo sin llevar más viático que 
su inteligencia y sus brazos como aquel sabio an- 
tiguo, y por consiguiente de estudiarlo. Los viaje- 
jes son solamente para los ricos, o para los encar- 
gados de misiones científicas, cuyas misiones no se 
confían siempre a los individuos más competentes, 
sino más bien a los favorecidos del poder. De to- 
do eso resulta que la mayor parte de los hombres 
viven y mueren sin haber podido dar la medida 
de sus facultades ni realizar el plan que habían 
soñado , 

IV 

Es sumamente desagradable tener que hablar da 
sí mismo; el yo, dice Pascal, es aborrecible. Pido 
perdón al lector, si me veo en la necesidad de ha- 
cerlo; pero necesitaba explicar los motivos que me 
habían determinado a presentar al público los es- 



36 A, PEYKET 

tudios incomipletos que van a continuación : el 
tiempo y muchos otros elementos me faltaron pa- 
ra mejorarlos. 

Cuando digo al público, ¿quién sabe si lo encon- 
traré? Al menos, abrigo la pretensión de dirigir- 
me a la juventud americana, que, siendo la prima- 
vera del año, para hablar como el orador antiguo, 
es la esperanza del porvenir, desde que poco puede 
contarse con las generaciones amamantadas en las 
tradiciones del atavismo y en las ideas del statu 
quo, sino del retroceso intelectual y moral, o domi- 
nadas de un modo excesivo por el mercantilismo. 



Esta palabra me conduce a expresar más cate- 
góricamente el pensamiento que me ha guiado. 

Todos los pueblos que descollaron en el mundo 
social tuvieron una idea que desarrollaron de un 
modo más o menos completo, trayendo una piedra 
al edificio de la civilización. Pericles expresó de un 
modo admirable la misión social de la república 
ateniense, cuya circunstancia prueba que aquel 
grande hombre tenía la conciencia del papel que 
la ciudad de Minerva desempeñaba en la Confe- 
deración helénica, y prueba también que sus com- 
patriotas le correspondían, desde que lo aplaudían 
con entusiasmo y le confiaban durante cuarenta 
aííos consecutivos la dirección de la política. 

¿Cuál era, pues, esa misión? Educar, civilizar 
la Grecia por medio de las instituciones democrá- 
ticas, por medio de la estética, por medio de la 
filosofía y de la ciencia, por medio de la actividad 
industrial y de las franquicias acordadas a los no 
ciudadanos. Por eso resultó que Atenas educó, no 
solamente a la Grecia, sino también a Roma, ven- 



INTRODUCCIÓN 37 

ceclora de la Grecia, y a la sociedad moderna, 
cuando esta se hubo desenredado de las ataduras 
de la teología intolerante y antisocial. 

El pequeño pueblo de Israel había desarrollado 
la idea religiosa, moral, social, la idea de justicia, 
de libertad, de igualdad, aunque reducSendo su 
fónnula en la práctica, a la nacionalidad hebrai- 
ca, advirtiendo asimismo que todas sus aspiracio- 
nes concretadas en el Mesianismo debían por me- 
dio de él extenderse alguna vez a todos los pue- 
blos convencidos de la superioridad del pueblo pre- 
dilecto de Jehovah. 

El pueblo romano desarrolló la idea del derecho 
y de la administración, cuya misión expresó mag- 
níficamente el poeta Virgilio, como Pericles expre- 
sara la de Atenas. Roma fué dos veces la inicia- 
dora, la dominadora del mundo, aunque con ideas 
ajenas, la idea del derecho que le vino de Grecia, 
y la idea del derecho que le vino de Israel, de- 
biendo reconocerse que la aplicación dejó que de- 
sear; pero entre la teoría y la práctica m.edia 
siempre un largo intei'valo. 

Las naciones europeas tuvieron también su mi- 
sión, su idea civilizadora, que desempeñaron con 
más o menos conciencia. 

Lo mismo diré de las colonias emancipadas de 
Norte América, que consiguieron realizar una for- 
ma de gobierno más perfecta que las anteriormen- 
te conocidas, inaugurando el reinado de la demo- 
cracia que se había creído imposible en grandes 
extensiones de territorio, eliminando las institu- 
ciones aristocráticas del mundo antiguo, separan- 
do la iglesia del estado, proclamando el self-gover- 
ment en todos los ramos de la actividad humana. 



38 A. PEYRBT 



VI 



Sentados estos antecedentes, ocurre pregimíar 
cuál es la idea, cuál es la misión del continente 
sudamericano en general y de la República Ar- 
gentina en particular. Porque, en fin, así como 
no hay seres inútiles en la sociedad, tampoco hay 
pueblos sin objeto en el coojunto humanitario. 

Pretendía Jefferson que la Confederación del 
Norte estaba destinada a absorber con el tiempo 
todo el continente americano', siendo el Norte la 
gran colmena de donde debían salir todos los en- 
jambres colonizadores y conquistadores, y, por con- 
siguiente, la república de Washington una nueva 
edición de la república romana, aunque con medios 
más adaptados a la civilización moderna. 

La agitada historia de las repúblicas sudameri- 
canas, desde el momento de la independencia, pa- 
recía confirmar la profecía de Jefferson : esos pue- 
blos emancipados del yugo de la metrópoli se 7jios- 
traban incapaces de practicar las instituciones li- 
bres, siendo dominados por las tradiciones del ata- 
vismo y las preocupaciones de una educación reza- 
gada; el continente del Sud era un extenso campo 
de guerra civil y de matanza semejante al cuadro 
de Salvador Rosa, donde los pronunciamientos 
sucedían a los pronunciamientos y las revoluciones . 
a las revolnciones, no alcanzando a hacerse de un 
modo pacífico la transimisión del poder en esas 
convulsionadas comarr-as. La historia del imperio 
romano, con sus caudillos militaros y sus pretoria- 
nos, iba reproduciéndose perpetuamente, ,para de- 
mostrar que los españoles y los descendientes de 
españoles mestizados con las razas indígenas, ha- 
bí?in heredado las cualidades y sobre todo los de- 



INTTÍODUCCIÓN 39 

fectos del gran pueblo conquistador del mundo 
antiguo. 

Quería decir entonces que estos pueblos del Sud 
no tenían idea que desarrollar, ni misión que cum- 
plir en la tierra, sino que debían desaparecer a su 
turno como todas las razas inferiores a las cuales 
ellos mismos habían ido eliminando : no tenían más 
misión, por repetir las palabras de Jefferson, que 
la de ocupar el territorio basta que viniese una 
raza superior a arrancárselo de la mano, basta 
que viniese el pueblo íim.ericano po\i' excelencia, 
el primer pueblo del mundo, the first people in 
tJie world. 

VII 

■ Pero de repente, las cosas han venido a asumir 
un giro imprevisto. Al cabo de cuarenta o cincuen- 
ta años de agitaciones y de fracasados ensayos 
constitucionales, las Provincias Unidas del Plata 
consiguieron implantar en su régimen político la 
constitución de Washington, y esa constitución 
traía la prescripción fundamental de llamar la 
inmigración, de conquistar el desierto: gobernar 
es poblar. 

Es cierto que unos han preguntado si la consti- 
tución de los Estados Unidos es aplicable a los 
demás pueblos. ¿No pretenden lo contrario los mis- 
mos publicistas norteamericanos (véase a Brown- 
son), añadiendo que aquélla es un producto espon- 
táneo de la tierra en que naciera y se desarrollara? 
En fin, en la misma tierra de su nacimiento esa 
constitución ¿no ha degenerado y manifestado gra- 
ves defectos que fueron puestos de relieve por 
otros publicistas de allí? (Seaman y otros.) 

¿No se ha dicho que eso era inevitable, que la.s 
mejores constituciones políticas tienen que fraca- 



40 A. PBYBET 

sar cuando falta la base económica, qne los norte- 
amei'icanos habían resuelto el problema político 
de un modo más o menos satisfactorio, pero que se 
habían olvidado del problema económico? En fin, 
el gran historiador Macaulay ¿no les había vati- 
cinado las mismas dificultades sociales, y aun peo- 
res que las que afligen a la vieja Europa, asegia- 
rando que todo el mérito de las ponderadas insti- 
tuciones americanas estribaba en la extensión de 
sus tierras desocupadas? 

Sea lo que fuere, y, para no anticiparme a las 
conclusiones de este prefacio, quiero dejar sentado 
que la inmigración europea ha venido a introducir 
un elemento neutralizador, pacificador, moralizador 
y por consiguiente regenerador, en las discordias 
inacabables de Sud América. El poblamiento del 
desierto sudamericano con la exuberancia del mun- 
do antiguo ha cambiado la faz de la cuestión. No 
era una utopía la grande y gloriosa nación; está 
por convertirse en realidad. . 

El polo Sud hará contrapeso al polo Norte; los 
Estados Unidos del Sud, a los Estados Unidos del 
Norte. 

Y no podía ser de otra manera : la configuración 
del continente americano indica evidentemente que 
la civilización de esta parte del mundo no puede 
ser simplista; indícanos que tiene que ser dualista, 
porque el dualismo es la condición del progreso; 
sin el dualismo, sin el antagonismo, sin la anti- 
nomia, no habría movimiento, no habría adelanto 
posible en la humanidad. Por ejemplo, el anta- 
gonismo de Francia y de Inglaterra hizo la civi- 
lización y la libertad modernas : emancipó el con- 
tinente norteamericano, amén de otras considera- 
ciones que sería muy largo poner aquí. 



INTRODUCCIÓN 41 



VIII 



Parece, pues, decidido que Sud América lia de 
sei* aloro, y será algo, si se presenta en el escena- 
rio del mundo con una idea nueva. 

Aliora bien, presruntaremos ¿cuál es esa idea? 

Naturalmente, llevar a cabo una forma de so- 
ciedad y de gobierno más perfectos que los ante- 
riores. No le basta imitar lo que se hizo en otra 
parte, en Norte América, en Europa; es preciso 
también interrogar su conciencia propia y arran- 
car algo original de las profundidades de su ser, 
manifestar' su autonomía intelectual, moral y so- 
cial, sentar plaza entre los pueblos innovadores, 
entre las razas creadoras, adquiriendo la concien- 
cia de la misión que está destinado a desempeñar 
en el mundo, como la Atenas de Pericles. como 
la Roma de Virgilio, como la Francia de Enrique 
IV y de 1789, como la Inglaterra de Cromwell y 
de 1688, como la Unión de Washington, como el 
Israel del Mesías. 

Cada pueblo tiene que sei' un Mesías a su tumo. 
¿En qué consiste el Mesianismo del pueblo ar- 
gentino ? 

IX 

El Mesianismo de los pueblos argentinos no pue- 
de ser otro que el de los demás pueblos: realizar 
la justicia, o, al monos, aproximarse a ella lo más 
posible, desde que la perfección absoluta es in- 
accesible a la humanidad. 

En realidad la idea no es nueva ; la idea es 
idéntica, invariable; son los medios los que varían 
y se mejoran y se perfeccionan con el tiempo y el 
desarrollo humano. 



42 A. PEYSET 

Por consiguiente, no puede ser* otra la misión 
de Sud América. 

El utilitarismo norteamericano no es el ideal 
que debe proponerse. Esto puede sentarse a priori 
y con relación al individuo aislado y, sí consi- 
deramos la colectividad, vemos que esa democra- 
cia está por degenerar en plutocracia ; pero la 
plutocracia, decía Cicerón, es la peor de las for- 
mas de gobierno, i Desgraciados los pueblos del 
Sud, si se dejasen llevar en pos de un falso ideal, 
suponiendo que puede llamearse ideal el mercan- 
tilismo a todo ti^nce! 



No quiero prolongar estas consideraciones; creo 
haber diclio lo bastante para erplicar el pensa- 
miento que me lia guiado al redactar este compen- 
dio. Aquí, como en otras partes, hay tres proble- 
mas que se imponen pei'petuamente a los pueblos: 
el problema religioso, el problema político, el pro- 
blema económ^ico, dependiendo su destino de la 
solución más o menos acertada que se le dé a 
cada uno de ellos. Queda entendido, por supuesto, 
que esa solución no importa una fórmula defini- 
tiva ; quiero decir solamente que debe la marcha 
social encaminarse en una dirección normal de 
progreso conlinno, de perfectibilidad indefinida. 

Fuera de la Iglesia no hay salvación, dicen los 
teócratas católicos. Fuera del progreso, no hay fe- 
licidad ni virtud, diremos a los pueblos: es pre- 
ciso, pues, remover todos los obstáculos, todos los 
impedimentos del orden religioso y moral, del or- 
den político y sociíiil, del orden civil, del orden 
económico. Es preciso apartar todas las preocu- 
paciones infundadas y también todas las ideas 



INTRODUCCIÓN 43 

anticuadas que dejaron de corresponder a las as- 
piraciones de la época. 

Mas ¿cómo conocer esas ideas rezao^adas, esas 
preoenpaeiones, todas esas cosas del pasado que se 
trasmitieron hasta nosotros por la edneación, Bor 
el atavismo, por el contacto de los demás pueblos, 
por la importación, en fin, por las mil circuns- 
tancias de la vida social? 

Hay forzosamente que acudir a la historia, y 
con este motivo vuelvo al pensamiento expresado 
en mi conversación con Juan María Gutiérrez: ha- 
cer la filosofía de la historia. 

Mas. ya lo dije, esta era una empresa surerior a 
mis fuerzas, sin contar que no estaba en las cir- 
cunstancias adecuadas para llevadla a cabo. Hu- 
biese necesitado diez años de estudios en los gran- 
des centros intelectuales de Europa y otros diez 
años de viajes, de pei'egrinaciones por el mundo, 
visitar sucesivamente la cuna de las civilizaciones 
antisruas y el taller de los últimos hijos de la 
civilización, los pueblos petrificados del Oriente y 
las naciones jóvenes que inscribieron en su ban- 
dera la palabra fatídica, el loma regenerador: ade- 
lante! adelante! 

No pudiendo hacerlo, abandoné mi pensamiento 
primitivo, mi plan evidentemente ambicioso, com- 
.plicadísimo y fuera de mis alcances, para ence- 
rrarme en límites más modestos, que son los si- 
guientes: exponer las instituciones religiosas, po- 
líticas y económicas de los pueblos antiguos y mo- 
deraos. En presencia de los datos así reunidos, 
puede cualquier ándividuo de sentido común y 
de reflexión juiciosa deducir la conclusión corres- 
pondiente, es decir, lo que debemos pensar en reli- 
gión, en política, en economía social, y, por con- 
densarlo todo en una palabra, en sociolofj/a, desde 
que esa palabra híbrida (mitad latina, mitad grie- 



44 A. PEYRET 

ga) ha sido adaptada por los escritores contempo- 
ráneos. La ciencia, hoy, más que nunca, propende 
a ser una construcción colectiva; pasó para siem- 
pre el tiempo de los reveladores inspirados y de 
los maestros autoritarios, ante cuya palabra debía 
uno inclinarse sin remisión. Somos todos colabo- 
radores unos de otros; la solidaridad, la manco- 
munidad de los trabajos, de los estudios, de las 
opiniones, nos constituye a todos en un ser indi- 
visible, al través de los tiempos y de los espacios. 
El hombre que se condena al aislamiento, se re- 
duce por eso mismo a la impotencia; el hombre 
ensimismado cae en la subjetividad extravagante. 
Por el contrario, el que se empapa en la ancha 
y abundante corriente humanitaria, el que consi- 
gue condensar en sí, asimilarse todo el pensamien- 
to de los ingenios pasados y contemporáneos, rea- 
liza en su alma comprensiva la actividad intelec- 
tual de la humanidad entera, y, conocedor del pa- 
sado, puede averiguar la tendencia del porvenir. 

Debemos, pues, hacer de tal modo que la huma- 
nidad entera repercuta en cada uno de nosotros ; 
así llegaremos a constituir la forma social supre- 
ma, la confederación humanitaria, sin preocupa- 
ciones locales, sin fronteras físicas ni morales, sin 
egoísmos, sin intolerancias, sin odiosidades, la gran 
patria internacional, la solidaridad universal, el 
imperio de la justicia en la tierra redimida por 
la ciencia. 

No hay que postergar el derecho para el cielo ; 
hay que realizarlo, en cuanto sea posible, en la 
misma tierra. 

liemos tenido las religiones fetichistas, las re- 
ligiones locales, las religiones de la tribu, las reli- 
giones de la ciudad, las religiones nacionales^ las 
religiones internacionales; para llegar al liltimo 
término de la evolución, es preciso constituir la 



INTRODUCCIÓN 45 

religión de la humanidad, por la gi'an síntesis de 
las concepciones especiales y la eliminación de las 
preocupaciones exclusivas, de los dogmas intole- 
rantes. 

Tal es la tarea que me tomo la libertad de indi- 
car a las jóvenes generaciones americanas: tarea 
que es fácil llevar a cabo en un país nuevo, en un 
territorio poco poblado, destinado por las circuns- 
tancias a ser, si puedo expresarme de esta manera, 
la patria del cosmopolitismo, como lo indicaron 
con intuición profunda los padres de la constitu- 
ción. 

¡Sursum corda! 



La evolución de! Cristianismo 



.o 







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^^t-i^o^ "H^t 




^^^^-/''^.^xu-í^^^íi^íL 



CAPITULO I 
Jesús 



Desde ciñen enta años a esta parte se han escrito 
un erran número de vidas de Jesús; pero, a pesar 
de los trabajos qne se hicieron tanto en Alemania 
como en Francia, es todavía difícil saber a qué 
atenerse sobre ese personaje. 

¿Por qué? Porque en realidad no tiene historia: 
todo lo que se refiere al Nazareno es una colección 
de leyendas, de mitos, como dice Strauss. Los Evan- 
gelios no tienen valor histórico, propiamente ha- 
blando, pues fueron escritos mucho tiempo después 
de la vida y de la muerte del héroe protagonista de 
ese drama. Son, por lo menos, posteriores a la toma 
de Jerusalem por Tito. No concnerdan entre sí. 
No forman una narración continuada; son hechos 
y escenas separados unos de otros, recogidos por la 
tradición y que han ido juntándose cuando se sin- 
tió la necesidad de poner por escrito la vida del 
profeta sacrificado. 

Luego falta la certidumbre histórica al libro 
fundamental del cristianismo. 

Tenemos de Pablo, del individuo que se erigió 
por su propia cuenta en apóstol de los gentiles, 
cuatro cartas auténticas, pues las otras son apócri- 
fas; pero jamás Pablo había tratado a Jesús. 

En la vida de Jesús hay un solo hecho absolu- 



50 A. PEYEBT 

tamente indisputable^ y es que fué crtieificado por 
orden del .procurador Pontius Pilatus. 

La narración que tenemos de la pasión es inve- 
rosímil, dice el señor Havet. Lo es i^almente la 
comparición de Jesús ante el Sanhedrin, el gran 
tribunal de los judíos. La verdad, dice el mismo 
autor, es que son los romanos los que hicieron mo- 
rir a Jesús como sedicioso, en un momento en que 
no faltaban los caudillos a^tadores que querían 
poner fin a la dominación romana y se presentaban 
como el Mesías anunciado. La Galilea sobre to(!o 
era un foco de agitación. Juan el Bautizador (Juan 
Bautista) había sido también un agitador, y por 
eso había perecido. 

La narración del cuarto Evangelio es completa- 
mente distinta de las de los tres primeros, sobre 
todo de los de IMarcos y de Mateo, que deben ser 
los más antiguos. 

Adviértase que nada aparece en los Evangelios 
indicando que Jesús haya infringido la ley de Is- 
rael; hablamos sobre todo de la ley religiosa, de- 
biendo entendei-se que, para los israelitas no exis- 
tía la separación entre lo espiritual y lo temporal. 
Luego los judíos no tenían motivo para condenarlo, 
y si hubiese sido muerto en virtud de la ley de 
Moisés, hubiera muerto por la lapidación, como 
más tarde murió el primer mártir Estefanos. (Es- 
teban). 

Mientras tanto, para los romanos, toda la pre- 
dicación de Jesús era culpable; luego son los ro 
manos los que lo sacrificaron. 

Así se explica el silencio de los historiadores Jo- 
sefo y Justus, sobre ese personaje; no quieren in- 
disponerse con los dominadores del mundo. 

Jesiis, volvemos a decirlo, no renegó ni reprobó 



LA EVOLUCIÓN DEIi CEISTIANISMO 51 

el juclaísuio. Todos los párrafos que tenderían a 
hacerlo creer son apócrifos, son anacronismos. 

Jesús no combatió a los fariseos, como lo afirman 
los Evangelios; los fariseos practicaban las mismas 
doctrinas qae él. Hillel era un fariseo, e Hillel es 
tan cristiano como Jesús. 

La vocación de los doce es igualmente apócrifa. 
La traición de Judas es inverosímil. La relación 
de la cena, de la comida postrera, no es auténtica; 
es una invención de Pablo. 

En fin, es muy dudoso que Jesús haya pronun- 
ciado el discurso dicho de la Montaña, que no es 
sino una recopilación de sentencias y de pensa- 
mientos, que eran corrientes, hacía tiempo, en las 
calles de Jerusalem. 

Kesulta, pues, que no son solamente los hechos 
externos, sino el alma misma de Jesús la que se 
nos escapa. 

Sin embargo, Jesús ha vivido. 

¿Qué es, en fin, Jesús? Es un inspirado, no es 
un hombre de doctrina, es un hombre de fe. Podría 
creerse que es alucinado, como lo fué Pascal des- 
pués, como lo había sido anterionnente Sócrates. 

Sus mismos parientes lo consideraban loco. La 
realidad es que despreciaba las conveniencias so- 
ciales; buscaba a los profanos, a los irregidares de 
la sociedad, y se encolerizaba fácilmente contra 
los que le resistían. Naturalmente, él tenía las mi- 
radas fijas en un poi-venir que él veía muy cer- 
cano, y esa idea que embriag*aba a unos, ;imena- 
zaba a los demás ; esa idea era la del reino de Dios 
con su justicia, el reino de los pobres, de los afli- 
gidos, de los desventurados, el fin de los opresores, 
de los ricos, de los explotadores. Pues Jesús quería 
sobre todo a los pobres, y proclamaba formalmente 
que los ricos no podían entrar en el reino de los 



52 A, PBYEET 

cielos. De allí le vino la popularidad ; por oso arras- 
tró a las masaSj pero también por e^o se perdió. 

¿Cómo vivía Jesús? Parece que vivía sostenido 
por unas mujeres. Pero apreciaba poco a su propia 
madre. El cuarto Evangelio es el i'mico que la 
muestra al pie de la cruz, y sabemos que el cuarto 
Evangelio es absolutamente distinto de los demás, 
habiendo sido escrito en el segando siglo. Es a me- 
nudo ininteligible y atribuye a Josns un lenguaje 
que no le corresponde, siendo más bien el de un 
filósofo platónico, o al menos alejandrino. 

El Jesús de Mateo difiere del de Marcos por la 
familiaridad con su Dios: mi padre es una expre- 
sión que no se encuentra en Marcos. "Los publí- 
canos y las mujeres públicas, pasarán antes que 
vosotros", es una frase que parece inverosímil en 
la boca de Jesús. Debe ser una interpolación. Las 
imágenes de que se sirve Mateo, ¿pertenecen a Je- 
sús? Es dudoso; son meras reproducciones de la 
Biblia, y sobre todo de Isaías. 

El Jesús del tercer Evangelio, el de Lucas, es 
todavía más diferente. Aquí tenemos a un Jesús 
colérico, entusiasta, que ejerce una acción pode- 
rosa sobre las mujeres. Allí campean ya la imagi- 
nación y la leyenda. 

Resumiendo, el Evangelio de Marcos es el que 
más se acerca a la verdad, y, según él, Jesús no 
es un filósofo, ni un sabio, ni un político, ni un 
capitán, ni un poeta. Profesa todas las ideas fal- 
sas del centro en que vive. Espera el fin próximo 
de todo cuanto existe y la restauración de Israel 
y de las doce tribus. Cree en los demonios; imagí- 
nase que están en el cuerpo de los enfennos y los 
hecha. Sólo piensa en salvar "a las ovejas desca- 
rriadas de la casa de Israel." 

En esos límites, era el hombre del amor, y re- 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 53 

sumía la ley toda entera en dos mandamientos: 
''amar a su Dios y amar a sus hermanos." 

"Y entre ellos amaba especialmente a los que 
padecen más, los pequeños, los pobres ; afirmaba 
que en el reino de Dios, los últimos serían los pri- 
meros; allí no habrá superiores. Glorificaba a la 
viuda pobre, que, al dar dos moneditas de cobre, 
dio más que todos los demás. Quiere que los ricos 
se despojen para los pobres de todo su bien, y, 
si no lo hacen, excluyelos, o poco falta, del reino 
de Dios. Es tierno, sobre todo para los simples, 
para los que son como niños; lo es hasta para los 
pecadores, los profanos, los que escandalizan a los 
devotos, y no permite la oración, sino con el per- 
dón de las ofensas; es preciso perdonar para con- 
seguir el perdón. Protege a la mujer contra la du- 
reza de la repudiación, hecha para individuos gro- 
seros. En fiín, y este es el rasgo sobresaliente de su 
fisonomía, es a los enfermos a quienes se dirige 
primeramente ; es para ellos en alguna manera para 
quien él existe; en la enfermedad ve la acción de 
Satanás, del gran enemigo de su Dios y de su pue- 
blo, y la victoria sobre la enfermedad, es la victo- 
ria sobre Satanás, es el indicio de que Dios está 
allí, dispuesto para sanar también y para salvar a 
su tpueblo, "a quién sus pecados serán perdona- 
dos". El alivio que trae a esos enfermos, es la ga- 
rantía de las promesas de Dios y de ''la baena 
nueva"; toda su fe, todas sus esperanzas encuen- 
tran allí su justificación, al mismo tiempo que su 
caridad goza de su beneficio. Por eso el Evangelio 
define su misión con esas dos cosas: "Iba predi- 
cando en las sinagogas y echando a los demonios". 
Y el Lihro de los actos dice poco más o menos lo 
mismo: "Pasó haciendo bien y trayendo la cura- 
ción a los que estaban bajo el poder del diablo," 



54 A. PBYEET 

Por eso lucilo, sufrió, murió. "Adviértase que 
en momentos de morir él, nada existía todavía de 
lo que llamamos cristianismo,. Jesús no era toda- 
vía un Cristo, y, por otra parte, no había intro- 
ducido dogma ni práctica nueva. No tenía idea 
alguna, ni de la Trinidad, ni de la Eaicarnación, ni 
de otros misterios; ninguna de la Iglesia, ni de un 
sacerdote, ni de un obispo; ninguna de los sacra- 
mentos, ni de una ceremonia cristiana cualquiera, 
ni siquiera del bautismo." 

''Jesús es cristiano sólo por una cosa, siendo un 
modo de sentir especial", y por un desprendimien- 
to sombrío de la vida presente: "Si tu brazc es 
para tí una causa de tropiezo, córtalo; vale mi-g'or 
para tí entrar estropeado en la vida que ir cotj tus 
dos brazos al fuego que jamás muere." "El que 
quiera salvar su vida la perderá, y el que la liaya 
perdido por mí y por la buena nueva, la salvará." 
"Es preciso vender todo su bien y repartírselo a 
los pobres; el rico no entra en el reino de los cie- 
los." "Es preciso dejar su casa, sus hermanos, sus 
hermanas, su padre, su madre, sus hijos, sus cam- 
pos por la buena nueva." 

Resumiendo, "Jesiis es puramente judío, y no 
hizo un acto ni dijo una palabra que no sea ju- 
día. Pero es un judío más ardiente y más exaltado ; 
nacido en un país que alimentaba espíritus inde- 
pendientes e indóciles; obedeciendo más bien a Ira 
inspiración que a la autoridad ; hombre de la na- 
turaleza más bien que de las escuelas; hecho para 
comprometer al Sanhodrin de Jerusalcm y para 
perderse a sí misino, pero hecho también para per- 
turbar las almas, siendo así como la profecía se- 
gún la cual se creía que el Mesías debía nacer en 
Belén, de Judá, quedó desmentida y que, contra- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 55 

riando la espera universal (Juan, VIII-52), fué 
de Galilea de donde nació un Cristo." 

No se puede saber con certeza la fecha de la 
¡muerte de Jesús, pero parece que se acercaba a los 
cincuenta años cuando murió. 

Tal eá más o menos la exposición que liace el se- 
ñor Ernesto Havetj uno de los últimos historiado- 
res del cristianismo, y que ha podido aprovechar 
todos los trabajos anteriores. 

El mismo Havet dice que Juan el Bautizador, el 
primero que predicó en Israel el próximo adveni- 
miento del reino de Dios, no ya como un suceso del 
mundo presente, sino como el fin de este mundo y 
la entrada en una nueva existencia, debiendo pre- 
pararse uno por un cambio de vida para conseguir 
la remisión de los pecados y por la purificación, la 
inmersión en el a^ia, ese Juan, ese precursor, des- 
sempeñó en Judea un papel más grande que Jesús, 
siendo el protagonista de la revolución religiosa 
cuyos honores le tocaron a Jesús, como lo prueban 
los autores cristianos, los mismos Evangelios, y en 
fin la misma Iglesia que instituyó la fiesta de San 
Juan, tratándolo como al mismo Cristo. 

En cuanto a las profecías y a los milagros, es 
preciso apartarlos absolutamente como puras le- 
yendas sin valor histórico. 

n 

Hemos oído al filósofo Havet; ahora vamos a dar 
la palabra al neo-católico Huet (Francisco). 

Para él, como para todos los que han estudiado 
la cuestión, los Evangelios están llenos de contra- 
dicciones. 

Mateo y Lucas son los únicos que tienen uiia 
historia de la infancia de Jesús. Marcos no prin- 



56 'A. PEYEET 

cipia su narración sino con la predicación de Juan 
el Bautizador. Basta el silencio de Marcos para 
probar que esas leyendas donde aparecen los án- 
geles persas, no eran propias de la tradición pri- 
mitiva. 

Marcos liaoe nacer a Jesús en Nazaret, en Gali- 
lea; Judas lo hace nacer en Belén, en Judea. 

El padre de Jesús era un carpintero, y parece 
que él mismo había ejercido el oficio paterno. 

A los treinta años entra en relación con Juan 
el Bautizador y es iniciado por él . ¿ Qué pretendía 
Juan? organizar una especie de conjuración na- 
cional, y eso le costó la vida. 

Esos trabajos se relacionaban con el reino de 
Dios, el Mesianismo. 

¿ En qué consistía la idea mesiánica que preocupó 
constantemente a los judíos? En una reforma so- 
cial y política, preparada por medio de la virtud 
y de la santidad, por el triunfo de Israel sobre to- 
dos los demás pueblos. A este respecto, todos los 
judíos eran mesianistas; Isaías es sobre todo el 
apóstol, el poeta de ese primer cristianismo. 

"Un retoño, un vastago, saldrá del tallo de José, 
una flor saldrá de sus raíces. El espíritu del Señor 
descansará sobre él.... Hará justicia a los pobres, 
será el defensor de los hombres indefensos ... La 
paz será la obra de la justicia; los frutos de la 
justicia serán el descanso y la seguridad para siem- 
pre... y entonces, vendrá la multitud de los pue- 
blos. Pues la ley saldrá de Sion, y la palabra de 
Dios, de Jei*usalem. Las naciones no alzarán más 
el hierro contra las naciones — Cielos, derramad 
vuestro rocío, nubes derramad la justicia, ábrase 
la tierra para que la salvación y la justicia broten 
al mismo tiempo..." — Voy a crear, (dice el So- 
ñor) nuevo» ciclos y una nueva tierra." 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 57 

Los demás profetas reproducen el mismo pensa- 
miento. 

Tal era el pensamiento mesiánieo, qne los judíos 
debían llevar a cabo, sea que viniese un caudillo 
militar, sea gue viniese un personaje sobrenatural 
para realizarlo. Esto es lo que constituía el orgullo 
nacional de los judíos^ haciéndolos impenetrables a 
la influencia de las demás civilizaciones, 

Jesús asumió para sí el pensamiento mesiánieo ; 
quiso hacer una revolución a la vez moral, reli- 
giosa, social y política. Para llevarla a cabo, contó 
con el auxilio de Dios y del pueblo. No pensó ni 
un momento en aplazar la reforma para el cielo. 

No vino a predicar una moral nueva: como mo- 
ralista, como reformador meramente religioso, Je- 
sús tiene émulos en la India, en Persia, en Arabia, 
en Grecia; no tiene rival como Mesías, como ini- 
ciador de la reforma social. 



De otra manera, no se explica la vida y la muer- 
te de Jesús. Si se hubiese ceñido a un advenimiento 
invisible, insensible, del reino mesiánieo, dejándolo 
depositado en las almas y esperando siglos para 
manifestarse; si hubiese diclio realmente que su 
reino no era de este mundo, ¿por qué los poderes 
establecidos lo hubiesen perseguido con tanta saña? 
¿Por qué el poder romano, tan indiferente al fana- 
tismo dogmático, hubiese dictado su sentencia de 
muerte ? 

Jesús quiso, pues, hacer una revolución política 
y social. Al efecto pidió, exigió la abnegación a sus 
secuaces. "El que ama a su padre y a su madre 
más que a mí (como jefe mesiánieo), no es digno 
de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que 
a mí, no es digno de mí". 

Naturalmente. En momentos de lucha y de re- 



58 A. PEYEET 

volución hay que sacrificarlo todo, liasta los goces 
de la familia. 

"El reino de Dios sufre violencia, y son los vio- 
lentos los que lo arrebatan". Luego Jesús no re- 
trocedía ante el empleo de la fuerza y sino ¿cómo 
conciliar esas palabras con las del otro Evangelio: 
mi reino no es de este mundo? 

Jesús marcha a Jerusalem para dar el paso de- 
cisivo, en momentos en que estaba allí congregada 
toda la nación judía (dos millones y medio de al- 
mas). Entra triunfante como rey, aclamado por 
las masas populares: 

''¡Bendito sea el rey que viene en nombre del 
Señor!" Pero fracasa su intentona; cunde el des- 
aliento entre sus partidarios; sus discípulos lio 
abandonan, lo reniegan o lo traicionan. Había asu- 
mido el título de Mesías: luego era un sedicioso 
para los romanos; había dicho que era el hijo de 
Dios : luego era un impostor para los judíos. Había 
incurrido en una doble acusación, religiosa para 
los judíos, política para los romanos. 

La condena de Jesús por Pilatos es por consi- 
guiente legal. 

Según los tres Evangelios sinópticos (Marcos, 
Mateo, Lucas) Jesús conservó ante el magistr'ado 
romano su título de Mesías, de rey, negándose a 
añadir una sola palabra. Clavado en la cruz, ex- 
clama: "Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has 
abandonado?" 

Quiere decir que hasta el último momento ha- 
bía contado con el auxilio divino, con una inter- 
vención milagrosa, con el ejército celestial. 



Tal fué la vida y la misión de Jesús, según 
Francisco Iluei. Pero, ¿era realmente Jesús un re- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 59 

formador político y social en el sentido que nos- 
otros damos a esas palabras? Creemos que puede 
responderse negativamente. Porque Jesús esperaba 
el fin del mundo y una regeneración, una palingé- 
nesis general, la "supresión de la muerte, el reino 
de Dios con su justicia en la tierra renovada, sin 
ninguna de las necesidades sociales, ni el trabajo, 
ni la familiíi, una vida angélica (los ángeles no se 
casan, — dice el Lvangelio — las aves del cielio no 
trabajan, Dios las alimenta, etc., etc.). 

El progrí^ma de Jesús, si podemos valemos de 
esa expresión moderna, no era, pues, un plan de 
reforma política y social ; era una creencia supers- 
ticiosa, una alucinación tomada de los persas, vol- 
vemos a repetirlo . El cristianismo es una transfor- 
mación del mazdeismo. 

in 

■ Hemos oído a un filósofo, hemos oído a un neo- 
cñstiano, vamos a oír a los judíos. 

Jesús dice Salvador, personifica el dogma de la 
resurrección de los muertos, dogma renovado del 
Orient^e, idea persE^ .secularizada por Ezequ'ie(l. 
Creía Jesús en el próximo fin del mundo. La pa- 
labra "mi reino no es de este mundo" ha sido 
distraída de su naturaleza y de su alcance origi- 
nal Lejos de deducir de ella un derecho cristiano 
de separación entre lo temporal y lo espiritual, era 
todo lo contrario lo que debía sacarse en conclu- 
sión. El mundo actual debía sacrificarse al espiri- 
tual, al otro muudo, que iba a venir. 

Los romanos, dice Hipólito Rodríguez^, fueron 
los únicos culpables de la muerte de Jesús. 



60 A. PEYEET 

La política y no la religión fué la causa verda- 
dera de la condena de Jesús por el Synedrium. 

El rey de los judíos era un título que asumían 
todos los sediciosos, como lo declara el historiador 
Josefo. Barkokebas fué el iiltimo de aquéllos, sien- 
do coronado por el gran sacerdote Akiba, quien 
le aseguró el estribo para subir a caballo, en tiem- 
pos del emperador Adriano. 

Los galileos estaban siempre en rebelión. 

Viniendo el momento de celebrar la fiesta de 
Pascua, tres millones de judíos concurrían a Je- 
rusalem. Fué este el momento que eligió Jesús 
para presentarse. 

Jesús había adoptado las doctrinas de Hillel. El 
sermón de la Montaña era moneda coiTÍente en las 
calles de Jerasalem, dice Munck, antes de que hu- 
biese sido pronunciado por Jesús. 

Existía entre los judíos una gran libertad de in- 
terpretación. Las doctrinas de Hillel concuerdan 
con las de Jasús y habían sido admitidas por los 
fariseos: luego no puede haber habido condena re- 
ligiosa de Jesús, y el judío Hillel debe contarse 
e^ntre los fundadores de la sociedad moderna. 

El procurador Pontius Pilatus, en vez de ser un 
hombre sin resolución y sin carácter, era un genio 
violento y terco, que no podía resolverse a agra- 
dar a los judíos (palabras textuales del filósofo 
Filón). 

Caifas, el sacerdote, era vendido a los romanos. 

Vamos adelante: durante el siglo entero qvie 
transcurrió después de la muerte de Jesús, subsis- 
tió la buena armonía entre los judco-cristianos, es 
decir los discípulos de la secta de Jesús y los Ju- 
díos propiamente dichos, es decir ha.sta después de 
la iniiria definitiva de Jerasalem, 

No hal)ía entre ambos más diferencia que la de 
saber si Jesús era realmente el proíeta anunciado 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 61 

por el Anti^io Testamento. Luego esta buena ar- 
monía resuelve de por sí sola la cuestión del pro- 
ceso de Jesús. 

Mas en el año de 132, judeo-eristianos se ne- 
garon a tomar parte en la rebelión suprema contra 
los aborrecidos conquistadores y profanadores de 
Jerusalem, la ciudad santa de Jebovah. Entonces 
fueron arrojados de la ciudad y se reunieron a los 
paulinistas, es decir, a los discípulos de Pablo ; 
perOj recliazados también por éstos, se asilaron en 
la ciudad de Pela, tomando el nombre de Ehíonitas, 
es decir los pobres. 

Hubo razones de odiosidad y de interés para 
propagar los errores contrarios a las verdades an- 
teriores. Los paulinistas odiaban a los judíos. Los 
romanos querían aterrorizar a los vencidos, siempre 
dispuestos a la rebelión. Unos y otros celebraron 
un compromiso, de donde resultó la alianza del 
trono y del altar, de lo espiritual y de lo temporal. 
Todo poder viene de Dios, babía dicho San Pablo, 
lo que' evidentemente pugnaba con la idea mesiá- 
nica de los judíos que aspiraban al imiperio uni- 
versal de Israel sobre todos los pueblos, imperio 
fundado sobre la justicia y la paz, como lo decla- 
raba todavía Maimónides en el siglo doce. 

En los tiempos que antecedieron a Jesús, Judas 
el Gaulonita había formado en Galilea, una secta, 
o mejor dicho, un partido con las clases pobres que 
fué aplastado por los romanos. 

Vino después Juan el Bautizador, un esenio, que 
quiso preparar la independencia nacional. El bau- 
tismo de Juan no era solamente un signo de rege- 
neración moral, era también un signo de afiliación. 

Jesús continuó los trabajos de Juan, como Juan 
había continuado los trabajos del gaulonita. 



62 A. PEYBBT 

La famosa respuesta: ''dad al César lo que es 
del César", no pasa de un subterfugio; no había 
llegado, cuando la pronunció Jesús, el momento 
de comprometerse. 

Aparécenos Jesús huyendo, perseguido por los 
romanos y por los herodianos^ los partidarios del 
rey Herodes, a quien no le convenía enemistarse 
con los romanwj protegiendo a un individuo que 
era más bien un agitador político, que un revolu- 
cionario religioso. 

Entretanto, Jesús temporiza, como quien dice: 
Somos muy pocos para trabar lucha con los roma- 
nos. Sin embargo, llega el momento y dice termi- 
nantemente: "El que tiene una bolsa y un saco 
tómelos, y el que no tenga espada venda su túnica 
para comprar una." 

Evidentemente aquí no puede tratarse de un 
reino espiritual. 

En fin, Jesús entra triunfalmente en Jerusalem, 
con todos los aparatos regios y la cabalgadura, la 
burra y el borrico. 

Los jefes fariseos declaraban el movimiento ino- 
portuno. Quiere decir que Jesús buscaba el reino 
de este mundo. 

Jesús va al templo; declara que es el Mesías; 
pero el movimiento fracasa, los galileos se despa- 
rraman, el mismo Jesús tiene que huir, y una co- 
horte romana viene a iprenderlo. La cohorte im- 
portaba seiscientos hombres. Por consiguiente el 
procurador romano debía considerar el movimien- 
to como serio. 

Para descargar a los romanos y cargar a los 
judíos con la responsabilidad de la muort» de 
Jesús, necesitábase que el proceso fuese religioso 
y no político. Necesitábase que Jesús fuese conven- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 63 

cido de blasfemia y no de rebelión, y se consi^ió 
por medio de dos falsos testigos ante Caifas, agente 
de Pilatos, y una especie de comisión marcial re- 
unida de noche, que no pudo ser el Sjoiedrium. 

El reo es remitido a Pilatos. El debate no dura 
cinco minutos. Jesús responde afirmativamente a 
la pregunta: ¿eres el rey de los judíos? Y el^ma- 
gistrado romano lo manda crucificar en la mañana 
siguiente. 

Adviértase que la ley judía no permitía juzgar 
una causa criminal de noche y que el^ suplicio ju- 
dío era la lapidación y no la crucifixión. 

En fin, tenemos el testimonio tenninante de Tá- 
cito: ''Christus, de quien viene el nombre cristia- 
no, había sido castigado con la muerte, bajo Tibe- 
rio, por el intendente Pontius Pilatus." 



El profesor israelita Graetz dice que el judais- 
mo fué regenerado por el destierro y que el Par- 
sismo (la doctrina de Zoroastro) ejerció sobre él 
una influencia considerable. De allí viene el dua- 
lismo (Ormúz y Arhiman— Dios y Satanás) con 
la analogía y la demonología, la creencia en el In- 
fierno y en el Paraíso, y en fin el dogma de la re- 
surrección de los cuerpos, que produjo más tarde 
toda una teología nueva en oposición con la reli- 
gión madre: la teología farisea y cristiana. 

Después del regreso de Jemsalem aparece la ley 
escrita; pero más tarde se imaginó la tradición 
oral para las necesidades nuevas. 



Jamás la nacionalidad judía fné separada por 
sus hijos de la idea mesiánica. 

Cuanto más se depuró la religión y se hizo po- 



64 A. PEYKBT 

pular, tanto más aumentó la fe del puebla en su 
misión divina: la nación tomó cada vez más a pe- 
cho el apostolado que le encargara la Providencia 
por boca de sus profetas; esparcióse más y más la 
convicción de que la independencia nacional y la 
prosiperidad de la Judea no eran la última pala- 
bra de la historia judía. 

Los judíos, dispersos entre los demás pueblos, 
comprendieron más que los de Judea la necesidad 
de reconciliar aquella sociedad, sobre todo la grie- 
ga, con las creencias de Israel. 

En Jndea se esperaba al rey profeta que debía 
de resucitar a los muertos y reducir a los pueblos 
paganos bajo el cetro del Eterno; los judíos que 
vivieron entre esos pueblos, emprendieron prepa- 
rarlos por medios naturales para el reino de Dios, 
llegando a ser así los intermediarios entre el eTu- 
daismo regenerado y una civilización que intenta- 
ba vanamente regenerarse. 

Habiéndose penetrado de la poesía y de la cien- 
cia de los helenos, contribuyeron a reconciliar la 
Grecia con la Judea, el espíritu ario con el espíritu 
semítico en su expresión más elevada. 



Véase actualmente cómo juzga a los esenios. 

El apego de los eaenios a su orden iba borrando 
paulatinamente, entre esos sectarios, el sentimiento 
de solidaridad que es el cimiento de la religión 
judía. Prohijaban desde temprano en su seno el 
germen de una oposición contra el judaismo, cuya 
intensidad y alcance ellos mismos, como sus ad- 
versarios, distaban mucho de prever. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 65 

Hillel, presidente del Synedrium, en oposición 
con los esenios, que se apartaban de la vida pú- 
blica, decía: "No te apartes de la comunidad". 

Los ariscos, amigos de la paz, que querían tran- 
sar con los romanos, eran de la escuela de Hillel; 
el partido opuesto, los celadores (Zelotes), eran de 
la escuela de Schammai, hombre de acción más 
bien que de especulación, que así mismo recomen- 
daba la afabilidad: "Aplícate con asiduidad a la 
ley; habla poco, pero obra eficazmente y haz a 
cada uno buena acogida". 

Los discípulos de Hillel predicaban, pues, la paz 
y la sumisión a los romanos, y los de Schammai 
excitaban el pueblo a la rebelión. El santo y seña 
de este partido, esparcido posteriormente en toda 
Judea, era: "es una infracción a la ley obedecer 
a los señores de Roma; no se debe obediencia sino 
a Dios". Deducíanse dos consecuencias: 1.° El pri- 
mero y más santo deber del israelita era combatir 
con todas sus fuerzas a los usurpadores del poder 
divino con riesgo de su fortuna, de su vida y de 
la de su familia ; 2° el Estado Judío debía ser una 
república pura, no reconociendo más señor que 
Dios, ni más ley que la suya. 

Odiado era el yugo romano, y sobre todo la me- 
dida decretada del censo. 



El momento había llegado de derramar en el 
mundo pagano las doctrinas elaboradas por Israel. 
Pero, el judaismo, en su forma externa y con su 
antiguo nombre, no era popular entre los genti- 
les. Para facilitar al mundo una participación más 
íntima en la doctrina israelita, la nueva forma re- 
ligiosa tenía que asimilarse además elementos ex- 
traños. Al aceptarlos, púsose voluntaria y osten- 
siblemente en pugna con su origen. 



66 A. PEYEET 

Esta doctrina antigua, ese Esenismo, combinado 
con elementos extraños, es el Cristianismo. 

Reinaba un malestar general. Esperábase al Sal- 
vador, el Mesías, prometido por los profetas. 

Esperanzas mesiánicas animaban a todas las cla- 
ses de la sociedad judía, con excepción de los aris- 
tócratas, de los amigos de Roma, esos satisfechos 
de la época, que recelaban de lo desconocido por- 
que nada tenían que esperar y lo temían todo de 
un cambio tan radical como el anunciado por los 
profetas . 

Pero, diversas eran las esperanzas: los celadores 
repiihlicanos, discípulos de Juda el Galileo, espe- 
raban ante todo que el Mesías aniquilase con su 
soplo a los enemigos de Israel, 'poniendo fin a la 
dominación romana y restableciendo la edad de 
oro del gobierno de David. 

Los schamaitas añadían sin duda a ese retrato 
del j\Iesías la religiosidad más rigurosa y la me- 
jor pureza de costumbres. 

Los hillelitas, menos preocupados de política y 
menos fanáticos, consideraban, por el contrario, al 
Mesías como un príncipe de la paz, un pacificador 
de las disensiones internas y externas. 

Los individuos, empapados en el espíritu griego, 
cuyo representante más conspicuo es el neo-plató- 
nico, Filón, daban al Mesías una forma sobrehu- 
mana, considerándolo como una especie de ángel, 
visible sólo para los hombres piadosos, que vol- 
vería a traer a Judea los descendientes de Jacob, 
desde los países griegos y bárbaros. Pensaban ade- 
más que el tiempo mesiánico encontraría la nación 
interiormente preparada por una santidad de vi- 
da patriarcal y por sentimientos depurados que le 
asegurarían la participación en la gracia divina. 

En fin, todos estaban conformes en que el Me- 
sías debía sor de la estirpe de David. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 67 

Eran los escnios los que representaban más ideal- 
mente la época niesiánica, con su vida ascética que 
propendía a anticipar el reino del cielo y el mun- 
do futuro. De entre ellos salió la primera voz, la 
de Juan Bautista. 

jCuál era la idea de Juan? Sin duda que, si to- 
do el pueblo judío se bañase en el Jordán confe- 
sando sus pecados, es decir, si adoptase la regla 
de los esenios, si realizase la santidad para con 
Dios y la justicia para con los hombres, no tar- 
daría el anunciado tiempo mesiánico en presen- 
tarse . 

Herodes Antipas lo mandó prender y cortar la 
cabeza sin que se haya podido averiguar el moti- 
vo; sin duda porque desconfiaba de un hombre que 
atraía a las masas con su elocuencia y podía lan- 
zarlas en toda clase de empresas. Háse inventado 
una historia dramática para explicar esa muerte, 
pero en realidad para agradar a los romanos y a 
sus empleados, representando todos los conflictos 
de los judíos como meras disidencias religiosas que 
no tenían que ver con la política. 

A consecuencia del mismo sistema, se arrojó to- 
da la odiosidad de la condena de Jesús sobre los 
judíos, y se presentó al gobernador romano Pon- 
tius Pilatus como el hombre más justo y más con- 
ciliador, cuando todas las fuentes históricas ates- 
tiguan todo lo contrario. 



Juan Bautista tuvo continuadores, siendo uno 
de ellos su discípulo Jesús, más grande que el maes- 
tro, (Ycschu, abreviación de Yescliua), nacido el 
año 4, en Nazaret, ciudad de Galilea, hijo de Jo- 
sé, maestro carpintero oscuro, y de su esposa Ma- 
ría (Miryam) que parió después cuatro varon.^^í, 
Jacobo, José, Juda, Simón y algunas niñas. 



68 'Á.. PEYEET 

José no era de la estirpe de David, ni tampoco 
nació en Belem. 

Los Galileos eran muy atrasados, muy supersti- 
ciosos; creían como el que más en los poseídos, en 
los demonios; pero eran severos en sus costumbres. 
Hablaban un dialecto muy corrompido y con una 
tonada que hacía reir, por cuyo motivo no se les 
admitía de oficiantes en las ceremonias. ^ 

No pudo, pues, Jesús estar a la altura de la 
ciencia, tal como las escuelas de Hülel y de Scha- 
mai la implantaron en Judea, ni excitar la admi- 
ración de los literatos con sus discureos. Mas, lo 
que le faltaba en teoría, lo compensó un sentimien- 
to delicadísimo. 

Tomó a Hillel por modelo, como lo prueban sus 
mismas palabras y la analogía de los discursos. 

La misión de Jesús, tal como él mismo la com- 
prendió, era, no abolir sino cumplir la ley, dedi- 
cándose como los profetas anteriores, a hacer re- 
saltar el espíritu de amor y de justicia, "el espí- 
ritu que vivifica" poi' oposición "a la letra que 
mata", y preparar de esta manera el reino de Dios 
"en la tierra así como en el cielo". 

Para Jesús, ese reino era todavía "un mundo 
futuro". Entre este mundo y aquel en cuyo me- 
dio vivía, estaba la muerte y la resurrección; bajo 
esa fórmula, que era la expresión de un sentimien- 
to vago más bien que de un razonamiento, figurá- 
base uno en esos tiempos la transición de una so- 
ciedad enferma, que iba a morir, a una sociedad 
nueva, fundada en el cumplimiento de la ley. 

No se separaba de la ley mosaica, imitando a Hi- 
llel a este respecto: para él, el judaismo debía 
conquistar el mundo, no en el sentido político, sino 
sometiendo todos los pueblos a su doctrina, conte- 
nida en la ley de Moisés y en la moral de los 
profetas. 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO: 69 

Debían los judíos, ante todo, penetrarse de esa 
religión, y, efectivamente, Jesús envió sus apósto- 
les, no a los paganos, sino a los judíos, para volveí 
a traer las ovejas descarriadas. 

Más tarde, cuando el paulinismo se hubo sepa- 
rado del ehionitismo, sólo llevados por el espíritu 
de antagonismo, los cristianos de la primera de 
esas dos sectas pusieron en boca de Jesús palabras 
duras contra la ley mosaica, para hacerse con ellas 
un ai'ma contra sus adversarios. ' 



La doctrina de Jesús es esenia absolutamente. 
Fué bautizado por Juan, un esenio. Su hermano 
Jacobo llevó vida de esenio. Todos sus discursos 
son inspirados por el esenismo. 

Su predicación no tuvo éxito en su país natal: 
"nadie es profeta en su tierra". Acertó mejor en 
Cafamaum; rodeóse de individuos de clase baja 
y de mujeres de fama dudosa. Ennoblecióles el 
corazón por la finneza y la santidad, corrigiéndo- 
les la vida para hacerlos entrar en el reino celes- 
te, siendo este su mayor milagro. 

Enseñaba las virtudes pasivas de los esenios: la 
abnegación, la humildad, el desprecio a las rique- 
zas, el amor a la paz y a la conciliación. No atacó 
una sola vez la religión existente. 

El sermón de la Montaña es de una autenticidad 
más que sospechosa. Hay interpolaciones, citas 
falsas. ' 

No enseñó siquiera la inmortalidad del alma, es 
decir la continuación en una beatitud celestial de 
la vida del alma después que haya dejado su en- 
voltorio corpóreo; anunciaba únicamente la resu- 
rrección del cuerpo en una época detenninada, co- 
mo lo hicieron muchos doctores antes que él. La re- 



70 A. PEYRET 

surrección de los hombres justos y piadosos debía 
verificarse aquí, en esta tierra, fundándose un nue- 
vo orden de cosas, "el mundo futuro", en cone- 
xión con el mundo mesiánico, con la llegada del rei- 
no del cielo. 

Consiste su originalidad en haber hecho resaltar 
el sentido íntimo de las prescripciones del judais- 
mo, en comprenderlas por el corazón y el alma, 
en haber inculcado el amor al prójimo y hecho 
accesibles a individuos desmoralizados la doctrina 
judía de una vida santa, justa y fraternal. 

Hizo curaciones milagrosas, exorcismos, que 
obraron poderosamente sobre las masas, excitando 
la admiración de la muchedumbre ; creyóse que te- 
nía poder sobre los demonios, sobre Satanás, y so- 
bre el mismo infierno, y pareció un hombre de Dios. 

La cmo/ncipación del yugo romano entraba tam- 
bién en el plan de Jesús, pero sus medios eran di- 
ferentes de los de Juda el Galileo, (del partido de 
los celadores) . 

Juda quería la acción inmediata, mientras que 
Jesús sabía inspirar a sus discípulos una fe abso- 
luta en las promesas que Dios, por boca de sus pro- 
fetas, había hecho a su pueblo. 



En fin, Jesús revela su secreto a sus discípulos; 
confiesa que es el Mesías, pero prohibe que lo di- 
vulguen . 

Dice igualmente que es el hijo del hombre y el 
hijo (^e Dios, nombre fatal. 

Los discípulos no observan la discreción i'eco- 
mendada; pídenle muestras y signos; quieren que 
vaya a Jcrusalén. ''Muéstrate al mundo". 

En fin, emprende el viaje peligroso ; entra triun- 
falmente. La relación de esa entrada está llena de 
contradicciones y de inverosimilitudes. 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIAXISMO 71 

Dos cosas resaltaban únicamente : A fuer de Me- 
sías, Jesús debía ser sospecílioso al poder romano, 
desde que se mostró públicamente con un partido 
popular. Por otra parte habíase esparcido la voz 
de que se titulaba hijo de Dios. Tomada al pie de 
la letra, esta palabra atacaba muy hondamente las 
convicciones religiosas del Judaismo, para que sus 
representantes pudiesen considerarlo con indife- 
rencia , 

Arrestado, interrogado, reconoce que se ha pro- 
clamado el hijo de Dios, y es condenado como blas- 
femador 'por los judíos. 

Llevado ante Pilato, responde que se ha decla- 
rado también rey de los judíos. El magistrado ro- 
mano confirma la condena ca^pital y autoriza la 
ejecución. Esta entraba en sus atribuciones. 

El modo como muere pugna con la legislación 
judía sobre la pena de muerte ; pues el código pe- 
nal prescribía la lapidación, el fuego, la espada y 
la estrangulación. Según la Miclina, el crimen de 
blasfemia y de idolatría traía aparejada la pena 
de la lapidación, y después que el ajusticiado ha- 
bía muerto, quedaba el cadáver colgado de un pos- 
te durante un día entero para atemorizar al pue- 
blo, Jesús murió de esta manera, apedi'oado pri- 
meramente y colgado después, como lo pruel)a el 
Talmud. En cuanto a la lapidación, se ejecutaba 
haciendo aplastar al reo por medio de una gruesa 
piedra que los acusadores le arrojaban a la cabe- 
za, iDatándole instantáneamente. Sólo después po- 
día el pueblo arrojar piedras al ajusticiado. De 
allí el refrán conocido: ¿quién '-"' ntvpv.Mna a arro- 
jarle la primera piedra? 

Mas, si Jesús expiró antes de ser crucificado, la 
historia de su muerte, tal como la refieren los evan- 
gelios, es apócrifa; fué inventada a posieriori por 



72 A. PEYEET 

los enemigos del pueblo judío para excitar las pa- 
siones populares contra ese pueblo desventurado. 

Ese suceso, que tanto repercutió en la historia, 
pasó tan desapercibido en momentos de verificarse, 
que los historiadores judíos, Justino de Tiberiada 
y Josefo, no dicen una palabra de Jesús y de su 
ejecución. Sin embargo esos historiadores, el últi- 
mo sobre todo, refieren hasta el menor hecho 
todo lo que ocurrió bajo Pilato, y mencionan aún 
a un profeta samaritano que se comprometió a en- 
tregar a sus conciudadanos los jarros sagrados ocul- 
tados por Moisés en el monte Garizim. 

La historia evangélica, como lo reconoce el mis- 
mo Renán, no se apoya en hecho histórico alguno. 

Para sus discípulos directos, y aunque hubiese 
resucitado como Joñas, Jesús jamás pasó de un 
hombre superior, quien después de haber cum;plido 
más que ningún otro anteriormente la ley, había 
sido hallado digno de ser el Mesías de Dios. En 
eso no .se apartaban de la fe judía, y por lo demás 
observaban toda la ley. 

Lo que los distinguió, además de esa creencia, 
fué la pobreza voluntaria que adoptaron, de don- 
de les vino el nombre de Ehionitas o pobres, al 
estilo de los esenios. 

Predicaban el reino de Dios, como Juan y Je- 
sús, llamándose con este motivo misioneros o após- 
toles . 

Afirmaban haber recibido de Jesús el don de 
curar a los enfermos, de arrojar a los espíritus ma- 
lignos y de resucitar a los muertos. Derramaron 
así la creencia especial de la Galilea, en el poder 
de Satanás y de los demonios, dando a esos seres 
imaginarios con su enseñanza una especie de rea- 
lidad . 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO: 73 

Entre los judíos, la creencia en los demonios era 
inocente y no presentaba carácter religioso algu- 
no; en el cristianismo elevóse al estado de artículo 
de fe; inmoláronse hecatombes de víctimas huma- 
nas a esas divinidades de una nueva clase. 



Durante los veinte o treinta primeros años que 
siguieron a la muerte de Jesús, nadie se ocupó de 
sus discípulos, aunque tenían su asiento principal 
en Jerusalem. Formaban una pequeña secta y sin 
duda se les consideraba como Esenios. Hubiesen 
probablemente pasado desapercibidos, si más tarde 
no se hubiese mostrado un hombre que propagó el 
cristianismo elevándolo a una altura que le ase- 
guró el dominio del mundo. 

Este fué el trabajo de Saúl o Pablo, quien opu- 
so el cristianismo, al judaismo, la fe a la ley. 

Treinta años después de la muerte de Jesiis, el 
cristianismo estaba dividido en dos sectas: los ju- 
deos-cristmnos, fieles a la ley mosaica, tienen su 
centro en Jerusalem, donde esperan el regreso del 
Mesías ; los gentiles o los gentiles-cristianos, se apar- 
tan de la ciudad santa, y van tomando, con res- 
pecto al judaismo, una actitud más y más hostil. 



IV 

Damos la palabra a Str'auss: 

Las facciones legendarias añadidas a la imagen 
de Jesús, no solamente cubrieron las facciones his- 
tóricas de tal modo que bastase quitar aquellas pa- 
ra hacer reaparecer estas: muy a menudo las ca- 
pas míticas sobrepuestas consumieron y destniye- 
ron la realidad histórica. 

No nos gusta oirlo, no nos gusta creerlo; mas, 



74 A. PEYKET 

cualquiera que se ocupó seriamente de esas mate- 
rias, y quiere ser sincero, sabe, tan bien como nos- 
otros, que hay pocos hombres de la historia sobre 
los cuales tengamos informes tan escasos como so- 
bre Jesús. ¡ Cuánto más clara y más distinta nos 
¿¡parece la figura de Sócrates, que asimismo está 
cuatro siglos más distante ! . . . 

No creo, como se ha pretendido, que hayamos 
llegado al punto de ño poder afirmar jla autentici- 
dad de ninguna de las palabras que los Evange- 
lios ponen en la boca de Jesús; creo que las 
hay que podemos atribuir a Jesús, con toda la 
cantidad de probabilidad- que jamás debe ultra- 
pasarse en las cosas históricas; he procurado dis- 
cernir las marcas por las cuales pueden reconocerse 
esas palabras auténticas. Pero esa verosimilitud, 
inmediata a la Cjertidumbre, no se extiende m^uy 
lejos ; y en cuanto a los actos y a la vida de Jesús, 
si exceptuamos el viaje a Jerusalem y la pasión, 
tenemos muy pocos elementos. Pocas son las cosas 
debidamente averiguadas, y entre aquellas, a las 
cuales la ortodoxia se adhiere con preferencia, en- 
tre las milagrosas y sobrehumanas, queda averigua- 
do, por el contrario, que no sucedieron. Mas, ha- 
cer depender la salvación del hombre de su fe en 
cosas de las cuales una parte es por cierto ficticia, 
otra incierta y solamente una parte escasísima ave- 
riguada, esta pretensión es de tal modo absurda, 
que, en nuestros días, ni siquiera se necesita re- 
futar. — (Nueva vida de Jesús). 



Oigamos a Ilartman (Eduardo) : 

"Jesús era judío de los pies a la cabeza: su edu- 
cación había sido la educación nacional judía; ja- 
más (excepción hecha de las influencias del esenis- 



/ 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 75 

ino judaico), había llegado hasta él la influencia de 
ninguna cultura extraña . Vivió y murió en el círcu- 
lo de las ideas de su tiempo y de su pueblo, parti- 
cipando de la superstición del primero lo mismo 
que de la fe nacional en las profecías que era pro- 
pia del segundo. Toda su actividad se dedicó a 
reproducir el modelo del profetismo judío, sin ex- 
ceptuar los ejercicios ascéticos. . . 

Jesús es judío y nada más que judío. . . La doc- 
trina de Jesús nada encierra que no estuviera en 
la cultura de su tiempo, completamente impregna- 
da del Talmud; algunas de sus parábolas están to- 
madas del Talmud. El mérito positivo de su en- 
señanza no consiste de ningún modo en que hubiese 
.enseñado nada nuevo, ni siquiera que hubiese da- 
do a los elementos 'existentes un carácter esencial- 
mente nuevo, invirtiendo su posición respectiva, 
sino tan solo en el hecho de que, gi'acias a él, la 
tradición esotérica de las escuelas, se escuchó en la 
plaza pública . . . 

¿Qué es el Evangelio de Jesús? La afirmación 
prof ética de que el reino nacional judaico de Je 
hovah, esperado por los judíos en el sentido de una 
teocracia terrestre que debía regir una tierra que 
era necesario crear de nuevo, (reino de la tierra), 
después de la destrucción de la antigua por el fue- 
go; la afirmación, decimos, de que ese^ reino se ha- 
lla próximo, y de que su advenimiento, el cual sig- 
nifica la supresión del mundo existente y el juicio 
final, debía realizarse en tan corto plazo que la ge- 
neración presente se vería en\^clta en este aconte- 
cimiento. A esto se limitó desde luego sü evange- 
lio. . . No vale la pena el ocuparse de nuestro paso 
sobre la tierra, puesto que no ha de durar más que 
un instante ; lo que verdaderamente nos interesa, 
es ocuparnos de hacer penitencia y procurar la 
enmienda, para no ser, en el día del juicio, devorado 



76 • A. PEYRET, 

por el fuego y excluido de la participación en el 
reino de la tierra nueva. . . 

No creyó en sí mismo como apóstol de una nueva 
doctrina religiosa, como fundador de religión. No 
se hubiera sorprendido poco, ciertamente, si se le 
hubiera predicho que de su actividad religiosa na- 
cería una nueva religión que perseguiría a la ju- 
daica, su madre, con odio exterminador . . . 

Nunca renegó de su convicción en el próximo 
fin del mundo. Según él^ "su reino no era de este 
mundo", en el sentido solamente de que el prin- 
cipio de su reinado debía datar de la fundación 
de la tierra y de la nueva Jerusalem . , . 

El error* fundamental de los secuaces del cris- 
tianismo de Jesús, es doble. Consiste, en primer 
lugar, en creer que es preciso atribuir el valor his- 
tórico de Jesús a su doctrina más bien que a su 
influencia personal sobre el medio en que vivía; 
después, que Jesús debe ser considerado y honrado 
como el fundador de la religión universal... 

Debajo del título *' El cristianismo de Cristo", no 
queda más que una hoja en blanco, de la cual se 
borró ya cuanto había figurado en otro tiempo co- 
mo verdad adquirida en la historia. En el fondo 
se vé, a no dudarlo, lo que estos señores (los pro- 
testantes liberales) desean: un espacio sin límites 
y sin barreras para difundir sus propias ideas en 
el mundo, sin abandonar el nombre de cristianis- 
moy o lo que es igual, las ideas de la cultura mo- 
derna navegando bajo el pabellón cristiano... 

Jesús fué un judío visionario que vivió hace más 
de mil años, y fué un hombre como nosotros, sal- 
vo que su culrura era la de una época más grosera 
y más supersticiosa". (La Religión del porvenir). 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISSIO 77 

Oigamos a Alfonso Peyrat: 

"Ningún autor habiendo dedicado diez líneas a 
Jesús, hemos debido tomar su historia de los Evan- 
gelios. En vez de una historia verdadera, hemos en- 
contrado una colección de sucesos sobrenaturales, 
de alegorías, de mitos, de tradiciones históricas y 
semi-históricas referidas sin orden, sin método, sin 
exactitud cronológica. Con los hechos verdaderos 
hemos visto mezclarse leyendas creadas por la ima- 
ginación de los primeros cristianos o sugeridas por 
la necesidad de amoldar el ¡personaje histórico a 
un ideal mesiánico, mitológico, religioso. 

**Ese ideal produjo la religión cristiana... 

''Con las tradiciones judaicas, la gnosis orien- 
tal, el platonismo alejandrino, el ascetismo neo-pla- 
tónico, los fundadores y los grandes hombres del 
cristianismo levantaron el edificio del nuevo siste- 
ma religioso, cuyo sistema absorbió lo mejor que 
había en la moral, la filosofía y la teología de los 
pueblos antiguos, asimilándolo todo..." 



jPor qué no hemos hablado de Renán? — ^Porque 
Renán, al menos en la vida de Jesús, es más bien 
artista que crítico y no^'-elista que historiador; so- 
bre todo, porque admitiendo la autenticidad del 
cuarto Evangelio ha ei'rado completamente el ca- 
rácter de la doctrina de Jesús, el cristianismo pri- 
mitivo. Cromos que Renán, al pintar a Jesús, se 
ha pintado a sí mismo; de esta manera, ha justi- 
ficado la definición de Emerson: **no hay historias 
verdaderas, no hay más que biografías". 

Por lo demás, él mismo ha reconocido en el pre- 
facio de la décimatercera edición, que se había 
inclinado demasiado a la autenticidad del cuarto 
Evangelio, aunque persiste en pensar que aquel po- 



78 A. PEYEET 

see un valor de fondo paralelo al de los sinópticos, 
y aun a veces superior. 

El señor Eenan es el hombre de los pei^petuoí! 
compromisos; no sabe cómo "salir del laberinto de 
las contradicciones extrañas y de las dificultades 
inestricables que le presenta ese libro'', sobre todo 
cuando lo compara con el apocalipsis atribuido al 
mismo autor y la primera epístola johánica. 

El libro de Renán debe pues leerse con mucha 
precaución, porque le falta sobre todo la afirma- 
ción categórica que debe caracterizar al vei-dadero 
pensador, porque su espíritu está fluctuando cons- 
tantemente en la indecisión y la contradicción: 
después de haberlo leído no sabe uno a qué atener- 
se. Es verdad que él pretende ''escribir como para 
un planeta perdido". 

Para confirmar este aserto que puede parecer ex- 
traño, invocaremos otra ve'^ la autoridad del pro- 
fesor Graetz. 

Dice ese señor: 

En 1863 y 1864 dos nuevos Evangelios se aña- 
dieron a los existentes anteriormente, el según 
Renán y el según Strmiss. El primero es un se- 
gundo Evangelio de Juan, el otro un segundo evan- 
gelio de Mateo. 

Ambos escritores han bosquejado la fisonomía de 
Jesús según un ideal que llevan en sí mismos, aun- 
que representándola como histórica, convirtiéndolo 
en un hombre-dios. 

Plan calumniado a los judíos, y sobre todo a los 
fariseos. 

No conocen la literatura judía (Talmúdica y 
Agádica) contemporánea de Jesús; sólo leyeron a 
Josefo, un autor que escribió una historia al uso 
de los romanos, y a escritores evangélicos hostiles a 
los judíos. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 79 

La Única cosa histórica, para nosotros, es que 
el cristianismo fué produciclo por el esenismo. 



Díeese que, por haber producido esa cosa extra- 
ordinaria que se llama el cristianismo, Jesús de- 
be haber sido una personalidad extraordinaria, un 
verdadero hombre-dios. 

Para apreciar el valor de ese razonamiento, re- 
cuérdese un hecho histórico. En 1666, la ciudad de 
Esmirna vio aparecer un Mesías judío^ llamado 
Sahhatai ZevL Tenía, no algunos centenares, sino 
algunos millares de partidarios, y no sólo judíos, 
sino también cristianos y musuhnanes. Causó una 
agitación febril en el mundo. Aun después de su 
conversión al cristianismo y mucho tiempo después 
de su muerte, contaba todavía, entre los judíos co- 
mo entre los cristianos, partidarios entusiastas que 
sufrieron el martirio. Ajparecieron evangelios so- 
bre su vida, su doctrina, sus milagros; judíos y 
cristianos, ingleses, holandeses y franceses, fueron 
esos evangelistas, entre los cuales había aun dii^lo- 
máticos. El siglo XVIII contaba todavía sectarios 
de Sabbatai Zevi. Existen hasta la fecha en Tur- 
quía y en Polonia, allí con la máscara del Islam, 
allí con la del catolicismo. ¿Acaso deduciremos do 
ese buen éxito, del Mesías de Esmirna que haya si- 
do una especie de scmi-dios ? 

Renán ha escrito su libro, siguiendo paso a paso 
el evangelio de Juan, es decir, componiendo una 
novela según una novela más antigua. 



Strauss hizo otra novela, siguiendo a Mateo. .. 
No se ha apreciado bastante el valor literaíio 
de esas composiciones cuya sencillez candida no es 



80 A, PEYRET 

espontánea, sino muy ealciilada. El autor del evan- 
gelio, según San Mateo, a pesar de la barbarie de 
su estilo, era un artista que sabía ¡perfectamente 
agrupar y poner en escena los actos y los senti- 
mientos, para producir el efecto apetecido. Lo mis- 
mo pasa con los dos otros sinópticos. Mucho más 
tarde, el autor del cuarto evangelio lleva a cabo 
su hermosa composición con no menos arte, pero 
partiendo desde otro punto de vista. Muy bien sa- 
bía lo que hacía la Iglesia, al canonizar solamente 
esas cuatro obras maestras, y al desechar todos los 
demás evangelios, sin atender a su autenticidad 
más o menos histórica. Si el cristianismo produjo 
un efecto tan asombroso, si es hasta la fecha la re- 
ligión del mayor número y el ideal de tantos espí- 
ritus distinguidos, es debido al arte que presidió 
la redacción de esas epopeyas dramáticas y líricas, 
de esos idilios trágicos de un género tan especial. 
Todo considerado, no se trata de lo que fuera Je- 
sús en realidad, sino de lo que con él hizo la poe- 
sía evangélica. Aquí también, una vez más, los 
poetas crearon a los héroes. 



Para quien no cierra los ojos, queda evidente 
que el evangelio según San Mateo fué escrito in- 
mediatamente tras la guerra de Barkokebas, a prin- 
cipios de la persecución de Adrián (135-136). Su 
redactor debió ser un judeo-cristiano que quiso 
consolar a sus correligionarios y vivió probablemen- 
te en los alrededores de la Deeápolis, más allá del 
Jordano, allí donde se habían retirado los judeo- 
cristianos. Por eso, escribió en idioma griego, pe- 
ro con un estilo bárbaro. 

Pregúntese ahora si puede ese evangelio ofrecer- 
nos la vida auténtica de Jesús, o si sus asertos no 
son leyendas de segunda o tercera mano. 



LA EVOLUCIÓN DEL CBISTIAIÍISMO 81 

Este es el primer evangelio — según Graetz; — 
según otros sería el segunde 

En cuanto al evangelio según San Juan, su re- 
dacción cae, según los críticos modernos, entre 180 

y 190. 

Resumiendo : los hechos materiales en la vida de 
Jesús faltan absolutamente. 



¿Son auténticas las palabras atribuidas a Jesús, 
y puede sacarse la conclusión de que el fundador 
del cristianismo, produjo una concepción de Dios 
y una ley moral distintas de las del judaismo, o 
superiores a ellas? 

No ; todas estas palabras están ya en la literatu- 
ra judía anterior. El cristianismo no presenta orí- 
ginalidad alguna a este respecto. Es preciso no 
haber leído jamás los salmos para afirmar lo con- 
trario. 

El sermón de la Montaña es admirable, pero 
no es de Jesús; pertenece al gnóstico Marcion, del 
Ponto, quien estaba en Roma a eso de 150. 

Ese sermón, que es la parte más importante de 
la moral cristiana, fué interpolado en el Evangelio 
de San Mateo y no se encuentra en los otros tres. 

Las parábolas no son autánticas, debiendo notar- 
se que sólo se encuentran en Mateo, y que faltan 
a los otros dos sinópticos, cuya circunstancia las 
asimila al sermón de la Montaña. 

Tampoco lo son las sentencias, las máximas atri- 
buidas a Jesús. Sentencias y parábolas tienenuna 
tendencia polémica relativa a partidos que existie- 
ron en una época (posterior con mucho. 



Ni Renán ni Strauss han querido reconocer el 
origen esenio del cristianismo, que es indiscutible. 



82 A. PBYKET 

Todo el ascetismo cristiano procede de allí. Ven- 
cido en el mundo de los gentiles, el esenismo se 
refugió en los conventos. 

Los progíesos rápidos, que hizo la secta cristia- 
na después de la muerte de su fundador, serían un 
enigma sin la participación activa de los esenios 
en la obra mesiánica. 

Todo escrito que hace caso omiso del elemento 
esenio en la biografía de Jesús, y sólo atiende a 
las relaciones evangélicas, ipodrá tener méritos li- 
terarios, pero es erróneo bajo el punto de vista 
histórico. 



En fin, Jesús había muerto. Parecía perdida la 
causa del reino de Dios, al menos como la enten- 
diera el profeta nazareno, pero la idea triunfa por 
medio de la resurrección. 

¿Qué es la resurrección? Un fenómeno subjeti- 
vo que pasa en el corazón de los discípulos de Je- 
sús, una visión. Más tarde, Pablo debía también 
tener la suya propia en el camino de Damasco. 

Las relaciones de los evangelios sinópticos so- 
bre el particular son confusas, incoherentes, con- 
tradictorias, lo que quiere decir que no se refieren 
a un hecho real. 

Sin embargo, la resurrección de Jesús es el fun- 
damento del cristianismo. Con ella se entendía el 
regreso del mismo personaje en un plazo cortísimo 
sobre las nubes del cielo ; así lo esperaban tanto los 
judeo-mesianistas como los paulinistas. Israel y la 
tierra entera ipor medio de élj debían quedar li- 
brados del vicio, de la miseria y de la opresión. 

Tal era la esperanza que enardecía el entusiasmo 
de los nazarenos y los fanatizaba, infundiéndoles 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 83 

la creencia de que el mundo antiguo iba a quedar 
destruido de un momento por otro. 

Eesultaba pues que, lejos de perjudicar el esta- 
blecimiento del cristianismo, ese error contribuyó 
poderosamente para radicarlo. 

El cristianismo primitivo, el judeo-cristianismo 
consistía en esa esperanza, nada más, nada menos. 

Jacobo, uno de los hennanos de Jesús, Pedro, el 
primero de los apóstoles, y Juan, hijo de Zebedeo, 
fueron, según las expresiones del mismo Pablo, ' ' las 
columnas" del judeo-cristianismo . Pues bien, en 
la comunidad dirigida por ellos, continuábase es- 
perando la renovación del mundo, el palingénesis, 
''nuevos cielos y una nueva tierra en la cual habita 
la justicia". 

Continuábase practicando el judaismo y se exi- 
gía la circuncisión para entrar a la comunidad. 
Esperábase el regreso del Mesías, que debía inau- 
gurar el reino de Dios. 

Para saber cómo entendían ese reino de Dios, 
puede leerse' un trozo curioso citado por Ireneo y 
atribuido al obisipo Papias: 

*'Los ancianos; que habían visto a Juan, el dis- 
cípulo del Señor, recuerdan haberle oído referir 
como el Señor enseñaba en esos tiempos y decía: 
** Vendrán días en que brotarán viñas que tendrán 
cada una diez mil ramas gruesas, y en cada rama 
gruesa diez mil ramitas, y en cada ramita diez mil 
racimos, y en cada racimo diez mil granos, y cada 
grano bajo la prensa ha de dar veinticinco medi- 
das de vino, y cuando cada uno de los santos lleve 
la mano sobre semejante racimo, otro ha de excla- 
mar: soy un mejor racimo, tómame y bendice al 
Señor por causa mía. Del mismo modo un grano 
de trigo dará diez mil espigas, y cada espiga ten- 
drá diez mil granos, y cada grano dará diez libras 
de harina flor; y así será con toda semilla, con to- 



84 Á. PBYRBT 

da yerba, con toda fruta, cada -iina según su. clase. 
Y los animales que se alimentan con ellos vivirán 
en paz entre sí y quedarán sometidos al hombre". 

Tal era la credulidad de Ireneo y de los prime- 
ros cristianos. 

El reino de Dios, tomado al pie de la letra, de- 
bía ser un verdadero país de cucaña. 



CAPITULO II 

Los APÓSTOLES 



El Nuevo Testamento es el libro fundamental 
del cristianismo. Ya hemos dicho cuan escasa es 
la autenticidad de ese libro, pero conviene insis- 
tir sobre ese punto. -o -ui .,« 

Desde luego las epístolas^ atribuidas a Pablo no 
fueron escritas todas por él. 

El señor Havet pretende que cuatro solamente 
son auténticas, y el señor Graetz, solamente una, 
siendo esta la epístola a los Gálatas. Son las otras 
tres las epístolas a los Corintios y la epístola a los 
romanos . 



El Apocalipsis (palabra griega que significa Re- 
velación), no es obra del hijo de Zebedco, smo de 
un judeo-cristiano, enemigo mortal de San Pablo, 
a quien llama Nicolás. 

Escribióse el Apocalipsis en la espera de la caí- 
da del imperio romano, a fines del reinado de Ne- 
rón La bestia llamada 666 es el mismo Nerón. 
Las letras hebraicas servían para guarismos; escri- 
biéndose en letras hebraicas Nerón César y suman- 
do los números de cada una de las letras se tiene 

por total 666. . j i +;^^ 

Havet dice que es posterior con mucho, del tiem- 



86 A. PETEET 

po de Trajano o de Adrián, y es también la opi- 
nión de Graetz. 



El evangelio s^gfim San Marcos pertenece a cua- 
tro redactores distintos y desconocidos. 

El evangelio según San Mateo pertenece a tres 
redactores desconocidos . 

El evangelio según San Lucas, tomado en cua- 
tro fuentes diferentes, fué escrito por un tal Lu- 
canus, vulgarmente conocido con el nombre de Lu- 
cas, secretario que fué, durante algún tiempo, de 
San Pablo. 

Los tres evangelios que acabamos de nombrar 
son llamados sinópticos, porque en sus partes co- 
munes, y son numerosas, pueden ser transcriptos 
paralelamente, en tres columnas, en cuadros si- 
ncipticos, cuya operación no puede hacerse con el 
Evangelio según San Juan. 

El evangelio según San Juan fué compuesto 
ciento cincuenta años, más o menos, después de la 
muerte de Jesús, por un rector desconocido que ja- 
más había pisado la Palestina. El autor es un in- 
dividuo empapado en las doctrinas de Filón y de 
los gnósticos, (especie de panteístas). 

No tiene valor histórico alguno. 

Su doctrina religiosa está en contradicción com- 
pleta con la doctrina de Jesús. Entre el monoteís- 
mo mosaico del Jesús verdadero y el panteísmo 
gnóstico del Jesús fabricado por San Juan, hay 
una oposición absoluta. 

El lenguaje del último es incomprensible, tanto 
como el del primero es claro y terminante. Pero 
en compensación ese evangelio tiene una gran im- 
portancia para la historia de las religiones, porque 
indica el momento en que desapareció el último 
vestigio de la doctrina del verdadero Jesús, del 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 87 

Jesús monoteísta y esenio. El evangelio según San 
Juan, dice Emilio Ferriére, puede ser considerado 
como la partida de defunción del cristianismo ; des- 
de ese evangelio, el catolicismo fué el que reinó 
solo. Más adelante volveremos a hablar de ese libro 



Atribuyese a Lucas la redacción de los Actos de 
los apóstoles, siendo la relación de los hechos y de 
las leyendas que coneiemen la (primera comunidad 
cristiana hasta la llegada de Pablo a Koma. 

Es ese libro una tentativa de conciliación entre 
las dos sectas, los judeo-cristianos y los paulinianos 
o paulinistas. 

Las epístolas, dichas de San Pedro, no pertene- 
cen a San Pedro j la primera fué escrita por un 
pauliniano . 

La fistola de Santiago, uno de los cuatro her- 
manos de Jesús fué, según parece, inspirada por 
él: está en concordancia con la doctrina del verda- 
dero Jesús, refutando la de Pablo: "La fe justi- 
fica sin las obras". 

La epístola atribuida a Juda, otro hermano de 
Jesús, es una crítica violenta de San Pablo, 

No se conoce el autor de las tres epístolas atri- 
buidas a San Juan. 



Obsérvase que para los primeros cristianos, no 
tenían importancia todos estos escritos: ellos ante- 
ponían la tradición oral a los escritos ; su libro sa- 
grado era la Biblia antigua. 



El obispo Papias, por ejemplo, ponía los docu- 
mentos escritos abajo de la tradición oral, cuando 
se trataba de instniirse en las verdades religiosas; 



88 A. PEYEET 

sin embargo él había escrito cinco libros de comen- 
tarios sobre una de esas obras qne él considera de 
importancia secundaria . 

Adviértase que los autores de los evangelios no 
se preocupaban de la posteridad, pues esperaban, 
de un momento por otro, el regreso del Señor y la 
consumación de los tiempos; escribían únicamente 
para particulai'es que les pedían informaciones. 

Hasta fines del siglo segundo, ninguno de los 
cuatro gozó de un carácter oficial. Mientras tanto, 
sufrieron todos varias revisiones que no hubieran 
podido verificarse, si se les hubiese considerado 
primitivamente desde el punto de vista teopnéus- 
tico, es decir, de inspiración divina. ¿Quién se hu- 
biese atrevido a alterar la palabra de Dios? Sólo 
más tarde adoptóse ese punto de vista que dura 
hasta la fecha. 



Los evangelios sinópticos son ramas desprendi- 
das de un mismo tronco, es decir, de escritos pri- 
mitivos formados según la tradición oral. 

Puede asegurarse que ninguno de nuestros evan- 
gelios es primitivo, y que pertenecen por el con- 
trario a una capa secundaria y aun terciaria. 



El evangelio según San Juan es completamente 
distinto de los otros^ tanto en la parte histórica 
como en la parte didáctica. Fué probablemente 
escrito en í]fesio bajo la influencia del gnosticis- 
mo. Su autor no puede ser un judío, jpues ignora 
las ideas judías. 

Los judeo-cristianos no se distinguían de los de- 
más judíos, sino por esa simple creencia que Je- 
sús de Nazaret había sido el Mesías anunciado por 
Moisés y los profetas. 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 89 

Los judíos helenistas quisieron hacer una reli- 
gión universal, en vez de una religión nacional co- 
mo aquellos. Esta fué la idea de Esteban y de Pablo. 

De allí la lucha entre Santiago y Pablo, y la 
contra-misión organizada contra los trabajos del 
último . 

En fin formóse un partido medio, para conciliar 
las dos escuelas ; de allí las epístolas de San Pedro, 
las epístolas a los hebreos, los actos de los apósto- 
les; la historia quedó falseada y el paulinismo, 
sacrificado . 

Según el evangelio de Juan, el Mesías es un ser 
divino, anterior a todo cuanto existe, creador de 
todas las cosas. 

Ese evangelio separa el cristianismo del mosais- 
mo. Si Jesús hubiera sido solamente el Mesías,_ el 
cristianismo hubiese sido solamente una fracción 
del Judaismo, cuando más, una forma nueva y 
más pura del mosaísmo. 

Mas. desde que se convertía en una religión uni- 
versal,' su fundador debía ser aquel mismo que 
creara todas las cosas, el verbo de Dios, y por de- 
cirlo así, el mismo Dios. (]\Iiguel Nicolás) . 



II 

Poco, muy poco se sabe sobre los doce Sipóstoles, 
o discípulos directos de Jesús. Siete existieron 
i-ealmente, siendo Simón Pedro (Kefas, roca, pie- 
dra), Andrés, Santiago y Juan hijos de Zebedeo, 
Mateo el publicano, Simón el celador y Judas de 
Kerioth (Iscariote). 

Dos existieron probablemente, el hijo de iolo- 
meo (Bar-tolomé) y el Gemelo (Tomás o Didimo) . 



90 A. PEYEÉT 

Tres son apócrifos, Lebbeo o Thadeo o Juda de 
Santiago, Felipe y Santiago, hijo de Alfeo. 

Sábese que Pedro y su hermano Andrés, Santia- 
go y Juan, hijos de Zebedeo, eran pescadores; que 
Mateo era publicano o aduanero; sobre los demás 
nada se sabe. 

Con excepción de Judas, oriundo de Kerioth, en 
Judea, los apóstoles eran todos Galileos, es decir 
de una comarca famosa por el genio cerrado de 
sus habitantes: "zonzo como un galileo", solían 
decir los de Jerusalem. No parecen los apóstoles 
haber hecho excepción a la regla. 



La comunidad cristiana se eomjponía primitiva- 
mente de dos gropos: el de los judíos hebreos, que 
tenían la dirección, y el de los judíos helenistas, 
es decir, de los que habiendo entrado en relación 
con el mundo helénico y adoptado más o menos 
sus ideas, propendían a romper el círculo del mo- 
saísmo oficial. 

Naturalmente los jefes de la comunidad, los após- 
toles, eran ortodoxos rígidos. 

Ya sabemos que los judíos esperaban a un Me- 
sías libertador que debía restablecer el reino de 
Israel y alcanzar la victoria decisiva sobre Gog, es 
decir sobre los (pueblos que no practicaban el culto 
de Jehovah. Este era el caudillo real anunciado 
por los profetas. 

Pero junto con el Mesías triunfante aparecía en 
los mismos profetas el pueblo judío (personificado, 
servidor' de Jehovah, atormentado y perseguido, 
Ijaeiente, resignado, mientras viniese la hora del 
triunfo. 

Confundióse, en las imaginaciones populares, es- 
te personaje con el tipo del Mesías religioso y eon- 
quistador. Resultó que el tipo del Mesías presen- 



liA EVOLUCIÓN DEE CEISTIANISMO 91 

taba dos aspectos: el Mesías que vence, que triun- 
fa, y el que sufre para reconciliar a Israel con 
Jehovah . 

Creyeron los apóstoles y los que los acompaña- 
ban que Jesús había sido ese Mesías, mientras que 
el resto de la nación siguió esip erando al Mesías 
conquistador y lo esperó basta el tiempo del em- 
perador Adriano. El Mesías ha venido, decían por 
consiguiente los apóstoles. El Mesías no vino to- 
davía, respondían los demás judíos, pero ha de ve- 
nir. En eso estribaba toda la diferencia entre am- 
bos partidos, pero nada había que pudiese alterar 
la ley y los profetas. 

Para ellos "Jesús de Nazaret era un Jiomhre a 
quien Dios había autorizado entre ellos por los mi- 
lagros, los prodigios y los efectos mara\nllosos 
que produjera por medio de él> — un individuo a 
quien Dios había ungido con espíritu santo y fuer- 
za, y que yendo de lugar en lugar, hacía el bien 
y sanaba a todos los que estaban bajo la opresión 
del diablo, porque Dios estaba en él". (Actos de 
los apóstoles) . 

Los apóstoles no creían ni podían creer en la 
divinidad de Jesús, y seguían practicando la or- 
todoxia mosaica, yendo al templo como todos los 
demás, celebrando sus conferencias y haciendo sus 
predicaciones en el pórtico dicho de Salomón. 

Habiendo una vez reunido a más de cinco mil 
indi^dduos, Pedro y Juan fueron arrestados por 
la guardia levítica y encerrados. El gobierno ju- 
dío temía las agitaciones populares y todo cuanto 
podía excitar la cólera de los magistrados roma- 
nos, por cuyo motivo querían quitar todo pretexto 
a la represión. 

Llevados ante el tribunal y considerados como 
hombres piadosísimos, fueron r'eprendidos y reci- 
bieron una admonición para el porvenir. 



92 'A. PEYEET 

Pero ellos continuaron sus curaciones milagrosas 
e hicieron nuevas reuniones. Arrestados por se- 
gunda vez y considerados como reincidentes en mo- 
mentos en que la agitación cundía en la Samaría, 
fueron condenados a la pena de los azotes. Prue- 
ba esta circunstancia que no se trataba de una re- 
volución religiosa, de un ataque a la religión del 
Estado, porque en este caso se les bubiese castiga- 
do con la muerte. 

Efectivamente, babía entre los judíos helenistas 
que se habían adherido a los apóstoles, y que ha- 
bían conseguido hacerse nombrar diáconos, es de- 
cir administradores, rapartidores de los bienes de 
la comunidad, un tal Esteban, que se distinguía 
por* su imaginación exaltada. Este Esteban predi- 
có que Jesús había venido para abrogar las insti- 
tucio7ies de Moisés (Actos, VI — 14) . 

¿Qué hizo entonces el Sanhedrin? No se ciñó a 
una admonición, como hiciera anteriormente con 
los apóstoles, sino que, aplicando la pena del Có- 
digo mosaico lo condenó a morir por la lapidación 
(Deuterononjo, XVII — 17), y, lio contento con 
eso, desterró de Jerusalem a todos los cristianos 
helenistas. Pero exceptuó a los apóstoles. 

Por consiguiente' no puede haber pi'ueba más 
convincente de que los apóstoles continuaban sien- 
do ortodoxos. 

En esta circunstancias fué donde Pablo hizo su 
aparición, pues presenció la ejecución, vestido como 
los que apedreaban a Esteban. 

¿Qué había pues dicho Esteban? 

"Veo los cielos abiertos, y al hijo del hombre 
que está a la diestra de Dios" (es decir a Jesús). 



La, ortodoxia de los apóstoles está probada 
igualmente por kus relaciones con Pablo. Pablo, 



LA EVOLUCIÓN DEL' CRISTIANISMO" 93 

natural de Tarso en Cilicia, perseguidor de los 
cristianos helenistas, fariseo fanático, después de 
haber tomado parte en la muerte de Esteban, 
adopta las ideas del mártir y vuelve a comenzar 
la obra de aquel. Pablo hace un cristianismo nue- 
vo; entonces los apóstoles lo desaprueban y los 
judíos lo combaten. 

En Listra, ciudad de Licaonia, casi lo matan 
a pedradas' (actos XVI-18). Denunciado, vuelve 
a Jerusalém para justificarse; había comido con 
los - ineircuncidados. Celébrase una conferencia 
en la cual Santiago, hermano de Jesús, jefe de la 
comunidad apostólica, hace adoptar las proposi- 
ciones siguientes, con calidad de obligatorias pa- 
ra los gentiles convertidos: abstención de las car- 
nes de los ídolos; abstención de las carnes ahoga- 
das y de la sangre ; abstención de la f omifieación o 
relación con las mujeres paganas. Es decir, las 
tres prescripciones fundamentales de la ley mo- 
saica . 

Vuelve Pablo a emprender sus misiones, pero 
siempre con sus doctrinas. Combátenle entonces 
ios apóstoles por (medio de una contra^misión y 
se ve ofcligado a cumplir con los ritos del mosaís- 
mo, haciendo circuncidar en Listra a un joven, 
Timoteo, hijo de una judía y de un gentil (actos 
XVI-3) e imponiéndose a sí mismo en Corinto, 
un nazireato de algunos días, (actos XVIII-18), 

Llega a Jerusalém, y para desarmar a los ju- 
díos irritados, los mismos que habían abrazado 
la fe de Jesús, tiene que practicar un nazireato 
de siete días y hacer tuzar a cuatro nazires junto 
con él, es decir, cumplir una de las prescripciones 
más caracterísiticas del mosaísmo (actos XXI- 
23-27). 

Con todo eso, su sumisión no lo salva, y los 
fanáticos que respetaban a los apóstoles, juran 



94 A. PEYEET 

asesinarlo: es preciso que intervengan los roma- 
nos y lo lleven a Roma, porqne él apela a César, 
diciendo que es ciudadano romano. 

Quiere decir que, aunque predicando que Je- 
sús era el Mesías prometido por el Eterno, aque- 
llos no habían dejado de ser fieles a la ley y 
a los profetas. 



III 



La comunidad cristiana se organizó según el 
modelo de las asociaciones religiosas que habían 
existido y existían todavía entre los griegos, los 
romanos y los mismos judíos, y principalmente 
la de los esenios. 

Pero primeramente los apóstoles habían prac- 
ticado la dictadura. El comité formado por ellos 
escogía a los repartidores y nombraba a los em- 
pleados, sin consultar a los miembros de la co- 
munidad . 

Los judíos helenizantes, cuya accesión había 
hecho ascender a varios millares 'de individuos la 
secta nueva, (actos 11-41-47) hicieron una revo- 
lución contra el comité apostólico y contra los 
judíos hebreos, aboliendo la dictadura y estable- 
ciendo el sistema constitucional de las sociedades 
griegas. Los empleados fueron nombrados desde 
entonces por pluralidad de votos, triunfando los 
candidatos helenistas (actos VI-5), con Esteban 
a la cabeza. Los apóstoles dieron a los diáconos 
elegidos así la investidura con la imposición de 
las manos, y quedaron ellos mismos encargados 
de la propaganda, pudiendo ser mantenidos a 
expensas de la comunidad y llevar consigo a una 
mujer-hermana. 

Emilio Ferriére atribuye esa revolución a la 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 95 

indignación causada por la muerte violenta de 
Ananias y de Safira, que al entrar a la comuni- 
dad, habíanse reservado una parte de sus bienes. 

Esa Iglesia de Jerusalem duró hasta el marti- 
rio de Esteban (es decir, dos años) y el destierro 
de los cristianos helenistas, que se desparramaron 
en el mundo griego, siendo los verdaderos funda- 
dores de la religión nueva, pues son ellos los que 
tomaron en Antioquía el nombre de cristianos por 
primera vez, y establecieron pequeñas iglesias, 
(eclesia, reunión, junta, club). 

Keorganizóse entonces la Iglesia de Jerusalem 
bajo la presidencia de Pedro, Juan y Santiago, 
las columnas, como se dio en llamarlos; volvieron 
los hebreos a predominar y el Consejo de los an- 
cianos reemplazó al de los diáconos. Parece San- 
tiago haber desempeñado en ella el papel más im- 
portante. Esa Iglesia gozó de un gran poder y 
de un prestigio extraordinario sobre las iglesias 
helenistas hasta la caída de Jerusalem. 



En el consejo de administración admitiéronse 
las mujeres lo mismo como en las cofradías pa- 
ganas .; 

Los administradores ejercían los dos ministerios, 
el de los ritos y el de los negocios. 

El principio de la comunidad de los apóstoles 
era el comunismo absoluto. 

La ceremonia de entrada consistía en dos ope- 
raciones, lel bautismo del agua y el bautismo del 
espíritu, es decir, por la imposición de las manos, 
al estilo de los judíos, para invocar la bendición 
divina y para dar la investidura de un empleo. 

Había palabras de pase para los únicos inicia- 
dos y signos de reconocimiento. Las palabras eran 
ahba, anathema, maranatha. La primera, en siria- 



96 A. PEYEET 

;co, quiere decir padre; de allí deriva abad. Ana- 
tJiema quiere decir ofrenda consagrada a Dios y 
más tarde, maldición, anathema. Maran Atlia 
quiere decir: viene el Señor. 

Los signos de reconocimiento eran el modo de 
romper el pan instituido por el mismo Jesús, y 
la palabra griega ichtJius grabada en los anillos, 
en las tumbas, en todas partes; fórmase juntando 
cada letra inicial de las palabras griegas: lesus, 
Christos, TJieú, uios, Soter, Jesu-Cristo, bijo de 
Dios, salvador. 

Los primeros cristianos, siendo pobres, se jun- 
taban, en cualquier casa, en cualquier cuarto, so- 
bre todo de noche. Esa junta se llamaba Iglesia. 

Las comidas eran comunes, haciéndose en una 
mesa semi-circular, como en la schola de los paga- 
nos. Antes de comer se daban un beso, el santo 
beso. 

El más anciano, presbíteros, presidía la mesa, 
rompía el pan y bendecía la copa de vino, que 
circulaba en seguida a fin de que cada uno entra- 
se en comunión mística con Jesús. Concluía la 
comida con una acción de gracias. 

Los fieles se vigilaban unos a otros. Esa admo- 
nición mística era imitada de la sinagoga. 

El consejo de administración era presidido por 
el anciano, Preshíteros. 

Cuando se multiplicaron las iglesias, nombróse 
un inspector, en griego Episcopos, de ellas y el 
grupo de iglesias llamóse Diócesis, palabra griega 
también que significa administración, gobierno, y 
adoptada ya por los romanos para sus circuns- 
cripciones administrativas de Asia. 

Había administradores de ambos sexos, siendo 
nombrados por pluralidad de votos. 

Las atribuciones eran dobles, financieras y re- 
ligiosas^j 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 97 

El voto universal nombraba para todos los em- 
pleos. Todos eran electores, todos elegibles, pu- 
diendo libertos y esclavos alcanzar los puestos más 
elevados . 

El comunismo siguió rigiendo durante dos o 
tres siglos la secta cristiana, aunque se modificó 
por el contacto con la sociedad romana. Decláralo 
Luciano en su escrito titulado Peregrinus: "Los 
cristianos ponen sus bienes en común". 

Componíanse del modo siguiente los ingresos de 
la comunidad: 

Al entrar, entrega de la totalidad de los bienes. 
— Cuota mensual tomada de los salarios — dones 
voluntarios. 

Los egresos eran: los gastos para las comidas 
comunes o ágapes — los gastos para las reparti- 
ciones y los socorros a cada uno según sus nece- 
sidades, en fin los gastos de sepulturas, que eran 
enormes, pues los cristianos los consideraban de 
tanta importancia como los paganos. 

Kesumiendo, la iglesia copió sio organización so- 
hre la asociación griega y sobre el colegio romano. 

Tomó también sus ritos del paganismo, de ma- 
nera que el pagano, al adherirse al cristianismo, 
conservó casi todas sus prácticas anteriores, ci- 
ñéndose a cambiar algunos nombres y a poner Je- 
hovah, Jesús, María, en lugar de Júpiter, Apolo, 
Venus, etc. 

IV 

La causa determinante del buen éxito de la pro- 
paganda apostólica fué sobre todo la creencia en 
el ñn próximo del mundo. 

En esa creencia había estribado toda la predi- 
cación de Jesús, y estribó también la de los após- 
toles. Esperábase de un momento por otro el 



98 A. PBYEET 

vencimiento fatal. Habiendo muerto algunos fie- 
les, asustáronse los hermanos. Escribióles Pablo 
para tranquilizarlos, diciéndoles que los que hu- 
biesen muerto en la fe de Jesús resucitarían des- 
de luego, j juntos con los vivos, serían arrebata 
dos en las nubes para ir a encontrarse con el Se- 
ñor en medio del aire. 

Admitida esta creencia, claro está que no debía 
haber más pensamiento que prepararse para el 
día del juicio, para la salvación, para el fin del 
mundo. Luego, entregar sus bienes a la comuni- 
dad, quedarse sin hacer nada y en la condición 
en que uno se encontraba. Por ejemplo, no valía 
la pena que el esclavo saliese de su estado. 

No esí la doctrina de Jesús la que fundó la 
iglesia cristiana. Desde luego esa doctrina no era 
una novedad. 

Lo que debe creerse para salvarse, es que Jesús 
es el Mesías, que se acerca el fin del mundo, y 
que Jesús ha resucitado. 

Lo que justifica al hombre, no son las obras 
de la ley, es la fe en Jesucristo. 

Así habla Pablo, y por obra, Pablo entiende. 
no sólo las ceremonias rituales, sino también ios 
actos de la v;'da social. 

En cuanto a los apóstoles, creen lo m.ismo, pero 
exigen también las obras. 

Tal es el punto de arranque del cristianismo: 
mesianidad y resurrección de Jesús — y próximo 
fin del mundo. 

Volveremos a hablar de Pablo más detenida- 
mente. 



Los discípulos directos de Jesús se llamaban Na- 
zareas y también Ebionitas, o los pobres, palabra 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 99 

derivada del hebreo, ebionim, plural de ehión, po- 
bre. Los padres de la iglesia convirtieron e^e ad- 
jetivo en sustantivo, y declararon a Bbión reo de he- 
rejía ; de manera que los verdaderos cristianos que- 
daron proscriptos y excomulgados; sucedió eso, 
cuando el evangelio según San Juan hubo hecho 
triunfar la teología nueva, la teología filoniana. 



¿Cuál fué el destino de los apóstoles? Desde lue- 
go es falso que Pedro haya venido a Roma, No ha- 
biendo dejado el Asia Menor hasta el año de 59, no 
pudo haber ido a Eoma, el segundo año del reina- 
do del emperador Claudio, es decir, en el año 42, 
ni por consiguiente haber ocupado el trono ponti- 
fieio durante veinticinco años. Por consiguiente, 
no pudo ser crucificado allí. No se sabe ni dónde 
ni cuándo murió. 

Tampoco se sabe dónde murió Pablo, quien ha- 
bía llegado a Roma en el año 61, y vivió allí du- 
rante dos años en una libertad poco más o menos 
completa, pues no tenía más obligación que la de 
presentarse al tribunal del emperador, al primer 
llamamiento . 

De los doce apóstoles sólo se ronooe, en realidad, 
la muerte de uno solo, la de Santiago, hijo de Ze- 
bedeo, muerto por orden del rey Herodes Agripa 
lo. (Actos XII — 2) . Sobre los otros once no se sa- 
be absolutamente nada. Sin duda vivieron y mu- 
rieron desapercibidos por causa de su inferioridad 
intelectual y de su tosquedad, cuando elementos 
más notables se hubieron puesto al frente de las 
iglesias nuevas. 



100 A. PEYEBT. 



VI 



Emilio Ferriére ha dedicado un estudio especial 
al celibato de los Apóstoles. En él sienta los pun- 
tos siguientes: 

Contrariando la ley y las costumbres hebreas, 
Jesús a los treinta años, no se había casado todavía. 

Había roto con su familia para dedicarse a la 
predicación . 

Exigió a sus discípulos el mismo rompimiento 
con la familia y la renuncia a todos los bienes. 

La necesidad de sufrir provisoriamente el celi- 
bato para hacer propaganda era tanto más impe- 
riosa cuanto que Jesús y los apóstol 3S creían cer- 
cano el fin del mundo. 

El celibato es la vida fuera de las obligaciones 
y de los deberes múltiples del matrimonio; no es 
la continencia absoluta ni la virginidad. 

Los apóstoles aceptaron, por un tiempo limita- 
do, el renunciar a todo, y por consiguiente el celi- 
bato que Jesús exigía a los propagadores de su 
doctrina . 

Los apóstoles aceptaron el celibato temporario 
como un sacrificio que exigía una recompensa. 

Con excepción de Simón-Pedro, los apóstoles no 
eran casados. 

Los apóstoles, en sus giras pastorales, tenían dos 
derechos: l.o el de ser hospedados por I9S fieles; 
2.0 el de hacer hospedar a una sor-mujer, a la 
cual llevaba cada uno consigo. 

La sor-hermana no era una esposa legítima; — 
no era tampoco una misionera. Era una concubi- 
na cristiana! 

La interpretación de concubina cristiana es la 
única que se adapta exactamente a los textos, a 
los razonamientos, al temperamento de San Pablo 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 101 

y a la ley de sicología mórbida; concubinato 
místico producido por todo fanatismo religioso o 
político. 

Había un motivo religioso por el cual los após- 
toles, en sus giras entre los Paganos, llevaban; 
consigo una concubina cristiana; la ley hebrea 
declaraba criminal todo comercio de un israelita 
con una mujer extranjera, porque ese comercio 
inducía a la adoración de las falsas divinidades. 

El concubinato, parte integrante de las costum- 
bres de todo el mundo antiguo, no tenía algo que 
pudiese excitar la repugnancia de los Apóstoles. 

El concubinato cristiano inaugurado por los 
Apóstoles quedó admitido en la disciplina de la 
inglesia durante muchos siglos. 

El exclusivismo religioso que determinó a los 
apóstoles a llevarse consigo una concubina pa;íó 
a la iglesia. 

Efectivamente, la historia nos da a conocer el 
nombre genérico de las concubinas cristianas, las 
vicisitudes de su institución degenerada, y su abo- 
lición definitiva en el año de 1139. 

Llamábanse las agapetas, palabra griega que 
significa las queri ditas, pero habían caído con el 
tiempo, a la condición de prostitutas valga ;'es. y 
el segundo Concilio general de Letran las abolió 
definitivamente: "Excomunión contra tituladas 
religiosas que, en vez de vivir en comunidad, se- 
gún la regla de San Benito o de San Basilio, ino- 
ran en casas particulares, y go pretexto de hospi- 
talidad, reciben allí, con escándalo del público, a 
los extranjeros y a la gente de mala fama". 



Seguidamente el mismo autor, haciendo la re- 
seña de las costumbres del clero, según resultan 
de las disposiciones de los concilios y las consti- 



109 A, PEYEET 

tueiones pontificias, llega a establecer qae la eo- 
rnipción y el libentinaje fueron exorbitantes en 
el clero católico, y que el Papado lucbó durante 
más de cinco siglos antes de vencer la resistencia 
de los clérigos que querían formar una familia, 
abierta o secretamente, y que fué, — como todos 
saben — la espantosa corrupción del Papado y 
de la iglesia romana: la causa preponderante de 
la explosión de la reforma en el siglo diez y seis. 

Consta también que: 

El matrimonio de los clérigos fué el becbo pri- 
mitivo, habiendo sido suprimido por el Papado 
con un objeto político, es decir para formar con 
el clero un ejército más dócil al poder teocrático 
de Roma. 

La disolubilidad del matrimonio fué admitida 
por la iglesia durante un siglo, el siglo ocho. 

La esclavitud fué constantemente admitida ?/ 
practicada por la iglesia católica. Quienes la abo- 
lieron fueron la filosofía y una gran parte del 
protestantismo. 

En fin, según el mismo autor, es poco verosímil 
que la iglesia católica, corrompida y corrupto-M, 
al menos desde el siglo cuarto, haya salvado la 
civilización y hecho la educación moral de la so- 
ciedad europea. 

El mal ejemplo dado por el clero no puede ne- 
garse, y aunque la doctrina hubiese sido irr2- 
prensible, debe reconocerse que se ha exagerado 
mucho STJ mérito. 



CAPITULO in 
San Pablo 



Pablo ha sido apreciado de mnchas maneras 
diferentes, resultando que es difícil formarse una 
opinión exacta sobre ese personaje. Lo que sí sa- 
bemos de un modo positivo es que desempeñó un 
papel importantísimo en la formación de lo que 
se ba llamado cristianismo, y que sin él tal vez 
la nueva religión no se hubiese constituido, o no 
se hubiese elevado arriba , de las proporciones de 
una secta judía, la secta de los Nazareos, de los 
ebionitas, que vivió y murió oscuramente desapa- 
reciendo con la ruina de Jerusalem. 

Hemos leído una porción de escritos sobre San 
Pablo, incluyendo el de Renán. ¿Cuál es en fin 
el verdadero San Pablo f 

Perseguidor al principio de los santos, verdugo 
de Esteban, Pablo queda iluminado en el camino 
de Damasco y recibe el bautismo, pero no reconoce 
la autoridad de los apóstoles instituidos por Jesu- 
cristo, y se declara a sí mismo apóstol de los gen- 
tiles, pretendiendo haber recibido directamente su 
misión. ¿De qué manera? por medio de una vi- 
sión. 

En realidad, Pablo no hace más que continuar 
el surco abierto por Esteban y los helenistas: no 
quiere quedar estrechado entre los límites del ^lo- 



104 A. PEYRET 

saísmo antigao y se lanza fuera de los límites de 
Israel, predicando primeramente a los judíos des- 
parramados en el Oriente helénico, y luego a los 
mismos gentiles. Suprime la circuncisión y las de- 
más observancias mosaicas, todo lo que se llama la 
ley, reduciéndolo a la resurrección del Cristo y a 
la fe en esa resurrección. 

Quiere decir que la doctrina de Pablo es distin- 
ta de la de los apóstoles. La historia eclesiástica 
pretende que Pedro y Pablo se entendían perfecta- 
mente; es un error histórico que debe eliminarse, 
por el contrario, la lucha entre ellos fué ardienití- 
gima. 

Jesús, hay que repetirlo, había quedado siendo 
judío, en la rigurosa acepción de la palabra, pro- 
testando siempre que no había venido a destruir 
la ley ni los jjrofetas, y que la más pequeña de las 
letras de esa ley debía subsistir tanto tiempo como 
el cielo y la tierra. Había mandado a sus discípu- 
los que no fuesen hacia los gentiles, sino hacia 
las ovejas perdidas de la casa de Israel, aseguran- 
do que apenas tendrían tiempo de recorrer las 
ciudades de la Judea antes del gran día de su ma- 
nifestación gloriosa. No quiere 'Homar el pan de 
los niños para arrojarlo a los perros". Reconoce 
la autoridad legal de los que ocupan la cátedra de 
Moisés y quiere que se les obedezca. El mismo que- 
da sometido a la ley de sus padres. En fin, el 
mismo número de los apóstoles, correspondiente al 
de las doce tribus de Israel, completa el judaismo 
de Jesús. 

Luego Jesús er'a exclusivo, era localista: era el 
Mesías prometido a Israel, el rey de los judíos, 
nada más, nada menos. 

Los discípulos de Jesús se quedaron en el mismo 
orden de ideas. Desorientados por la muerte en 
apariencia definitiva del maestro, 'exclaman con 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 105 

desaliento: ''Esperábamos que él sería quien liber- 
taria a Israel, y sin embargo ya van tres días que 
pasaron esas cosas." 

Resucita el Cristo y le preguntan: ''Señor, ¿se- 
rá en este tienLpo cuando restablecerás el reino de 
Israel?" 

Como su amo, siguen sometidos a la ley de Moi- 
séá, a sus ordenanzas. 

Santiago, el hermano del Señor, es un verda- 
dero judío, que pasa sus días en el templo, postra- 
do en la tierra y pudiendo sólo penetrar en el 
santo lugar. 

Resulta que el Cristianismo primitivo no fué 
para los discípulos de Jesús sino como un progre- 
so del judaismo, su triunfo universal y definitivo, 
y no una nueva revolución radical ni una religión 
nueva. 



Pero la evolución no debía parar allí. Ya hemos 
visto que los helenistas habían dado un paso más 
adelante, y, echados de Jerusalem después de la 
lapidación de Esteban, habían ido derramando la 
idea nueva en las demás ciudades y principalmente 
en Antioquía, donde tomaron el nombre de cris- 
tianos. 

Pablo comprende el alcance y la importancia del 
movimiento, y el judeo-cristianismo entra en lu- 
cha con el paulinismo. ^ 

Pablo era también un judío helenista, joven aún 
y educado en la escuela de Gamaliel en todo el ri- 
gor de la ley. 

Para convertirse, no había necesitado la ley de 
Moisés. Tenía la ventaja de no haber sido discípu- 
lo de Jesús y podía por consiguiente profesar ideas 
más independientes. Por eso emprendió la obra 
nueva, la evangelización de los gentiles, yendo de 



106 A, PEYEET 

ciudad en ciudad, anunciando el fin de la ley de 
Moisés, y llamando a todos los hombres a la co- 
munión de Jesu-Cristo, en la cual no hay ya ni 
judío ni griego, ni circuncidado ni incircunci- 
dado, en quien todos son iguales y libres, y un 
gran número de gentiles creyeron en su palabra y 
abrazaron la fe. 

Protestan los judeo-cristianos contra esas inno- 
vaciones y dicen que es preciso observar la ley con 
la circuncisión. Trábase la lucha. Pablo es llama- 
do a Jerusalem y cede, o al menos aparenta ceder, 
pero \Tielve a recomenzar sus predicaciones como 
antes. En esa lucha Pedro aparece indeciso, fluc- 
tuante. Al menos, así dicen unos; otros pretenden 
que mostró gran energía, organizando una contra- 
misión para deshacer los trabajos de Pablo, en to- 
das partes, en Antioquía, en el Asia Menor, en 
Maidedonia, en Grecia. Pablo furioso escribís la 
epístola a los galatas y continúa su propaganda, 
declarándose superior a los grandes apóstoles. 
"Exigen la circuncisión, exclama: ¡ojalá se les 
cortase otra cosa!" 

Tal era la pasión y el lenguaje de esos apóstoles 
de la religión nueva. 

En fin, Pablo regresa a Jerusalem creyendo ha- 
ber apaciguado a sus enemigos por sus promesas y 
sus contemporizaciones, pero éstos no le han per- 
donado. En balde dice que es fariseo, y si no hu- 
biese invocado sus fueros de ciudadano romano, 
sin que se sepa como justificaba esa pretensión, los 
judíos lo hubiesen asesinado. 

La oposición que persiguiera al apóstol de los 
gentiles durante su vida no se extinguió con ella. 
Los judeo-cristiaiios puros, o cbionitas, desechaban 
todos los escritos de Pablo y lo consideraban como 
un apóstata de la ley, como al padre de todas las 
herejías, como el enemigo por excelencia. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO: 107 

Dice con este motivo Stap en sus estudios sobre 
los orígenes del Cristianismo: "No concluyamos 
asimismo que Pablo no ejerció una acción dura- 
dera en el seno de la Iglesia. Sembró, por el con- 
trario, gérmenes poderosos de libertad, que el ab- 
solutismo no consiguió jamás abogar enteramen- 
te; obligó al judeo-cristismo a sacudir sus preocu- 
paciones más estrechas, a dejar caer sus exigen- 
cias más fuertes y a tender a las naciones una ma- 
no fraternal; de sus principios universalistas, en 
fin, combinados con las tradiciones judaizan<tes, 
nació la Iglesia católica". 



II 

Víctor ScbGplcber ha escrito un estudio titulado 
el verdadero San Pallo; allí demuestra que: 

Pablo fué un heresiarca, considerándolo desde 

el punto de vista católico; 

—Que es falso que én la conferencia, o conciHo 
dicho de Jerusalem, se haya hecho una repartición 
del apostolado, como se ha pretendido, dejando^ el 
evangelio de la circuncisión, es decir, de los ju- 
díos a los apóstoles primitivos y confiriendo^ el del 
prepucio, es decir de los gentiles, a Pablo y a sus 
discípulos ; 

—Que Renán muestra una parcialidad extremada 

a favor de Pablo. 
Que Pablo contradice las mismas palabras de 

Jesús; 

—Que Pablo acusa a Pedro ; lo que es una falta 
de respeto incomprensible al príncipe de los após- 
toles, al fundamento de la Iglesia ; 

—Que Pablo falta muchas veces a la verdad, 
por no decir que es un embustero; 

— Que judaiza en Jertisalem como en Listra, es 



108 A. PBTKET 

decir, que hace actos de judío, y que sólo M. Ee- 
lian puede disculpar a Pablo por sus farsas reli- 
giosas, cuando es realmente indisculpable; 

— Que Pablo pretende ser fariseo, pero que en 
realidad carecía de principios; 

— Que Pablo declara no conocer al gran sacei"- 
dote y lo trata de pared blanqueada, lo que prueba 
mala crianza; 

— Que Pablo desempeña el papel de taumaturgo; 

— Que los actos de los apóstoles deberían más 
bien titularse los actos de Pablo; 

■ — Que con excepción de Mahoma nadie tuvo ja- 
más tantas comunicaciones del cielo, tantas vi- 
siones ; 

— Que engañaba con conciencia a los demás; 

— Que es vanidoso e impetuoso; 

— Que jamás se preocupó de conformar sus com- 
iportaciones con sus lecciones; 

— Que, aunque titulándose apóstol de los genti- 
les, dirigióse exclusivamente a los judíos durante 
los diez primeros años de su apostolado. 

— Que en sus arrebatos contra la ley antigua y 
sus adversarios, usa el lenguaje más inconveniente. 

— Que ba profesado grandes en-ores, manifes- 
tando el maj'or desprecio por los filósofos y por la 
ciencia, advirtieudo que la titulada moral cristia- 
na no contiene una verdad más que la de los anti- 
guos, y que el esplritualismo de la religión cris- 
tiana no le pertenece exclusivamente. 

— Que Pablo tiene ideas falsas sobre la resig- 
nación en materia política, sobre el ascetismo. 

— Que cree en Satanás y que usa de los ángeles 
hasta el abuso más excesivo, que para él el mundo 
de los espíritus era una realidad. 

— Que pretende que es la ley la que da el cono- 
cimiento del pecado, lo que es un error palpable. 

— Que pondera los sacrificios sangrientos di- 



LA EVOLUCIÓN DBE CEISTIANISMO 109 

eiendo: "Somos justificados gratuitamente por la 
redención que está en Jesu-Cristo. En Cristo te- 
nemos la remisión de nuestras ofensas por medio 
de su sangre". Que, por decirlo de paso, de allí 
•sdene la institución de la Misa. 

— Que cree en el próximo fin del mundo. 

— Que es a menudo incomprensible y lleno de 
divagaciones, y que se le admira de confianza sin 
haberlo leído. 

— Que los mismos Padres de la Iglesia lo con- 
sideran un escritor malísimo. 

— Que lo que resulta de las doctrinas de Pablo, 
es una incertidumbre general y peligrosa, princi- 
palmente tratándose del matrimonio. 

— Que no creía en la divinidad de Jesu-Cristo 
(pues dice terminantemente: "no tenemos más que 
un Dios: el padre, de quien son todas las cosas, 
y un solo señor: el hijo, por quien todas las cosas 
existen." (1. Corintios, VIII, 6). (Milton apoyá- 
base en ese párrafo para desarrollar sus doctrinas 
unitarianas). 

— Que está lleno de contradicciones. 

— Que, según él, fuera de Jesús, es decir, de la 
fe en Jesús, no hay salvación. 

— Que somos' justificados por la fe en Jesucristo 
y no por las obras, porque ningún hombre será 
justificado por las obras de la ley. 

— Que, según Pablo^ siendo uno justificado por 
la fe y no por las obras, resulta de ello una con- 
secuencia desastrosa: la inutilidad de la virtud 
cuando la fe no la acompaña, pues "todo lo que 
no es de la fe es pecado". {Romanos, XIV, 23) . 
"Jesús habría muerto en vano", si bastase la bue- 
na comportación para salvarse. De allí vmo la in- 
tolerancia cristiana, que fué la más implacable de 
todas. 

— Que Pablo representa a Dios como el más 



lio A. PEYEET 

inicuo de los tiranos, pues, según él. Dios determi- 
na en nosotros el querer y el hacer; de donde re- 
sulta la doctrina de la predestinación y de la gra- 
cia, es decir, que por más que haga el elogido, 
ha de ser salvado. "El hombre es justificado gra- 
tuitamente por la gracia", (Romanos, III, 23), 
cuya doctrina conduce al fatalismo. ''Hay jarros 
de misericordia y jarros de cólera." 

— Que Pablo ha profesado muchas veces senti- 
mientos odiosos y crueles, siendo duro y rencoro- 
so para los hombres y sin compasión por los ani- 
males. 

— Que la moral de San Pablo es muy relajada, 
no vacilando ante los compromisos inmorales, con- 
siderando que el fin justifica los medios, amoldán- 
dose a las circunsitancias y a los hombres, ahuUan- 
do, como se dice vulgarmente, con los lobos, pero 
recomendando que se evite el escándalo, estable- 
ciendo así el jesuitismo de antemano. "No deis, 
dice, ocasión de escándalo ni a los judíos, ni a los 
gentiles, ni a la Iglesia de Dios, como procuro yo 
mismo agradar a todos en todas cosas", al revés 
de Jesús que había dicho r "Nadie puede servir a 
dos amos." 

El Papa Inocencio III se inspiró de Pablo, al 
escribir al abate de Cisterces su legado: "De acuer- 
do con el apóstol Pablo, os aconsejamos usar la 
astucia con el conde de Tolosa. En semejante caso, 
debe la astucia llamarse prudencia. Hay que ata- 
car por separado a los que se separaron de la uni- 
dad. Aparentad no ocuparos de ese conde, usando 
para con él una sabia disimulación." 

— Que Pablo sostiene las peores instituciones de 
la antigüedad, la esclavitud, la condición humi- 
llante de las mujerosí, la poligamia. "Es preciso, 
dice, que el Obispo y el Diácono sean maridos de 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISIÍO 111 

una sola mujer," Luego los demás fieles podían 
tener más de una. 

"Si fuese cierto, observa Schaelclier, que el cris- 
tianismo hubiese emancipado a las mujeres, como 
se atreven a decirlo sus defensores, debe confesar- 
se que las Epístolas de Pablo no pudieron ayu- 
darlo mucho para ello." 

Concluye el mismo Schoeleher: "Pablo fué sin- 
cero en su apostolado, pero fué apasionado, im- 
petuoso y sin cuerpo de doctrina prefijado, ha- 
blando y pensando al día, según sus impresiones 
del momento. Sus máximas, como sus ideas, varían 
con las circunstancias... 

Por eso costóle mucho trabajo conservar bajo su 
dependencia las pequeñas iglesias que iba forman- 
do... 

Sin embargo, hizo mucho, aunque "de pobre 
apariencia". Persuadido, como lo estaba, de que el 
mundo se acercaba a su fin, que el día de hoy no 
tenía mañana asegurado, esperando diariamente "la 
llegada del señor", no pensaba por cierto en fun- 
dar algo para el porvenir, "El tiempo era corto", 
para hablar como él; en su pensamiento él hablaba 
a condenados a muerte. Mas, aunque sólo trabaja- 
ba para el presente, separar con audacia la rama 
cristiana de su antiguo tronco judaico, no dejó de 
ser en el hecho un revolucionario dotado con la 
energía y la constancia que se necesita para veri- 
ficar grandes cosas. A él, en mucha parte, debe el 
cristianismo ser lo que ha llegado a ser, en vez de 
quedarse una pequeña secta judía creyendo en la 
mesianidad de Jesús... 

Desinteresado, incansable, indomable, inconmovi- 
ble, intrépido, quería lo que quería; tenía las po- 
co comunes cualidades sin las cuales un hombre 
aislado y obscuro no consigue hacer algo grande: 
la iniciativa, la constancia y el coraje. Pero, que 



112 'A. PEYEBT 

carecía de bondad y de cordura; que no hacía, 
cuando se ofrecía, distinción entre la verdad y la 
mentira; que tenía escrupulosidad escasa; en. una 
palabra, que no tenía la moralidad superior, liémos- 
lo demostrado". 

III 

¿Cuál era en fin la idea primordial^ dominado- 
ra de Pablo? 

Ya lo hemos dicho, la resurrección dé Jesús cru- 
cificado y con él la vida eterna de los justos cre- 
yentes en el sacrificio de Jesús, es decir la supre- 
Bión de la muerte. 

Adán había introducido la muerte por el peca- 
do. Jesús, otro Adán, con ^ sacrificio, había res- 
tablecido las cosas en el estado piimitivo. 

La tesis de Pablo era la siguiente: (C. Lambert), 

Jehovah había creado al hombre sin pecado y 
sin plazo fijado a su vida; pero el primer hom- 
bre, al cometer el pecado, había él mismo intro- 
ducido en su carne el principio de destrucción: 
toda carne que desde entonces había vivido ha- 
bía sido a la vez una carne de pecado y de muer- 
te, incluyendo la del mismo Jesús. 

Más, para él solo hasta ese momento, un sueño 
de tres días, imagen de la muerte, había supri- 
mido, bajo sus dos formas, la condena antigua, y 
él había salido de la tumba en el estado primi- 
tivo y desde entonces inomisible de Adam, es de- 
cir con un cuerpo inpecable e inmortal y, por 
una gracia especial de Jehovah — gracia anunciada 
desde todo tiempo en Israel por los hombres ins- 
pirados en su espíritu — ese sacrificio de un 
olor superior a cualquier otro, había abolido el 
pecado y Ja muerte, que ñiera hasta entonces 
la consecuencia de aquella, porque había deter- 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 113 

minado la transición de un estado mortal a un 
estado inmortal, no sólo para la misma víctima, 
sino para todos los que se aplican los méritos de 
aquel por medio de esa renovación figurada lla- 
mada la fe. 

No se necesitaba ser circuncidado, ni se nece- 
sitaban las obras de la ley y de la moral. 

Y, llevando adelante las consecuencias de sus 
premisas, Pablo inventaba la teoría de la gracia y 
de la predestinación. 

Quiere decir que los que permaneciesen firmes 
en la fe de Jesús, quedarían perdonados por Je- 
hovah en el día de su cólera. 

Naturalmente Pablo, como Jesús, creía que eso 
iba a verificarse para la generación entonces exis- 
tente. 

Un pequeño número de hombres debía ser con- 
servado para vivir eternamente; todos los demás 
debían perecer. 

¿Cuáles serían esos? Los justos, es decir, los 
que creyesen en Jesús. La fe en Jesús era lo que 
devolvía la inmortalidad. El incircuncidado era 
capaz de fe como el circuncidado : luego sería jus- 
tificado, vi\'ificado. 

La justificación, como la entiende Pablo, quie- 
re decir vivificación. 

Gracias al sacrificio de Jesús, la carne se hizo 
incorruptible. 

La elección, resultado de la fe, hace al fiel parti- 
cipante de la naturaleza de Jesús, no sólo por la 
incormptibilidad de la carne, sino por las luces 
del espíritu. 

El hombre antiguo hace lugar al liombre nue- 
vo, pasando de un estado mortal a un estado in- 
mortal . 

Somos predestinados por la gracia de Dios y 
de su ungido Jesús. Pero jpor qué Dioá no da la 



114 A. PEYEET 

gracia a todos? ¿Por qué han de morir los que 
no tuvieron la fe, aunque cumpliendo con las pres- 
cripciones de la ley? 

Responde Pablo que los designios de Dios son 
impenetrables y que la olla no tiene derecho para 
preguntar al alfarero: ¿Por qué me hiciste de tal 
modo ? 

Pero no debemos olvidar un momento que Pablo 
creía hablar a una generación que iba a concluir 
de un momento por otro, porque había llegado 
el día supremo de la regeneración. 

No se trataba, pues, de un mundo que debía re- 
formarse, sino de un mundo que iba a destruirse. 

El Cristo ha resucitado: lue^o otros también 
pueden resucitar. 

Porque tenemos dos cuerpos, el cuerpo animal 
y el cuerpo espiritual: el primero se queda en la 
tierra, el segundo sale y reaparece brillante de 
gloria. 

Aún más: no caeremos todos en el sueño de la 
muerte, pero seremos transformados, habiéndolo 
sido ya los demás elegidos en la tumba. Porque 
es preciso que este cuerpo corniptible quede re- 
vestido con la incorruptibilidad, es preciso que 
esta carne mortal sea vestida con inmortalidad, y 
cuando esto se haya verificado, quedará cumplida 
esta palabra de la Escritura. La muerte es abolida 
por la victoria (Isaías, XXV-8) . . . 

Morir en Jesús, verificar el simulacro de sn 
muerte, he ahí el objeto que el fiel debe tener 
siempre por delante. Hay que ponerse el vestido 
de Jesús, vestirse con Jesús, construir, edificar un 
nuevo ser, al pie de la letra, y no en el sentido mo- 
i-al, como lo pretendieron los traductores infieles de 
las epístolas de Pablo. 

Creer que las obras de la ley pueden impedir de 
morir, importa creer que no era necesario el sacri- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 115 

ficdo de Jesús. La ley era la muerte, Jesús es la 
vida; nada de lo que fué la ley, nada de lo que no 
es el mismo Jesús, puede ser la vida . Pero ¿ de qué 
mianera pongo a Jesús en mí? Por la fe sola; luego 
la fe sola hace vivir. Lo que importa es vestirse 
con Jesucristo, que es la vida eterna de nuestros 
cuerpos; y ese vestido vital es de todos. 

Pablo exaltaba, pues, los méritos de la fe, pre- 
dicando la fe a todos los hombres indistintamente, 
al revés de Jesús que había dicho: "no vayas ha- 
cia los' gentiles", reclamaba la fe por algunos días, 
por algunos años cuando más. 

Por el sacrificio de Jesús, el pecado iba a des- 
aparecer de la tierra. Iba a abrirse un período que 
había comenzado ya para los elegidos. Luego no 
había que recaer voluntariamente en el pecado du- 
rante el poco tiempo que debía esperarse todavía, 
poi'que no \'olvería a presentarse una ocasión se- 
mejante. 

El justo, había dicho el profeta Habakuk, vivi- 
rá por la fe. Luego quedémonos firmes en la fe 
para conservar nuestra vida. 

Esto, vuelvo a repetirlo, debía entenderse en el 
sentido material. La fe importaba tener en sí un 
principio conservador de la vida corporal; la fe 
era un medio de no morir, y desde que la fe era 
lo que preservaba del aniquilamiento, el aniquila- 
miento correspondía a los que no tenían la fe, 
mientras que los mismos gentiles que tuviesen la 
fe podían salvarse de la muerte. 

Eesumiendo, la doctrina de Pablo se reducía a 
anunciar un hecho, Jesús crucificado y resucitado, 
es decir, una petición de principios, una visión. 
Para él como para Jesús, toda la moral queda con- 
tenida en la ley antigua; nunca, jamás trata de la 
menor innovación moral y de la menor introduc- 
ción de principios o de sentimientos nuevos. 



116 A. PEYRBT 

¿ Y, para qué, desde que iba a llegar el momento 
supremo? Sin esta esperanza Pablo no se bubiesG 
movido de su casa, hubiese por el contrario llevado, 
como todos los demás, buena vida. Si se apuraba 
tanto, era porque el Señor había venido y no debía 
tardar en volver para concluir con el siglo. 

Toda la predicación de Pablo descansa pues' en 
una predicción que no se ha cumplido. Pablo pen- 
saba hablar a una sociedad que iba a concluir : lue- 
go todo cuanto decía, era provisorio, y la sucesión 
de los siglos lo ha convertido en una cosa definiti- 
va, en una regla de conducta perdurable. No ha- 
biéndose cumplido la predicción, todo aquello que- 
da desvirtuado. 

Tales son las ideas de Pablo. Ahora bien, ¿dón- 
de las había tomado? 

Indudablemente en la religión persa, en la reli- 
gión de Mitra. Dice Havet: 

"Esta religión, muy esparcida desde algún tiem- 
po, atraía sobre todo las almas por la promesa de 
la resurrección de los muertos y de la destruccióíi 
de la muerte y del mal, que debían desaparecer 
juntos para siempre. 

Este era su dogma por excelencia, y es solamon 
te según ella, que los judíos empezaron a creer en 
la resurrección, de la cual no existen rastros en 
sus antiguos' libros. Desde Ciliciu, dice Plutarco, 
el culto de Mitra y sus misterios liabían entrado en 
el imperio romano, cuando la guerra de los piratas. 
La influencia de aquellos debía, pues, hacerse sen- 
tir en esa gran ciudad de Tarso, abierta a tantas 
ideas y religiones, donde Pablo había nacido y 
donde vivía". 

Tratábase pues de una resurrección material, de 
una vida material y no de una vida y de una muer- 
te espirituales, como lo añrmaron los teólogos, 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 117 

cuando vieron qué la muerte continuaba éjercieu' 
do su imperio. 

"Desde entonces, la resurrección de los muertos 
perdió mucho de su interés haciéndose esperar. Es 
hasta la fecha la esperanza de los cristiano^: pero 
es' una creencia latente, que no puede compararse 
a esa corriente de fe viva que arrebataba las almas 
en tiempos de Pablo. La resurrecci.'n de los cuer- 
pos queda prometida para el fin del mundo; pero 
el fin del mundo aparece muy distante, ¿Cómo 
initeresarse en ese cuerpo, que el alma no volverá a 
encontrar sino al fin de los' siglos, después de haber 
estado tanto tiempo sin él?" (E. Havet) . 



IV 

Pablo ha instituido la cena, la eucaristía, dando 
un sentido meramente simbólico a la? palabras : 
''Este vino es el pacto nuevo consagrado con mi 
sangre y cada vez que lo bebáis hacedle en recuer- 
do de mí". 

Esa comunión cristiana es también una imita- 
ción del culto de Mitra, 

Pablo no tiene idea alguna de la trinidad. El 
espíritu santo para él no es un personaje, es una 
influencia divina. 

Pablo se había empapado evidentemente en las 
ideas de Filón y de la fisolofía helénica, pues abar- 
caba en su pensamiento toda la humanidad. Ya 
no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre 
ni mujer; todos los que existís no sois sino unos 
en el Cristo Jesús (Galatas) . ¿Dios es solamente 
dé los judíos? ¿No es también de los gentiles? Sí, 
es también de los gentiles, poi*que no hay sino un 
Dios (Romanos) . 

Estas, observa Havet, son ideas a las cuales no 



118 A. PBYEET 

alcanzara Jesús, y de las cuales no liay i'as^tro en 
los evangelios. 

Es decir en los tres primeros, prescindiendo del 
cuarto, del cual hablaremos más adelante y dire- 
mos cómo se escribió , 

Por lo demás, Pablo condensa toda la ley en una 
sola palabra, la que dice: 

"Amarás a tu prójimo como a tí mismo". (Ga- 
latas) . 



No quiere Pablo qué los santos rayan a ventilar 
sus cuestiones ante los tribunales civiles; pide que 
los cometan al arbitraje de los hermanos. La nue- 
va comunidad formará, pues, un estado en el esta- 
do separándose de la sociedad de los gentiles. Apár- 
tase la jurisdicción de los jueces profanos, cuya cir- 
cunstancia inaugura la disolución del imperio ro- 
mano . 



Muchos y muy diversos son los' juicios que se han 
dado sobre la obra de Pablo. Ya hemos visto lo 
que dice Schoelcher. Según Havet, Pablo carga con 
la responsabilidad de lo qué se reprocha al cris- 
tianismo; pero él también observa como Lambert, 
que creía hablar a una sociedad que se aproximaba 
a un desenlace fatal, y que ha debido vivir, puesto 
que la catástrofe i^rometida no estallaba; pero ba- 
jo esas influencias la vida ha sufrido una amino- 
ración grande. Entre los cristianos verdaderos, es- 
casos con felicidad, ya no* fué sino una media- 
muerte. Para todos, cubrióse, durante siglos, con 
sombraH sinicstivas. Satanás ha reinado durante to- 
da la edad media, y con él las aberi'aciones de loa 
brujos y siis absurdos y horribles suplicios. Eso per- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 119 

sistió hasta la plera luz del espíritu moderno, co- 
mo las pesadillas de un enfermo sólo concluyen con 
el día. 

Durante esos mismos siglos, el alimento de las 
inteligencias fué la teología, cuyo primer maestro 
es Pablo, es decir, el trabajo más pesado y más 
vacío a la vez del espíritu humano. La doctrina 
de la gracia, salida de él, sometió la inteligencia 
a tormentos verdaderos, en medio de los cuales se 
agotaban las fuerzas que la ciencia hubiese nece- 
sitado . 

"En el orden político, la acción de Pablo y sus 
escritos no fué menos funesta, sea porque enseñaba 
la indiferencia por las cosas de este mundo, sea 
porque inventaba el derecho divino de los gobiernos 
(todo poder, decía él, viene de Dios"). 

Ensanchó el judaismo — fundó muchas iglesias, es 
decir, otras tantas sociedades autónomas — ejerció 
una acción indisputablemente liberal. 

''Mientras viniese la resurrección prometida, lla- 
maba a los hombres a una resuri'ección moral, a 
una vida nueva, por medio de la cual procuraba 
poner ya el cielo en la tierra. Bajo su dirección, 
sentíanse ya más felices porque se tornaban me- 
jores; pues es por medio de la fuerza, del desinte- 
rés, de la fraternidad como pretendía llevarlos al 
cumplimiento de las promesas divinas". 

"Y sin embargo, la obra, en su conjunto, no ha 
sido buena, porque tenía un vicio esencial desde el 
origen, porque el judaismo, que era el principio 
de aquella, quedaba sujeto a un texto sagrado. Pa- 
blo, ese gran emancipador, quedaba él mismo en- 
cadenado"; y el espíritu humano ha quedado en- 
cadenado como él en la Biblia, en el antiguo y 
nuevo testamento, ose espíritu humano que había 
sido emancipado por el helenismo. 

Las quimeras de Pablo se convirtieron en ar- 



1 20 A. PEYEET 

tíciüos de fe, que se apagó después, pero que_ vol- 
viendo a despertar más tarde, debía producir la 
reforma. Pablo había arrancado el judaismo helé- 
nico a Jerusalcm, llevándolo a Grecia, a Roma, a 
todas partes; del mismo modo la reforma quitó a 
Eoma la mitad del mundo cristiano. Esa gran re- 
volución se debe a Pablo, sobre todo. 

Pablo tuvo genio, el genio de un bárbaro. 



Hemos oído al filósofo Havet; oigamos al pro- 
testante Coquerel Jiijo: 

San Pablo fué un hombre de genio, pero esen- 
cialmente un hombre de su tiempo. Poseía en el 
grado supremo lo que faltaba a ese siglo pertur- 
bado, la decisión ... Su pensamiento es a veces obs- 
curo. Es muy impetuoso y muy lleno de ideas, 
para tomarse el trabajo de concluir siempre su 
pensamiento y de seguirlo hasta el fin. Hásele com- 
parado exactamente con un torrente desbordado... 
]\Ias que Esteban, Pablo fué un reformador; el se- 
gundo en fecha, quedará tal vez el mayor de todos. 
A él es a quien el cristianismo debe su univer- 
salidad . . . 

Pablo es uno de los gigantes de la historia. . . 
Por la idea dominante de su vida entera, x>or la 
.lutoridad y el brillo con que i'civindicó los dere- 
chos de la conciencia cristiana, por la rebelión in- 
cesante contra el imperio de la letra y contra toda 
dominación de las almas, se ha quedado el refor- 
mador por excelencia. En su escuela formáronse 
todos los que protestan en nombre de Dios y del 
Evangelio contra el yugo de las iglesias y de los 
sacerdotes, Juan lluss, Savonarola, Wicklyffc, Lc- 
fcvre d'Etaples, Lutero, Calvino, Zwingli. 

Cada vez que la iglesia y el mundo están madu- 
ros para una gran revolución religiosa, es la pala- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 121 

bra de San Pablo la que vuelve a resonar en las 
almas y da la señal. Puede decirse de él que, desde 
18 siglos, ha tocado el arrebato de todas las insu- 
rrecciones del espíritu humano contra las usurpa- 
ciones de la ley y de la letra, del rito y de los 
cleros . 



¿Qué dice Renán? "Un hombre contribuyó más 
que ningún otro a esa extensión rápida del cris- 
tianismo ; ese hombre rompió la envoltura apreta- 
da y asombrosamente peligrosa con la cual el niño 
quedó encerrado desde su nacimiento: proclamó 
que el cristianismo no era una mera reforma del 
judaismo, sino que era una religión completa, exis- 
tente por sí m-isma. Decir que ese hombre merece 
ser colocado en un rango elevadísimo en la his- 
toria, es decir una cosa evidente ; pero no debe lla- 
mársele fundador. Pablo, por más que diga, es 
inferior a los demás apóstoles. No ha ^^sto a Je- 
sús, no oyó su palabra. Los divinos logia, las pa- 
rábolas, apenas las conoce. El Cristo que le hace 
revelaciones personales es su propio fantasma; es 
a sí mismo a quien escucha, creyendo oir a Jesús". 

Según Renán, Pablo tuvo poca importancia, po- 
co prestigio, mientras vivió. Recién en los siglos 
III, IV, V, llegó a ser el doctor por excelencia, el 
fundador de la teología cristiana. El verdadero 
presidente de esos grandes concilios griegos que 
hacen de Jesús el eje de una metafísica, es el após- 
tol Pablo. Pero su fortuna sufrió un eclipse du- 
rante la edad media, y hasta la reforma. Desde 
entonces, Pablo fué el santo del pueblo. La misma 
Roma lo levantó casi a la altura de Pedro. 

En fin ¿ qué fué Pablo ? No fué un santo . No fué 
un sabio, muy al contrario, perjudicó mucho a la 
ciencia con su desprecio paradógico de la razón, 



122 A. PEYRET 

por SU elogio de la locura aparente, por su apoteo- 
sis del absurdo trascendental. No fué un poeta. 
Fué un hombre de acción, y el hombre de acción 
no puede ser artista, ni sabio, ni siquiera muy vir- 
tuoso, porque tiene que transar a menudo con la 
zonzera y la maldad humanas. Pablo es un Lute- 
ro anticipado, violento, enérgico, apasionado, arre- 
batado . 

Es inferior a Jesús. . . Pablo es el padre del su- 
til Agustino, del árido Tomás de Aquino, del som- 
brío calvinista, del áspero jansenista, de la teología 
feroz que condena y predestina a la damnación. 

Eso dice Penan, a quien hemos abreviado. 



Pódemeos oir todavía a un judío: 

"La vida de San Pablo encierra la historia de 
la formación del segundo cristianismo y de su lu- 
cha contra el cristianismo primitivo. La primera 
iglesia estaba como en el cielo, siendo animada por 
el fuego de la caridad y por el espíritu de la hu- 
mildad (Crisóstomo) ; todos esos judíos, aunque 
cristianos, estaban apasionados por las ceremonias 
de la lej^ 

Y eso duró hasta el tiempo en que el emperador 
Adriano prohibió a los judíos la entrada a Jeru- 
salem (año de 135) . . . 

Pedro fué el representante y el defensor del 
cristianismo primitivo; con él estaban el hermano 
de Jesús, los apóstoles, el consejo de los ancianos, 
los discípulos inmediatos y en fm todas las tradi- 
ciones de Jesús. 

Pa])lo no tenía sino una idea, pero esa idea era 
grande y justa, la idea de la conversión de los gen- 
Ules por medio del abandono de la parte ceremo- 
nial de la ley. 

Pablo paso al servicio de esa idea, /todas las Ha- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 



123 



mas dé su imaginación, todas las sutilezas de su 
dialéctica, toda la actividad de su organización 

Trabóse una lucha desesperada entre los lepre- 
sentantes de esas dos fuentes ^fs^^^^^' ^'^ ,f ^^ 
dos razas, de esos dos evangelios, Pedro y Pablo, y 
esa lucba duró veinte anos. 

Pablo sucumbió desde luego y su nombre llego 
a ser durante cerca de un siglo (60-135) sinónimo 
de escándalo entre los judíos y de locura entre los 

^'MaT'la nacionalidad judía habiendo sido des- 
truída T3or Adriano, y las ideas judaizantes habien- 
do sido perseguidas en el mundo romano, los pau- 
linistas llegaron a ser dueños de la situación. 
Entonces comenzó la glorificación a todo trance 

de Pablo. , . ^ ■, 4. j '^ 

Asi mismo la iglesia pi-imitiva contaba todavía 
numerosos partidarios que llevaban el nombre sig- 
nificativo de judeo-cristianos o judaizantes. 

Con un objeto de conciliación, con un pensa- 
miento de iglesia universal, llevóse' a cabo un com- 
promiso en esa época entre la secta paulinista y la 
secta judeo-cristiana, las únicas toleradas en Pa- 
lestina desde la expulsión de los judíos. 

A consecuencia de ese compromiso, los Actos de 
los Apóstoles sufrieron una enmienda. 

Y en el acto, como en un cuento de hadas, re- 
dro v Pablo se hallaron completamente asimilados, 
sus discursos quedaron conformes, sus doctrinas 
idénticas, V los mismos hechos se encontraron en 
la vida de "cada uno de esos enemigos ^«/tales. 

Mas, como dominaban los paulmistas fue Pedro 
quien asumió las facciones de Pablo {Hipólito Bo- 
clríguez) . 

El mismo Rodríguez, cu su libro titulado La jus- 
ticia de Dios, demuestra que jamás el pecado orí- 



124 A. PEYEBT 

ginal constituyó en el antiguo testamento un dog- 
ma religioso, que por el contrario la Biblia toda 
entera está opuesta al pecado original, pues allí 
dice Jehovah: "os vengaré, casa de Israel, cada 
uno según su vía", pues todos los profetas con- 
cuerdan en esta afirmación: Dios juzgará a cada 
uno según sus obras. 

Por consiguiente, Pablo ha cometido lo que él 
llama una desviación, arrancando desde allí la con- 
fusión que se ha estalDlecido entre las doctrinas pre- 
dicadas por Jesús y las doctrinas predicadas por 
Pablo. 

Un montón de ideas paganas y místicas unidas 
por una afirmación de Pablo: he allí la obra de 
Pablo; esas ideas son la redención, la mediación, 
la gracia; la fe es la afirmación de Pablo. 

Pablo se ha servido del pecado original para 
asustar a los gentiles; Pablo ha resucitado el dua- 
lismo persa; ha reemplazado la justicia divina por 
la arbitrariedad divina. 

Pablo ha cambiado el sentido de la palabra fe; 
antes, significaba fidelidad, puntualidad en seguir 
PUS compromisos. Pablo exige una creencia sin ba- 
se ni verificación, una creencia ciega y muda, credo 
quia ábsurdum. Desde entonces el razonamiento ha 
q.icdado proscrito. Las obras fueron declaradas 
inVitiles, y no solamente inútiles, sino perjudiciales. 

Mientras tanto, Santo Tomás quiso examinar an- 
tes de creer. 



CAPITULO IV 

Los ACTOS DE LOS APÓSTOLES 



Los actos de los apóstoles no son, pues, un libro 
histórico : esto fué puesto fuera de duda por la crí- 
tica contemporánea. Baur ha demostrado que son 
la obra apologética de un pauliniano, haciendo ver, 
como otros críticos, sus incoherencias y sus contra- 
dicciones. Consiste ese libro en dos partes prin- 
cipales, una dedicada a Pedro, otra dedicada a Pa- 
blo. Hácese un paralelo entre ellos. El escrito tie- 
ne un objeto de conciliación. Sin embargo, no pue- 
de negarse que la misión de Pedro fué una ver- 
dadera contramisión para combatir la propaganda 
de Pablo. 

Resulta de ese paralelo que Pedro aparece .co- 
mo promotor de los principios y de la práctica 
universalista del paulinismo, y Pablo bajo las fac- 
ciones de un piadoso observador de los manda- 
mientos de Moisés, de un fiel israelita. 

Evidentemente todo eso pugna con las declara- 
ciones tan terminantes de la Epístola a los Gala- 
tas, que encierra la verdadera doctrina de Pablo. 
Hay contradicciones sin número entre las epísto- 
las de Pablo y el libro de los Actos. Aquello es un 
mero fraude literario; pero el fraude de esa clase 
era costumbre corriente en aquellos tiempos: *'el 
autor hacía, con intenciones que él creía justas y 



126 A. PEYEET 

santas, lo que se practicaba alrededor de él en el 
seno de todas las escuelas y de todas las religio- 
nes" (Stap). 

Según este mismo crítico, el autor no puede ser 
Lucas, porque se hizo mucho tiempo después de la 
época apostólica. La composición de los Actos de- 
be haber tenido lugar entre los años 100 y 120 des- 
pués de Jesucristo, resultando que todo concurre 
para presentar esa obra como un documento histó- 
rico de autoridad mediocre y del cual no puede 
hacerse uso sino con la mayor circunspección. 



II 

Ese libro de los Actos representa el compromiso 
celebrado entre la escuela de Pedro y la de Pablo 

Según H. Rodríguez, ese compromiso correspon- 
de a la segunda guerra de ios judíos en tiempos 
de Adriano. 

Los judeo-cristianos habían rehusado asociarse al 
esfuerzo supremo intentado por Barkokebas y Aki- 
ba contra la dominación romana, por cuyo mo- 
tivo fueron echados de la ciudad. 

La anarquía reinaba en el cristianismo. Cada 
iglesia tenía su código sagrado, su evangelio, su 
escritura santa . La uniórL se había hecho necesa- 
ria para esta])lecer una iglesia general y domina- 
dora. ¿Cuál era el medio de conseguirlo? Una 
alianza de la iglesia de Roma con la iglesia pri- 
mitiva de Jerusalem, es decir entre los judeo-cris- 
tianos y los p aúllanos. 

El autor de ese compromiso fué el obispo incir- 
cuncidado de Roma, TeUsforo, quien gobernó la 
iglesia de Roma desde 129 a 140. Tclésforo debe 
ser considerado como el verdadero fundador de la 
iglesia católica.. 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 127 

Telésforo, comprendiendo que nada estable po- 
día fundarse sin la cooperación de los discípulos 
de Jesús, aprovechó la oportunidad que le ofrecía 
una rebelión desesperada para separarlos de los 
judíos. Desde entonces el paulinismo quedó due- 
ño de la situación, los escritos de los apóstoles fue- 
ron retocados en el sentido indicado anteriormente. 

En esa misma época (132) se formó la secta de 
los ebionitas, es decir de los judeo-cristianos que 
no quisieron prestarse a la fusión con los pauli- 
nistas . 

"Los ebionitas, dice Potter, eran judíos de sec- 
ta; fuéronlo sobre todo desde su separación de la 
gran iglesia cristiana. Esta se verificó en la época 
de la destrucción de Jerusalem, es decir cuando la 
iglesia de esta ciudad, refugiada en Pella, se se- 
paró ella misma de la sinagoga, con la cual hasta 
«ntonces había tenido numerosos puntos de con- 
tacto, renunciando a la ley mosaica, desechando 
las leyes y las ceremonias judías". 

Rodríguez, resumiendo su argumentación, dice 
que el compromiso celebrado en 132 no se llevó a 
cabo sino en 135, y que la redacción de los actos 
de los apóstoles debe datar de 135 a 136. 



CAPITULO V 

El cuarto evangelio 



¿Por qué hay cuatro evangelios reconocidos por 
la iglesia, cuando primitivamente hubo más de 
cuarenta? Irineo da la razón de aquella autenti- 
cidad : 

*'No podía haber ni más ni menos. Efectiva- 
mente el mundo en el cual estamos tiene cuatro 
partes y cuatro vientos generales, y el fundamento 
de la iglesia, que está esparcida en toda la tierra, 
son el evangelio y el espíritu de vida; sigue que 
esta iglesia debe tener cuatro columnas, soplando 
en todas j)artes la incorruptibilidad y vivificando 
a los hombres.. Resulta que el verbo, artesano de 
todas cosas, que tiene su asiento sobre los querubi- 
nes y que encierra el universo, habiendo sido ma- 
nifestado a los hombres, nos dio un cuádraple 
evangelio anunciado por un espíritu solo. Y esos 
querubines que son en número de cuatro, son tam- 
bién la figura de las disposiciones del Hijo de 
Dios . . . Los evangelios, sobre los cuales está sen- 
tado Jesucristo, concuerdan de todo punto entre 
sí . . . Los animales son cuádruples, el evangelio es 
cuádruple, y cuádruple la disposición del Señor. 
Por eso también cuatro testamentos universales 
fueron dados al linaje humano: uno a Noc después 
del diluvio; otro a Abraham bajo la forma de la 



130 A. PEYRET 

circuncisión, el tercero en la ley de Moisés, el cuar- 
to en el evangelio por nuestro señor Jesucristo". 

Por lo visto, la autenticidad de los evangelios no 
descansa en un fundamento histórico, sino en una 
falsa concepción física, la creencia que la tierra es 
cuadrada . 

II 

En los tiempos durante los cuales fué formán- 
dose la iglesia, no había nacido el espíritu crítico, 
como lo prueba la cita anterior, y la humanidad 
quería creer ante todo. "Era esa la época de las 
leyendas, de las supersticiones, de los milagros. 
El paganismo divinizaba a sus emperadores, vestía 
a sus filósofos con el traje de los mágicos, perso- 
nificaba a cada uno de sus pensamientos bajo la 
figura de héroes o de demonios, en fin daba a cada 
cosa una forma, un nombre, una historia. ¿Cómo 
hubiese podido la joven generación cristiana, más 
nueva, más ardiente más crédula aún, sustraerse a 
esa influencia, a esa necesidad universal? La tra- 
dición mística, ya 'tan activa en otras partes, se 
desarrolla en ella con una velocidad asombrosa; 
impónese sin oposición a los espíritus hechizados, 
y no tarda en revestir la autoridad soberana de 
la historia" (Stap) . 

Por ejemplo, una parte de los cristianos se lla- 
maban ebionitas (los pobres, lo» humildes) ; pues 
bien, invéntase un Ebion, que llega a ser el fun- 
dador de aquella secta y cuya historia se refiere 
con prolijidad. 

El desierto y la soledad traen sus leyendas. El 
milagro es la ley común en todo el mundo cristiano. 

Los únicos criterios de los padres de la iglesia 
son la fe y la edificación; para ellos no hay entre 
la fe y la poesía deslinde exacto. Compóncnsc un 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 131 

sinnúmero de escritos apócrifos, y los auténticos se 
retocan y vuelven a retocar, no mezquinándose las 
interpolaciones y las falsificaciones. Los copistas 
hacen con ellos lo que quieren. La imaginación 
corre desbordándose, la credulidad es ilimitada. 



Tales eran las disposiciones de los espíritus y 
la naturaleza de los documentos históricos existen- 
tes, cuando Ensebio emprendió, el primero y a 
principios del siglo cuarto, juntar los anales dis- 
persos de la iglesia. Pero, ese primer historiador, 
debido a la falta de toda crítica seria, no hizo más 
que consagrar el error. 



Colmo en el siglo cuarto, el dogma estaba ya en 
gran parte elaborado, la jerarquía establecida en 
bases sólidas, la unidad católica triunfante en la 
iglesia, dominada por el principio de la perpetui- 
dad; la historia no supo reconstruir el pasado sino 
al estilo del presente. Desaparecieron la diferen- 
cia de los tiempos y la marcha progresiva de la 
idea. Los sucesos, arrojados en un mismo molde, 
salieron todos de allí con el mismo sello, siendo 
aquelilo un continuo anacronismo de hechos, de 
pensamientos y de matices, edificado casi siempre 
sobre una base dogmática. 

"Hay que reconocerlo; si la BÍneeridad de los 
primeros escritores eclesiásticos no puede ponerse 
en duda, al menos su buena fe raya en extremada 
candidez, faltándoles casi del todo el respeto a la 
verdad histórica j la escrupulosidad literaria. Ba- 
jo el imperio de la preocupación dogmática, el 
fraude pierde su carácter odioso, o mejor dicho, se 
vuelve involuntario, por decirlo así, y no tarda en 



132 A. PEYEET 

asumir, para el mismo autor, el aspecto de la ver- 
dad. 

''Cuando apareció la obra de Eusebio, corres- 
pondió tan perfectamente al tipo convenido y al 
pensamiento común, que nadie pensó en dudar de 
su exactitud, ni en cotejar sus detalles. Pudo con- 
siderarse desde entonces como la historia oficial 
y clásica del primer período de la iglesia. Por eso 
tuvo continuadores y copistas, pero no tuvo críti- 
co. Hoy se conoce la base en que descansa y la fe 
que merece . . . Los primeros tiempos de la iglesia, 
como la antigüedad en general, quedarán siendo 
siempre un misterio, para el que no se haya pe- 
netrado primeramente del imperio ilimitado que 
ejercieron el mito y la leyenda". (Stap). 



El cuarto evangelio se distingue y difiere com- 
pletamente de los evangelios sinópticos. Hay con- 
tradicciones eii los hechos y contradicciones en la 
doctrina , 

Por ejemplo, según los sinópticos, Jesús no da 
principio a su vida pública sino después de la 
prisión ele Juan Bautista; casi no sale de Galilea; 
no franquea los límites meridionales, y no va a 
Jenisalem sino una sola vez, a fines de su carrera. 

Según el cuarto evangelio, por el contrario, sus 
trabajos y su predicación principian mucho an- 
tes de la desaparición del precursor y tienen por 
teatro principal la Judea; Jerusalem, especialmen- 
te, es visitada a menudo y largamente con motivo 
de varias fiestas, entre las cuales por lo menos dos 
Pascuas . 

Eso, en cuanto al plan general; si pasamos a 
los detalles, encontramos también un sinnúmero de 
contradicciones. 

Según los sinópticos, el precursor conocía a Je- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 133 

SUS, sabíalo su superior en dignidad j le atribuía, 
por consiguiente, la cualidad de Mesías, antes de 
que se le manifestara como tal en medio de las 
aguas del Jordán. 

En el cuarto evangelio, Juan declara, por el con- 
trario, que no lo conocía todavía personalmente a 
esa fecha; pero que Dios le había anunciado que 
le revelaría a su hijo haciéndolo bajar con forma 
de paloma, y que efectivamente lo reconoció por 
este signo. 

Según el mismo evangelio, el Cristo cruza la 
Samaría, anunciando la buena nueva. Según los 
sipnóticos, Jesús no tuvo relaciones con los sama- 
ritanos, al menos hasta la época de su viaje a Je- 
rusalem, y según Mateo, prohibe aún a los apósto- 
les ir a Samaría. 



La diferencia que es tan grande en los hechos, 
es todavía mayor en la doctrina . 

En los sinópticos, Jesús habla con sencillez, cla- 
ridad y natural abundancia, presentando una en- 
señanza moral y práctica. 

En el cuarto evangelio, el lenguaje del Cristo es 
místico, abstracto, monótono, obscuro ; sus conver- 
saciones tersan especialmente sobre el dogma, sien- 
do disertaciones inacabables y llenas de metafísi- 
ca. Diríase que es un espíritu bajado a la tierra 
desde las esferas superiores. 

En los sinópticos, trátase de un hombre unido 
íntimamente con Dios, pero que no ultrapasa la 
noción del Mesías judío; en Juan, es un dios infe- 
rior al Dios supremo, pero de la misma sustancia 
que él. 



El Jesús auténtico, — si puede haberlo — es indu- 
dablemente el de los sinópticos. La Galilea fué 



134 A. PEYEET 

sobre todo el teatro de la predicación de Jesús, 
porque su población estaba preparada para reei 
birlo; allí tuvo éxito, sublevó las masas, que lo 
acompañaron en sus peregrinaciones; entiéndase 
las masas campesinas; de a'ílí sacó sus discípulos; 
pero las ciudades no siguieron el impulso. 

Habiendo concluido su misión en Galilea, quiso 
ir a Jerusalem, y fracasó, como ya sabemos, en la 
intentona. Tal es, en compendio, la relación de los 
sinópticos, y es la que más se acerca a la verosi- 
militud. 

No así el cuarto evangelio. El autor pone a Je- 
sús desde el principio en Jerusalem, en la capital 
donde tiene que luchar con la incredulidad de los 
judíos. ¿Qué puede esperar de ellos? 

Nada, él lo sabe; pero esto mismo prueba que 
no pudo lanzarse allí casi solo, en medio de una 
población indiferente u hostil, que lo persigue in- 
cesantemente. Por eso, desde el primer día quedan 
deslindados los papeles: por un lado, el maestro 
nazareno declarándose el propio hijo de Dios y 
pareciendo hacerse su igual; por el otro, los ju- 
díos enconados que quieren hacerlo morir. La ca- 
tástrofe, inminente desde el principio, no se apla- 
za sino por los medios más inverosímiles. 

Tal es el plan general. Las contradicciones, las 
incoherencias, las inverosimilitudes resaltan en los 
detalles, sin contar los quid pro quod y los mila- 
gros imposibles. Hasta una ciudad aparece allí que 
ningún geógrafo pudo descubrir, la de Bethania, 
sobre el Jordán. 



El cuarto evangelio ignora el bautismo de Jesús 
por Juan en el Jordán; pero Jesús viene allí así 
mismo para recibir de Juan los títulos más glo- 
riowüs y el reconocimiento de su divinidad, cuan- 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 135 

do hasta el fin el Bautista desconoció esa mesia- 
nidad . 

En ese evangelio encontramos las bodas de Cana 
qne no están en los demás sinópticos, en vez de las 
escenas del desierto. 

El cuarto evangelio altera la enseñanza social 
de Jesús: en vez de la exaltación de la pobreza, 
de los anatemas contra los ricos y de las parábo- 
las revolucionarias, encontramos exposiciones teo- 
lógicas sobre los misterios del gnosticismo. 

Lo mismo pasa con la práctica del culto judío: 
suprime y reemplaza la comida pascual. 

La expulsión de los mercaderes del templo apa- 
rece desde el principio, cuya circunstancia le qui- 
ta su significación, que tiene naturalmente cuan- 
do, al finalizar su carrera, se declara públicamen- 
te el Mesías. 

El autor hace decir a Jesús que puede destruir 
el templo y reedificarlo en tres días, desmintiendo 
así a los sinópticos, que presentan esas mismas 
I)alabras como una acusasión de testigos falsos. 

Jesús se hace gnóstico, abjura, reniega del ju- 
daismo, la religión de los sentidos, y se presenta 
como el iniciador de la religión nueva, la religión 
del espíritu. Ejemplo: la conversación con la sa- 
maritana en el pozo de Jacobo, incomprensible 
indudablemente para esa mujer, aunque Renán 
la declara admirable. Jamás Jesús pronunció se- 
mejantes palabras. Jamás Jesús pisó Samaría; 
solo la cruzó en su viaje a Jerusalem, anientras 
que el suceso del pozo tuvo lugar en los primeros 
tiempos de su apostolado. ¡Qué inverosimilitud 
que Jesús revele a una mujer desconocida lo que 
oculta a sus discípulos y que tenga adherentes 
€n Samaría antes de tener entre los judíos^ 

Pero la imposibilidad resalta más, sí se reflexio- 



136 A. PEYEET 

na que la adoración en espíritu, de que allí se 
trata, no es solamente ponderada en sí misma, sino 
opuesta al culto de Jerusalem tanto como al de 
Garizim. La hora lia llegado, dice el orador. Es- 
tas palabras importan por consiguiente la conde- 
na, la abolición formal del judaismo. Luego no 
pudieron ser pronunciadas sino mucho tiempo des- 
pués de la caída de Jerusalem. ¿ Cómo hubiere po- 
dido Jesús, después de una enseñanza semejante, 
mostrar tanto entusiasmo por el templo de su na- 
ción? ¿Cómo hubiese concluido su carrera cele- 
brando un rito mosaico? 

El cuarto evangelio hostiliza a los judíos. Ha- 
biendo Jesús negado a los judíos que Dios sea el 
padre de ellos, añade: En cuanto a vosotros, ha- 
béis salido del padre que es el diablo, y queréis 
dar cumplimiento a los deseos de vuestro padre 
(VIII~-14) . 

Adviértase que esas palabras van dirigidas a 
los mismos judíos que creían en Jesús. 

El Jesús de los sinópticos había dicho: Soy el 
Mesías; desde hoy en adelante veréis al hijo del 
hombre sentado a la derecha de la potencia y vi- 
niendo en las nubes del cielo para juzgar al mun- 
do y establecer en la tierra el reino de Dios. 

El Jesús de Juan dice ante Pilato: Mi reino no 
es de este mundo ; si mi reino fuese de este mun- 
do, mis subditos hubiesen peleado a fin de que no 
se me entregara a los judíos. Soy rey. Es para 
prestar testimonio a la verdad para que he naci- 
do, y vine al mundo ; cualquiera que es de la ver- 
dad, oye mi voz". 

Quiere decir que es un rey meramente espiri- 
tual. Adviértase que, habiéndose verificado la en- 
trevista con el gobernador romano en el interior 
del pretorio, nadie sino Pilato pudo referir las pa- 
labras de Jesús. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 137 

El cuarto evangelio espiritualiza todos los dis- 
cursos de Jesús. Ya no se trata de preparar tro- 
nos a los apóstoles^ jueces de las doce tribus de 
Israel, sino mansiones celestiales en la inorada del 
padre. No se trata del regreso vencedor sobre las 
nubes, sino de la venida y del crecimiento lento 
de la verdad en las almas. 

El cuarto evangelio quita la primacía a Pedro 
para darla a Juan, el discípulo predilecto. 

Inventa otro tipo, la Magdalena, la santa y mís- 
tica amante de Jesús, dándole una importancia 
extraordinaria por el papel que desempeña en la 
pasión y en la resurrección. Para decirlo de paso,. 
Renán la presenta como la fundadora del cristia- 
nismo. Presenta también a María de Bethania, a 
las hermanas Marta y María, a Lázaro, a Nicode- 
mo, otros tantos personajes desconocidos en los 
sinópticos. Transforma el personaje de María; se- 
gún Marcos, ella consideraba a su hijo como loco; 
según Juan, es la madre sometida de su hijo, el 
verbo encarnado, la tnater dolorosa arrodillada al 
pie de la cruz: una escena imposible. 

La pasión, según Juan, difiere completamente 
de la pasión, según los sinópticos. 

El cuarto evangelio tiene sus milagros particu- 
lares, las bodas de Cana, la resurrección de Láza- 
ro, cuyo efecto hubiese sido asombroso, a ser eier 
tü. Pero no tiene curaciones de endemoniados, que 
son las más admisibles, entendiéndose que eran ca- 
sos de enfermedades nerviosas. 

El cuarto evangelio omite la institución de la 
cena. Por el contrario, hace decir a Jesús: "Es 
el espíritu el que vivifica, la carne no sirve para 
nada; las palabras que os dirigí son espíritu y vi- 
da''. Quiere decir que condena de antemano el 
dogma de la transubstanciación y de la presencia 
real . 



138 A, PEYEBT 

Después de haber examinado largamente ese 
evangelio, el señor Stap llega a las conclusiones 
siguientes : 

Falta total de verosimilitud histórica. El autor 
es un pensador distinguido, un teólogo, pero un 
narrador sin talento. Los personajes que introdu- 
ce, el escenario, Nicodemo, la samaritana, los fa- 
riseos, los judíos, los helenos, no constituyen in- 
dividuos, sino tipos; el mismo Jesús no vive, es 
un símbolo. 

El cuarto evangelio no es un libro de historia, 
es una obra de teología, lui tratado dogmático. 

Puede resumirse en pocas palabras: "es la ma- 
iiv-üestación del Lagos en la persona de Jesucristo, 
y 'el triunfo de la luz sobre las tinieblas". 

Quiere decir que el judeo-cristianismo había he- 
ol}o lugar' al cristianismo helénico, o al menos al 
cristianismo alejandrino (Plotino-Filón), combina- 
do con la teogonia oriental (Zoroastro y otros) . 

El cristianismo johánico ya no es el de Pablo, 
ni el de Pedro, ni el de Esteban, ni todavía me- 
nos, el de Jesús. 

La ley de Moisés ha perdido completamente su 
valor. Hay que vivir con el espíritu, alimentarse 
con el Cristo. 

El cuarto evangelio no se preocupa en modo al- 
guno del ñn del mundo, ni tampoco del último 
juicio, que eran la pesadilla y la esperanza de los 
primeros cristianos. 

El cuarto evangelio ignorado por Justino, por 
Marcion, y por consiguiente por casi toda la cris- 
tiandad hasta el año 155 más o menos, empezó a 
llamar la atención poco tiempo después, y no bien 
había concluido el siglo II, cuando ya se le repu- 
taba canónico. El nombre usurpado de Juan sir- 
vióle de pasaporte: debe añadirse ([ue correspon- 
día al estado moral de los espíritus que se can- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 139 

saban de esperar promesas que no se cumplían, 
el Müenium, el regreso del Señor en las nubes.. 
el reinado de los justos, durante mil años en la 
tierra renovada, etc. etc. Todo, dice Huet, contri- 
buyó para consagrar el triunfo de ese autor des- 
conocido, que bien puede llamarse uno de los 
fundadores del Cristianismo, y el último evangelio 
figuró en el canon, a continuación del primero, del 
cual es la negación premeditada, así como los 
actos de los Apóstoles al lado de las epístolas de 
Pablo, que constituyen el perpetuo desmentido de 
aquellos. 

Históricamente, ese Evangelio es más que falso; 
es, con propósito deliberado, destructor de la hu- 
manidad, de la misma realidad de, Jesús. El re- 
duce el Cristo ail estado de mito, más aún que 
Strauss; es una colección de símbolos; es una no- 
vela teológica ; es, como lo dice el mismo Huet, una 
deshistorización. 



En el cuarto Evangelio encontramos el Para- 
cleto — el que debe venir más tarde "el Espíritu 
Santo que el Padre enviará en nombre mío vara 
enseñaros todas las cosas, etc." El Paracleto es 
expresión de Filón; significa ayuda. Ese paracleto 
es la personificación de una abstracción, como el 
Verbo es la personificación del Logos; de manera 
que allí tenemos ya los elementos de la futura 
Trinidad. 

Esa concepción del Paracleto pugna evidente- 
mente con la del reino de Dios, que debía venir 
antes de que hubiese pasado la generación enton- 
ces existente. 



CAPITULO VI 

EL APOCALIPSIS Y DEMÁS LIBROS SAGRADOS 



La palabra Apocalipsis, en griego, quiere decir 
revelación. Ese libro no puede ser contemporá- 
neo de Pablo ni de Nerón, como se ha afirmado 
(Renán). Es posterior con mucho a ese tiempo y 
debe ser del tiempo de Trajano o de Hadrian. 

El Cristo es representado allí bajo una forma 
absolutamente nueva, desconocida en los libros ju- 
díos, en las cartas de Pablo, en los tres Evange- 
lios sinópticos, la forma del Cordero, to arnion, en 
griego.^ 

¿Qué es ese cordero a quien toda la corte ce- 
lestial tributa homenaje, ese cordero que reina en 
la ciudad de los cielos por la eternidad? 

Ese cordero tiene por adversario el Dragón. Ese 
Dragón es el enemigo de los *' santos". Está ven- 
cido por Michael y sus ángeles» y encadenado en 
el abismo. Sale de aülí y acomete otra vez a los 
santos; pero esta vez queda arrojado para siem- 
pre en el estanque del niego y del azufre. Enton- 
ces los muertos resucitan ; renuévanse el cielo y 
la tierra; desaparece el mar, y desde lo alto del 
cielo baja la Jerusalem eterna. 

Pues bien, el Cordero es el Cristo y el Dragón 
es Satanás. 



142 A, PEYEET 

Evidentemente aquello viene de la religión de 
Mitra. Mitra es el dios-sol. 

Dice Tertuliano: otros creen que es el Sol nues- 
tro dios. En ese caso habría que remitirnos a los 
Persas, es decir, a la religión de Mitra. 

Pero Tertuliano declara él mismo que los cris- 
tianos rezaban dirigiéndose hacia el Oriente, y 
que festejaban' el día del Sol, cuyo día es llamado 
por el Apocalipsis el día del Sol. 

Ciñóse la Iglesia a eonvertir la fiesta del Sol 
en la del Cristo, identificando al Cristo con el Sol. 

Hay que fijarse en los detalles de la fiesta cris- 
tiana de Pascua. Sácase de un guijarro un fuego 
nuevo, y con ese fuego se enciende el cirio pas- 
cual; pídese a Dios, creador de toda luz, bendiga 
esta luz nueva. Grítase: Luz del Cristo. Invítase 
la tierra a alegrarse de ver disipadas las tinie- 
blas que envolvían el universo. 

Antiguamente el oficio se celebraba de noche, 
suponiéndose que el Cristo salía de la tumba, y 
que la vida extinguida iba a tomar otra vez po- 
sesión de la tierra. 

Ese cordero es el carnero (Aries) del Zodíaco, 
el signo del equinoxio de la primavera, porque el 
Sol parecía entrar en él, cuando la época del equi- 
noxio. En el culto de Mitra, el dios es representa- 
do llevando la espada del Carnero, el signo de 
Aries, de Marte. 

El cordero es degollado. Quiere decir que el au- 
tor del Apocalipsis escribió bajo la influencia de 
las ideas frigias; pues en ese país se practicaba 
el culto de la Diosa Orande, que iba acompañado 
con la purificación como medio de asegurarse la 
resurrección y una vida eterna. El tauroholium. 
era un sacrificio en que un pontífice recibía gota 
por gota en su cuerpo y en sus vestidos la sangre 
de un toro. La )nisma ceremonia se practicaba cou 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 143 

un carnero, con el mismo resultado, siendo el crio- 
holiuni. Unos, dice Havet, se creían redimidos por 
la sangre del carnero, otros por la sangre del 
Cristo : ambas imaginaciones se aproximaron fá- 
cilmente y el cordero de la Pascua judía ayudó la 
asimilación. 



El Dragón o serpiente es el Arhiman del ]Maz- 
deismo. 

Un ángel, dice el Apocalipsis, encadena al Dra- 
gón (Satanás) por mil años. — Los justos reinan 
con el Cristo durante aquellos mil años, verifi- 
cándose entonces la primera resun^eceión, es de- 
cir la de los que han prestado testimonio a Jesús. 
El resto de los muertos no vuelve antes del venci- 
miento de aquel plazo. Llegado este, Satanás 
hace una nueva intentona, pero sufre una nueva 
deiTota, y viene la resurrección y el juicio gene- 
ral. Seguidamente la muerte y el mtiemo son 
arrojados al lago de fuego, siendo esta la segunda 
muerte. 

El plagio no puede ser más evidente. 



Otra prueba del plagio son los ángeles de las 
siete Iglesias de Asia, a los cuáles el Cristo dirige 
sus instrucciones, ¿Qué son esos seres sobrenatu- 
rales? Los feroers de Zoroastro. 

La doctrina de Pablo es condenada por el autor 
del Apocalinsis ; no mezquina los ataques a sus 
discípulos llamados los Nicolaitas. 



El Apocalipsis anunciaba el fin del mundo por 
un plazo muy corto, tres años y medio. La profe- 
cía no se ha cumplido; de manera que el dogma 



144 A. PEYKET 

fundamental del Cristianismo primitivo ha sido 
abandonado por los teólogos cristianos, o su cum- 
plimiento aplazado indefinitivamente . Sin embar- 
go, el apocalipsis continúa figurando en la colec- 
ción de los libros canónicos, siendo ésta la mayor 
de las contradicciones. 



II 

Las epístolas apócrifas 

Son apócrifas las epístolas atribuidas a Pablo, 
tales como la a los Efesios, a loa Filipienses, a los 
Colosios, a los de Tesalonica (son dos), a Timo- 
teo, (dos;), a Tito, a Filemón, a los hebreos. 

Lo son también la epístola dicha de Santiago, 
dos dichas de Pedro, tres dichas de Juan, y una 
dicha de Judas, hermano de Santiago. 

La Cristología de aquellas es del todo diferen- 
te. En las cartas de Pablo cuya autenticidad no se 
contesta, el Cristo no es una persona divina. Fué 
adoptado por Dios, quien le encargó una gran 
misión; pero habiendo llevado a cabo esa misión, 
desaparece en alguna manera. Mientras tanto, en 
laá otras, el Cristo tiene una naturaleza divina, 
es ya el Verbo, el Logos, al estilo de Filón, sino 
ail estilo de Juan. 

La bajada a los infiernos parece deducirse de 
las epístolas atribuidas a Pedro, sin que se sepa 
bien en qué consiste. Más tarde llegó a ser para 
la iglesia un artículo de fé; no estaba en el sím- 
bolo de Nicca. 

Las epístolas dichas de Juan son los únicos 
textos del Nkcvo Testamento que nos hablan del 
Anti-Crlsto. Unos creyeron que era Nci^ón, otros, 
Vespasiano o üomiciano. 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 145 

Apenas hablan de los ángeles las epístolas au- 
ténticas de Pablo; las otras entran en especifica- 
ciones a este respecto. Posteriormente se deter- 
minaron nueve clases o coros de ángeles con una 
gerarquía completa de arcángeles, de principa- 
dos, tronos, dominaciones, etc. 

La segunda epístola de Pablo y la de Juan son 
las únicas que traen el dogma de la caída de los 
ángeles. 

Adviértase que la hostilidad contra el judaismo 
se manifiesta mucho más en las epístolas apócrifas 
de Pablo que en las auténticas. 

Presentan también ¡las Iglesíias inejor Oonsiti-' 
tuidas de lo que podían ser en tiempo de Pablo. 

La epístola dicha de Santiago nos dá a conocer 
los ritos que se convirtieron en sacramentos: la 
unción y la confesión. La unción con aceite no 
pasaba de un procedimiento curativo para los en- 
fermos. 

La idea de una Iglesia universal aparece en las 
epístolas apócrifas, siendo la reproducción de una 
idea filosófica, que se encuentra en Filón y en los 
estoicos; es el punto de arranque del catolicismo, 
heredero del imperio romano. 

La epístola a los hebreos es una especie de tra- 
tado de teología, en el cual el autor pretende que 
la religión antigua no fué sino el tipo, la sombra, 
la parábola de la nueva. El autor acepta de la 
ley antigua la creencia de que ''nada puede la- 
varse sino con sangre, y que sin derrame de san- 
gre no hay rescate", y declara, lo que nadie dije- 
ra hasta entonces, que la muerte del Cristo co- 
rresponde al sacrificio expiatorio, que el gran Sa- 
cerdote verificaba una vez al año solamente pe- 
netrando en el Santuario. 

El sacrificio de la misa arranca, pues de la 
Epístola a los hebreos, entendiéndose que implica 



Í46 A. PBYEET 

ideas opuestas del todo. Porque el autor de la 
epístola declara expresamente que, al revés de los 
sacrificios de la ley antigua, sólo se verifica una 
vez en la conclusión de los tiempos — siendo esta 
la idea de los primeros cristianos — de donde re- 
sulta que el que vuelve a caer en el pecado, des- 
pués de haber sido salvado por esa sangre, pierde 
la esperanza de salvarse, porque ya no hay sacri- 
ficio para redimirlo. 

Esto pugna completamente con el Catolicismo 
que dice: "La misa es el sacrificio del cuerpo y 
de la sangre de Jesu-Cristo, ofrecida en el altar 
bajo las apariencias del pan y del vino para re- 
presentar y continuar el sacrificio de la cruz; 
"añadiendo que la Iglesia lo ofrece a Dios, entre 
otros motivos, para conseguir el perdón de nues- 
tros pecados". (E. Havet). 

La intolerancia, inseparable de la fe, se mani- 
fiesta también en la epístola a los hebreos. 

El autor resume así los elementos del cristia- 
nismo : 

"Renuncia a las obras muertas — sin duda lo 
que Pablo llamaba las obras de la ley, las prácti- 
cas judías, — la fe en Dios, la doctrina del bau- 
tismo, la imposición de las manos, la resurrección 
de los muertos y el juicio que juzga para siem- 
pre". 

En fin, para decirlo todo, esas epístolas no son 
sino repeticiones' de Pablo o del cuarto Evangelio. 



Tal es el conjunto de los escritos que componen 
el Nuevo Testamento, inferior con mucho al an- 
tiguo. 

Segiui M- Havet, no pudo una gran revolución 
arrancar de esa literatura mediocre. La revolu- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 147 

ción existía ya antes, preparada por la propa- 
ganda judía y por la filosofía-greco-latina. La es- 
pera del reino de Dios era general; el Cristia- 
nismo estaba hecho, cuando el Nuevo Testamento 
empezaba a divulgarse. 



CAPITULO VII 

LA FORMACIÓN DEL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO 

Los Padres apostólicos no tenían colección que 
llevase el titulo de Nuevo Testamento; no tenían 
más escritura sagrada que el Antigno. 

No tenían colección de epístolas, pues las con- 
sideraban como escritos de actualidad, del poca 
importancia, especie de consultas, de repuestas. 
La prueba es que muchas se lian perdido, lo que 
no hubiese sucedido en el caso de atribuirles algún 
valor. 



No hay una sola palabra en los Padres apostó- 
licos que nos autorice a suponer que la palabra 
Evangelio se usase en su época, como se usó más 
tarde, para designar la colección de los cuatro 
Evangelios. 



A fines del siglo primero, no existía todavía 
colección alguna que se pareciese, ni remotamente, 
a nuestro Nuevo Testamento. Sólo a mediados del 
segundo, se menciona algo análogo con el nombre 
de Memorias de los apóstoles, pero no era un 
canon. 



La santa Escritura cristiana se formó a fines 
del siglo segundo. Mas debe advertirse que no era 



150 'A. PBYEET 

idéntica con la que poseemos. Por el contrario, es- 
taba variando de Iglesia a Iglesia, de doctor a 
doctor- 



En el siglo tercero fué cuando se clasificaron 
y se admitieron los escritos en la Iglesia, recepti 
in Ecclesiam. Habiendo tenido conocimiento de 
su existencia reclamólos Diocleciano, para ente- 
rarse de la doctrina cristiana. Más, el Nuevo Tes- 
tamento no hal ia recibido aún la fonna actual, 
aunque se habí» hecho hasta entonces un trabajo 
de eliminación considerable, poniéndose a un lado 
una porción de escritos que desde entonces se con- 
siideraron como apócrifos. 

Aparece en fin una colección patrocinada por 
Atanasio en el concilio de Nicea, pero no fué adop- 
tada sino más tarde por la Iglesia de Occidente. 
en el siglo quinto. 

En cuanto a la Iglesia de Oriente, la cuestión 
del canon no fué tratada oficialmente hasta el con- 
cilio de Constantinopla en 691-692. Con todo, la 
diversidad continuó reinando en Oriente, y no 
hubo doctrina determinada; hasta la fecha no la 
hay. 

Entretanto los Occidentales tomaron una reso- 
lución a este respecto, debido especialmente a la 
influencia de San Agustín. No faltaron las obje- 
ciones, sobre todo contra el Apocalipsis, que no 
estaba admitido todavía por el sínodo de Aquis- 
gram, en 789. 



Cuáles son las causas y principios que presidie- 
ron la formación del canon del Nuevo Testa- 
mento? 

Desde luego no debe olvidarse que esos escritos 
fueron compuestos en vista de circunstancias es- 



LA EVOLUCIÓN DEL' CEISTIANISMO 151 

peeialeí, y no en vista de los siglos futuros. Eso 
no puede negarse relativamente a las epístolas, y 
es cierto también relativamente a los libros his- 
tóricos, es decir, los Evangelios y los Actos de los 
Apóstoles. 

La idea de componer una nueva Escritura santa 
podía tanto menos ocurrírseles a sus autores cuan- 
to que estaban persuadidos, con todos los que 
compartían su fe y sus esperanzas, de que el fin 
de los tiempos no estaba distante. Durante mu- 
chos años los cristianos estuvieron esperando día 
por día el segundo advenimiento del Mesías. 

En fin, tenían dos razones perentorias para apar- 
tar el pensamiento de componer una Escritura 
santa: 1° esta Escritura existía, y era el Antiguo 
testamento; 2° suponiendo que quedase aplazado 
el fin de los tiempos, era así mismo inútil legar a 
las generaciones venidera un nuevo cuerpo de li- 
bros sagrados destinados para la instrucción de 
aquéllos; porque los dones del Espíritu Santo 
debían continuarse entre los fieles, conservando el 
conocimiento de la salvación y asegurando para 
siempre le prédica de la buena nueva. 

Por otra parte, los cristianos anteponían la tra- 
dición oral a la enseñanza escrita ; esta nunca pasó 
de accesoria. Ni siquiera había esmero en conser- 
varse esos escritos, y consta que muchos se han 
perdido, aunque eran obra de los mismos apósto- 
les. 

Hasta la aparición del gnosticismo, los cristia- 
nos ortodoxos no se preocuparon de las Escritu- 
ras. I 

Los gnósticos pretendían' absorber el cristianis- 
mo, afirmando que las demás Iglesias sólo tenían 
un conocimiento imperfecto de aquél. Ellos invo- 
caban las Escrituras por primera vez : fué para 



152 A". PEYEET 

combatirlos que los ortodoxos se vieron precisa- 
dos a formar también su recopilación, y aun en- 
tonces siguieron anteponiendo la tradición oral. 
"Los apóstoles, dice Crisóstomo, no lo establecie- 
ron todo en sus epístolas : enseñaron muchas co- 
sas sin escribirlas." Tertuliano, la mayor parte de 
los escritores eclesiásticos opinan también que las 
discusiones escripturarias eon los disidentes no 
ofrecen utilidad alguna ; hay que confundirlos con 
la autoridad de la razón. 



Ahora bien, ¿cuál fué el principio determinante 
que imperó en la selección de los escritos? No fué 
la crítica fundada en la autenticidad; fué la ma- 
yoría, fundada en la tradición. 

La formación de una Iglesia católica traía apa- 
rejada la de un canon que le sirviese de base, de 
regla, como lo indica la misma palabra; sucedió 
eso cuando hubo de verse que el segundo adveni- 
miento del Señor se aplazaba indefinidamente. 

La consigna dada a todas las Iglesias fué con- 
formarse a las tradiciones recibidas universal- 
mente, siendo este el único medio que pudiese 
adoptarse para establecer la unidad en medio de 
todas las comunidades cristianas. 

La colección de los escritos de la Nueva Alianza 
tuvo que someterse también a esa necesidad de 
unidad. Era preciso que hubiese un sólo e idén- 
tico Nuevo Testainento para los cristianos, como 
había una sola Iglesia y una sola creencia. 

Acordóse que convenía reputar verdadero lo que 
era admitido por el mayor número (Tertuliano). 
En consecuencia, dictóse la ley de recibir en la 
colección del Nuevo Testamento los escritos que, 
como las trece epístolas de Pablo y los cuatro 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMQ 153 

Evangelios eran admitidos por todas las Iglesias, 
y de desechar aquellos que eran considerados co- 
mo falsos y apócrifos por el consentimiento uná- 
nime de las comunidades cristianas. 

Tal fué la opinión de Tertuliano, y también de 
Ireneo, uno de los promotores más activos de la 
unión de las Iglesias particulares en una sola Igle- 
sia y por consiguiente uno de los Padres del anti- 
guo catolicismo cristiano, de los Padi'es orientales, 
de Agustín, de Jerónimo, etc. 

Para nada se consideró el valor propio del libro, 
ui su origen; dependió la admisión de la suerte 
que tuviera de derramarse más que otros entre los 
cristianos y de hacerse aceptar por un mayor nú- 
mero de Iglesias, de manera que la cuestión de la 
canonicidad, puesta fuera de todo examen histó- 
rico y razonado^ se reducía meramente a una cues- 
tión de estadística. Tal fué la opinión generteil 
desde el fin de la primera mi,tad del siglo segundo, 
para conseguir sino la fijeza, al menos la unifor- 
midad. 



CAPITULO VIII 

TRIUNFO Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO 



¿Cómo triunfó, cómo se propagó el Cristia- 
nismo ? 

¿Fué una obra nLÍlagros;a, como lo pretenden 
los teólogos y todos los que introducen el milagro 
en la historia? 

De ningún modo, 

Havet esplica ese mo\dmiento más o menos del 
modo siguiente : 

Las ideas que el progreso de la filosofía había 
desarrollado en el mundo helénico lo habían pre- 
parado para la adopción de las ideas cristianas, 
siendo la principal el monoteísmo. 

Los judíos habían llegado también al mono- 
teísmo. 

La destrucción del templo de Jerusalem simpli- 
ficó y espiritualizó más la religión, desprendién- 
dola del culto material. 

El cristianismo era una negación, una critica 
(Nisard) del politeísmo, y a éste respecto concor- 
daba con la filosofía. 

El mundo pedía más justicia que verdad. La 
opresiión que pesaba sobre los pueblos era espan- 
tosa, el libertinaje y la esclavitud agobiaban a los 
vencidos, entregándolos indefensos a las pasiones 
de los eonquistadoreá. 






156 £. PBYEET, 



Los escritores habían expresado esas explosio- 
nes de la conciencia humana ; los Padres de la Igle- 
sia no tuvieron más trabajo que el de repetirlas. 

El cristianismo fué ante todo una intentona de 
revolución social, revolución hecha por el amor, 
pues su lema era: "Amaos unos a otros". Pero 
los cristianos no reformaban el Estado, sino lo 
vaciaban, retirándose de él. 

El criistianisimo satisfacía instint<DS de crítica 
y de incredulidad, como también ganaba los espí- 
ritus por el atractivo de la superstición, aunque 
esto parezca contradictorio. 

Agustín dijo: "Los dioses, a los cuáles nosotros 
llamamos los ángeles". Luego había identidad en- 
tre el politeísmo y el cristianísimo- 

La transición se verificó por medio de la escuela 
judía de Alejandría. En cuanto hubo cristianos en 
Alejandría, pusieron la doctrina helénica al ser- 
vicio de la fe nueva. 

Los apologistas cristianos Justino, Tertuliano y 
otros, reclamaron la libert-ad de pensar y de creer. 

Pero, cuando hubo a la vez hombres cristianos 
y filósofos, lo que pensaban como filósofos, creye- 
ron pensarlo como cristianos, y lo atribuyeron al 
cristianismo, cuyo prestigio aumentó su ilusión. 



No hay filosofía cristiana, hay una filosofía he- 
lénica de la cual echó mano el cristianismo. 

Nada nuevo trajo al mundo el cristinaismo en 
cuanto a filosofía moral. 

La superioridad atribuida al Cristianismo es la 
superioridad de los tiempos modernos. Por ejem- 
plo, la institución de las hermanas de caridad es 
una idea del siglo diez y siete. Vicente de Paul 
laicizó la monja de la Edad Media. 

La crítica histórica faltaba entonces completa- 
mente. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 157 

Lo que ha sido nuevo, lo que aiTebató a los 
hombres, fué la fe en el Cristo, quien iba a venir, 
y en la próxima resurrección. 

La servidumbre romana había producido un es- 
tado de cosas, que se había tornado insoportable, y 
en el cual la vida no era visible, según la expresión 
de los griegos. Los cristianos arruinaron la socie- 
dad romana, y los pueblos desprendidos unos de 
otros quedaron lisitos para constituir un mundo 
nuevo. 



El cristianismo tuvo que vencer dos obstáculos 
grandes: la autoridad del pasado y la supersti- 
ción. Venció la primera con el tiempo. La pre- 
dicación cristiana principia bajo Claudio, habien- 
do habido anteriormente un siglo de predicación 
judía. La religión de los gentiles duró todavía 
desde entonces 400 años. 

Hase exagerado mucho la importancia de las 
persecuciones. El señor Havet no puede admitir 
la autenticidad de la famosa carta de Plinio al 
emperador Trajano con la respuesta del último; 
opina que esos dos documentos fueron fabricados 
en tiempo^ de Tertuliano, por* un amigo de los 
cristianos . 

Queda probado que el cristianismo vivió cien 
años más o menos bajo el imperio, sin tropezar 
con alguna prohibición legal, ni con una serie de 
violencias, exceptuando un acceso de despotismo 
de Nerón y una persecución de un año bajo Do- 
miciano. 

La verdadera persecución parece principiar ba- 
jo Antonino, pues a fines de ese principado corres- 
ponde la Apología de Justino. Nació entonces la 
elocuencia cristiana de la necesidad de defender 
contra la odiosidad pública a los fieles amenazados 
y heridos. 



158 A. PEYEET 

Kesulta de la misma Apología que la Iglesia re- 
clutaba sus adeptos entre los' individuos de peor 
fama. Lo que hacía esas imputaciones más em- 
barazosas para ella, es que ella misma las repetía 
y las insinuaba contra los disidentes a los cuales 
combatía con sus propias filas. 

El martirio de Poliearpo, que se puso bajo ese 
reinado, es una novela. 

Consta así mismo que existía la odiosidad popu- 
lar contra los cristianos, pero que no liabía perse- 
cución sistemada contra el cristianismo. 

Es una fábula la historia de unos soldados fie- 
les que habían salvado al emperador, y es una fá- 
bula contraproducente que prueba que Marco 
Aurelio no había prohibido el ejercicio del cristia- 
nismo . 

¿Justino fué realmente sacrificado? M. Havet 
no ve motivos para afirmarlo. 

La relación (de Ensebio) en que figuran los 
mártires de León y de Viena, no presenta carácter 
histórico . 

Marco Aurelio, el más manso de los hombres, 
quiso establecer el orden en el imperio, pero hu- 
bo relajamiento bajo el príncipe siguiente, Cómo- 
do, y la iglesia lo aprovechó. 

Es falso que se hayan inventado contra los cris- 
tianos suplicios especiales, siendo los mismos que 
se usaban contra los criminales y contra los es- 
clavos . 

Debe desecharse completamente la idea de que 
los emperadores romanos hayan formado la reso- 
lución de impedir que hubiese cristianos. El mis- 
mo Tertuliano lo reconoce, para los tiempos ante- 
riores a él. Mas, el cristianismo tenía contra sí 
las leyes, los magistrados y la muchedumbre. 

El mismo Tertuliano, defensor tan ardiente del 
cnsnanismo, jamás fué molestado. 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 159 

Los que querían huir podían hacerlo. Los mis- 
mos magistrados se cansaban de ejecutarlos y de- 
cían a los mártires: Infelices, si queréis morir, ¿no 
tenéis cuerdas y precipicios? 

Los mismos escritos cristianos prueban que los 
fieles vivían tranquilos y que ya entonces los obis- 
pos atendían más a los intereses temporales que a 
los espirituales. 

La persecución de Diocleciano fué la más impor- 
tante, pero ya venía tarde, desde que diez años 
después un emperador abrazaba el cristianismo. 

En fin, es triste pensar cuánto los mártires cris- 
tianos salieron engañados en sus aspiraciones ge- 
nerosas. Morían para traer el reino de Dios en 
la tierra, y sólo trajeron el reino de la iglesia que 
quedó tan distante de aquél. La iglesia hizo infi- 
nitamente más mártires de los que había tenido, y 
además hizo pesar . por siglos sobre la humanidad 
y sobre el pensamiento humano la más dura y la 
más mal hechora de las sei^vidumbres. 

Resumiendo, puede afirmarse que, durante tres 
siglos, la iglesia creció en plena paz. Cuando fué 
ejecutado Cipriano, en el año 258, era el primer 
obispo de Cartago que jamás hubiese sufrido. De- 
cláralo su mismo biógrafo. 

Ahora l>ien, compárense los procedimientos de 
la inquisición con los de la autoridad romana. 

La persecución, tardía, intermitente, irresoluta, 
impotente, no estorbó el movimiento sino en cuan- 
to lo necesitaba para hacerlo irresistible. 

El establecimiento del cristianismo se explica 
perfectamente por los medios humanos; no se ne- 
cesita en modo alguno acudir a lo sobrenatural. " 



160 Jl. PEYKBT 



II 



Ahora dejaremos la palabra a Renán: 

La abnegación del cristiano no es, en resumi- 
das cuentas, sino un cálculo hábil, una colocación 
en vista del reino de Dios. 

La razón tendrá siempre pocos mártires. Uno 
no se sacrifica sino por lo que cree; pero lo que 
se cree, es lo incierto, lo irracional; se sufre el ra- 
zonamiento, no se cree. Este es el motivo por qué 
la razón no invita a la acción; invita más bien a 
la abstención . . . 

Para el estoicismo, la virtud y el sentimiento 
moral eran idénticos. El cristianismo distingue 
ambas cosas. Jesús ama al hijo pródigo, a la cor- 
tesana, almas buenas en el fondo, aunque pecado- 
ras. Para los estoicos todos los pecados son igua- 
les; el pecado es irremisible. El cristianismo tie- 
ne perdones para todos' los crímenes. Cuanto más 
uno ha pecado, tanto más le pertenece. Constan- 
tino se hará cristiano, porque cree que los cristia- 
nos solos tienen expiaciones para el padre que ma- 
tó a su hijo. El éxito que tuvieron, desde el si- 
glo II, los asquerosos torobolios, de los cuales uno 
salía cubierto de sangre, prueban cuánto la ima- 
ginación del tiempo se encarnizaba en encontrar 
los medios de aplacar a los dioses supuestos irri- 
tados. El torobolio es, entre todos los ritos paga- 
nos, aquel cuya competencia más temían los cris- 
tianos; fué en alguna manera el iiltimo esfuerzo 
del paganismo moribundo contra el mérito cada 
vez más triunfante de la sangre de Jesús." 



El culto de Isis se parecía mucho al culto cris- 
tiano con su Ite missa est. 



LA EVOLUCIÓN DEL" CEISTIANISMO 161 

El de Mitra contrabalanceó mucho tiempo el de 
Jesús: sus semejanzas con el cristianismo son tan 
notables que San Justino y Tertuliano lo consi- 
deran- como un plagio satánico, pues tenía el bau- 
tismo, la eucaristía, los ágapes, la penitencia, las 
expiaciones, las unciones. Sus capillas se pare- 
cían a pequeñas iglesias. Creaba un lazo de fra- 
ternidad entre los iniciados. . . Era una especie 
de masonería. 

Los misterios agradaban a los hombres, siendo 
un atractivo poderosísimo. 

La humanidad busca el ideal; pero quiere que 
el ideal sea una persona; no le agrada una abs- 
tracción. Un hombre, encarnación del ideal, y cu- 
ya biografía pudiese servir de marco a todas las 
aspiraciones del tiempo, he ahí lo que pedía la opi- 
nión religiosa . . . 

— Por lo general, es más difícil impedir al hom- 
bre creer, que hacerlo creer. Agregúese que jamás 
siglo filé más crédulo que el siglo seeundo. To- 
dos admitían los milagros más absurdos; la mito- 
logía corriente, habiendo perdido su sentido pri- 
mitivo, alcanzaba los i'iltimos límites de la inepti- 
tud. La canüdad de sacrificios que el cristianis- 
mo pedia^ a la razón era menor que la que suponía 
el paganismo. Convertirse al cristianismo, no era 
pueg un acto de credulidad: era casi un acto de 
buen sentido relativo. Aun, bajo el punto de vis- 
la racionalista, el cristianismo podía ser considera- 
do como un progreso; quién lo adoptó fué el hom- 
bre religiosamente ilustrado. El que siguió ado- 
rando a los dioses antiguos fué el poganus, el cam- 
pesino, refractario siempre al progreso, rezagado; 
como alguna vez, en el siglo veinte, tal vez, los 
i'Ltimos cristianos serán a su turno llamados paga- 
ni, mírales". 



162 A. PEYRET 

El cristianismo suprimía las imágenes, los sa- 
crificios sangrientos, reemplazándolo todo con el 
sacrificio de Jesús, con la fe en Jesús . , . 

— Llegó a ser la religión romana el judaismo tan 
combatido por Koma, pero asumiendo la forma 
cristiana. . . 

— Los obispos asumieron un papel importantí- 
simo, siendo unos verdaderos magistrados. Con- 
virtióse la iglesia en una gran agencia de intereses 
populares, supliendo lo que no hacía el imperio. 
Sentíase que, desfalleciendo el imperio, el obispa- 
do heredaría de él. Cuando el estado se niega a 
ocuparse de los problemas sociales, éstos se resuel- 
ven por separado, por medio de asociaciones que 
echan abajo el estado . . . 

— Así mismo, Eoma tuvo la gloria de haber in- 
tentado resolver el problema de la sociedad huma- 
na sin teocracia, sin dogma sobrenatural ... El 
triunfo del cristianismo fué el aniquilamiento de 
la vida civil por mil años. La iglesia es la comu- 
na, si se quiere, pero bajo forma religiosa. 

— El objeto supremo de la humanidad es la li- 
bertad de los individuos. Pero la teocracia, la re- 
velación jamás crearán la libertad. La teocracia 
convierte al hombre investido con el poder en un 
empleado de Dios (epístola a los' romanos) ; la ra- 
zón lo convierte en un mandatario de las volun- 
tades y de los derechos de cada mío. 



La iglcvsia produjo el vacío en la sociedad ci- 
vil... La poli/tica no supone a los hombres muy 
desprendidos de la tierra. Cuando el hombre se 
decide a aspirar sólo al cielo, deja de tener patria 
aquí. No se hace una nación con monjes o yo- 
guis; el odio y el desprecio por el mundo no pre- 
paran a la lucha por la vida. . . 



LA EVOLUCIÓN DEC CEISTIANISMO 163 

El cristianismo mejoró las costumbres del mun- 
do antiguo ; pero, bajo el punto de vista militar y 
patriótico, destruyó el mundo anti^io. La ciu- 
dad y el estado no se acomodarán más tarde con 
el cristianismo, sino haciendo sufrir a éste las mo- 
dificaciones más profundas. . . 

— El cristianismo queda embarazado, incapaci- 
tado, cuando se trata de los negocios del mundo : 
el Evangelio forma fieles, no ciudadanos. 



La ortodoxia política de los cristianos es en el 
fondo el culto del éxito. . . La política liberal no 
debe nada, nunca deberá nada al cristianismo . La 
idea del gobierno representativo es todo lo contra- 
rio de la que profesaron expresamente Jesiis, San 
Pedro, San Pablo, Clemente Romano ... 

Los cristianos no prestaban el servicio militar; 
huían también de las magistraturas; no practica- 
ban una porción de oficios que se relacionaban con 
la idolatría. 

El cristianismo mató el arte antiguo, y mató 
también la riqueza, condenando a los ricos, exal- 
tando a los pobres. Imaginóse el pueblo conquis- 
tar el cielo por medio de la pobreza. La activi- 
dad^ mercantil y financiera fué abandonada a los 
judíos. ^ La vida humana quedó suspendida du- 
rante mil años por causa de las leyes conitra el in- 
terés del dinero. 

El objeto del cristianismo no era nada , el per- 
feccionamiento dé la sociedad humana, ni el aumen- 
to de la cantidad de felicidad de los individuos, 
y /.para qué, desde que el mundo iba a concluir? 

Fué un movimiento esencialmente religioso 

¿Por qué salir de la esclavitud? 

Los derechos del hombre no son una cosa cris- 
tiana. 



164 A. PETKBT 

Lo que el cristianismo ha fundado, es la igual- 
dad ante Dios . . . Pero no ha inspirado a Espar- 
taco alguno ; el verdadero cristiano no se rebela 
contra el poder. 

El principio filosófico de que el hombre no de- 
be pertenecer sino a sí mismo, apareció mucho más 
tarde. Séneca, Ulpiano lo habían proclamado de 
un modo teórico; Voltaire, Rousseau y la revolu- 
ción francesa, lo convirtieron en base de la fe nue- 
va de la humanidad. 



La autoridad ama la autoridad. Jesús había 
sentado la regla. Pablo, Pedro, Lucas, Clemen- 
te, proclamaron la obediencia al César. 

Hubo cristianos revolucionarios en el principio, 
pero desaparecieron, y triunfó la doctrina de los 
amigos del poder. Los apologistas se ofrecieron 
al emperador. 

La iglesia era una gran asociación, era esencial- 
mente conservadora; necesitaba orden y garantías 
legales. . . 

El mundo quería una religión de congregacio- 
nes, dé iglesias o de sinagogas, de capillas; una 
religión en que la esencia del culto fuese la re- 
unión, la asociación, la fraternidad. El cristia- 
nismo llenaba ¡todas esas condiciones. Su culto 
admirable, su moral pura, su clero sabiamente or- 
ganizado, le aseguraban el porvenir. . . 

— Triunfó. Teodosio inauguró el imperio cris- 
tiano, el imperio teocrático... Identificáronse el 
imperio y el cristianismo. Esc era el ideal cris- 
tiano. . . 

Devorado por el monarquismo y la teocracia, el 
emporio de Oriente fué como una presa ofrecida 
al Tdnni; el cristianismo, en Oriente se tornó una 
criatura de orden inferior. Así llegamos a esc re- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO; 165 

sultad,o singular que los países que crearon el 
cristianismo fueron vícrtimas de su obra . . . 

En Occidente los papas intentaron también 
construir la teocracia de acuerdo con los empera- 
dores, pero no pudieron entenderse; las naciona- 
lidades, que ahogará el imperio cristiano de Cons- 
tantinopla, pudieron desarrollarse en Occiderute, y 
se abrió una puerta a la libertad. 

Esa libertad no fué en casi nada la obra del 
cristianismo ... La teocracia subsistió ... Es im 
virus de que uno no se purga. Necesitáronse el 
Renacimiento y la revolución para concebir la po- 
sibilidad de un cristianismo liberal, y ese cristia- 
iismo liberal, sin papa ni rey, no dio bastantes 
pruebas para que tengamos el derecbo de hablar 
de él como de un hecho adquirido y duradero en 
la historia de la humanidad. 



El Evangelio debía conducir al convento. . . El 
convento es la iglesia perfecta; el monje es el 
crisiiano verdadero . . . 

— El cristianismo no triunfo sino en apariencia; 
naufragó en su victoria; transó con todas las su- 
persticiones . 

— El culto de los santos fué el restablecimien- 
to del politeísmo . . . 

— Jesús fué más bien un gran judío que un 
gran hombre; sus discípulos hicieron de él lo que 
puede haber de más anti-judío, un hombre-Dios. 

— El mayor error que pueda cometerse en his- 
toria religiosa, es creer que las religiones valen 
por sí misma.s, de un modo absoluto. Las reli- 
giones valen por los pueblos que las aceptan. 

El cristianismo se ha amoldado a las razas... 



166 'A. PEYEET 

— Entre el cristianismo y la ciencia la lucha es 
inevitable; uno de ambos adversarios tiene que 
sucumbir. 

Renán habla como Draper. 



CAPITULO IX 

LAS TRANSFORMACIONES DEL CRISTIANISMO 
I. 

Todo en este mundo está sujeto a la ley de (trans- 
formación; por consiguiente, las religiones tam- 
bién; el cristianismo no hace excepción a la regla. 

Esto, lo reconoce el cristiano Atanasio Coquerel, 

Partiendo de este principio, ese autor distingue 
varias clases de cristianismo: el cristianismo de 
Jesucristo, el cristianismo judaico, el cristianismo 
helenista, el de San Pablo, el de San Pedro, el johá- 
nico o griego, el romano, el de los primeros here- 
jes, finalmente el de Constantino. 

En nuestros estudios anteriores hemos visto có- 
mo se había formado el cristianismo johánico, tan 
diferente del primitivo e hijo de la filosofía grie- 
ga combinada con las doctrinas del Mazdeismo. 

Actualmente, vamos a hablar del cristianismo ro- 
mano. Los primeros introductores del cristianismo 
en Roma fueron los judíos, que formaban allí una 
colonia numerosísima desde los últimos tiempos de 
la república; los apóstoles cristianos no tuvieron 
más trabajo que continuar la obra iniciada por 
ellos . 

Mas el cristianismo, al penetrar en Roma se pa- 
ganizó, entrando en contacto con una muchedum- 
bre supersticiosa, y adoptando todo el formalismo 



168 'A. PEYEEÍ 

romano con el culto por la letra, todo el material 
de los cultos politeístas, los cirios, las lámparas en- 
cendidas, el incienso y los jarros colocados en la 
entrada del edificio para contener el agua lustral. 

Otra introducción más importante que no hubie- 
se podido llevarse a cabo en Judea fué la de las 
imágenes . 

La idea de representar a Dios hubiese horroriza- 
do a los judeo-cristianos. Durante muchos siglos re- 
presentóse la presencia divina por medio de una 
mano que baja de una nube o rodeada con un 
círculo . 

Ni siquiera se le daba a Jesús la cara huma- 
na ; representábase por medio de un cordero . 

Tomáronse de los ídolos los nimbos que llevan 
actualmente con el nombre de aureolas, los perso- 
najes sagrados. 

Transfirióse a los santos católicos y a sus restos 
mortales el culto que tributaban los paganos a las 
reliquias de sus héroes y que también verificaban 
milagros . 

No teniendo los cuerpos de los mártires, la Igle- 
sia conservó como reliquias los objetos que les ha- 
bían pertenecido, al estilo de los antiguos. 

Las principales iglesias cristianas tuvieron, como 
los templos paganos, un tesoro que se llenó de 
ofrendas y de ex-votos depositados allí por los que 
escaparan de algún peligro o de alguna enferme- 
dad. 

Los nuevos cristianos conservaron las peregri- 
naciones a las tumbas sagradas, los servicios fúne- 
bres de fin de año, las teorías o procesiones, las 
amharvales o rogaciones, las cofradías (cultores 
Ilerculis, Dianae, Antinoi, Jovis) y otras costum- 
bres del paganismo, 

Postcrionncnte introdujese el culto de María 
para reemplazar a Proserpina, Diana, Vesta, Isis y 



LA eVolucióx del ceistianismo 169 

Minerva, la virgen protectora de Atenas. El tem- 
plo de Palas, Partenon, significa templo de la vir- 
gen. 

La antigüedad había consagrado a muchas de sus 
diosas y de sus dioses corporaciones de mujeres y 
de hombres, dedicadas algunas al celibato. La Igle- 
sia restableció esos colegios con otros nombres. 



La imitación se exitendió a los misterios. Hicié- 
ronse secretos los actos más solemnes de la religión. 
Enseñóse con precauciones la doctrina del Maes- 
tro que había dicho: "Lo que os digo al oído, gri- 
tadlo sobre los tedios". Los cristianos fueron com- 
parados con los iniciados, los catecúmenos con los 
recipiendarios, los paganos con el vulgo excluido 
de los misterios sagrados. 

Hubo el atrium, o patio de los catecúmenos, cuyo 
dintel no podía ser franqueado por ellos, y menos 
aún por los paganos, mientras se comulgaba en el 
santuario. Más tarde obligóse a quedarse fuera del 
templo los penitentes no reconciliados con la Igle- 
sia, o los que carecieran de constancia en las per- 
secuciones . 

De allí nacieron abusos gravísimos. Asimilóse la 
Iglesia con el cielo; creyóse que el mismo cielo 
quedaba cerrado para aquellos a quienes la Igle- 
sia había dejado de abrir sus puertas ; el perdón de 
Dios dependió del perdón del sacerdote, y la sal- 
vación eterna quedó vinculada con la observancia 
de un reglamento eclesiástico. 

Apoderóse también la Iglesia del elemento dra- 
mático de los misterios, al estilo de los dramas de 
Eleusis y poniendo en acción toda la religión cris- 
tiana . 

Hízose el culto tan teatral como fuera posible j 



170 :a.. peyeet 

hoy mismo, en las principales iglesias, la muerte de 
Jesús con el oficio de las tinieblas, es nn verda- 
dero misterio cantado por varios coros, al estilo de 
la Grecia pagana. 

La cena, que no era sino una conmemoración 
simbólica de la última comida de Jesús con sus dis- 
cípulos, fué, siguiendo el mismo orden de ideas, 
convertida en un sacrificio de Jesucristo, ense- 
ñado y representado poco más o menos como lo 
era la inmortalidad del alma en los misterios de 
Eleusis. Esto fué un drama secreto en que se re- 
presentaba por el pan el cuerpo de Jesús roto y 
por el vino su sangre derramada, mezclando todas 
las ideas que recordaban a los paganos y a los ju- 
díos un sacrificio y una expiación. Llamóse la ce- 
na un sacrificio. Con el andar del tiempo y el au- 
mento de la ignorancia, cundió la creencia de que 
el sacrificio de Jesús era, no representado, sino 
renovado material y realmente en la cena. Enton- 
ces el pan dejó de ser pan, y fué, como lo decidió 
oficialmente el concilio de Trente, Jesucristo, con 
su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Pudo 
erutonces la Iglesia enseñar que el isacerdote, al 
consagrar la hostia, hace a Dios (creatura creato- 
rem facit), y que después de haberlo creado, lo 
sacrifica comiéndolo (manducando sacrificat). 

Este fué, dice Coquercl, el exceso del literalis- 
no de Roma, el i'esultado de la aplicación del es- 
recho e inflexible genio romano al pensamiento 
•ristiano, que era Oriental y judío en su forma 
primitiva, infinitamente amplio y elevado en su 
3sencia. 

Ese cristianismo corrompido atrajo más fácil- 
mente a las masas paganas pero esas conversiones 
externas carecían de seriedad: materializado por 
el seco y áspero espíritu romano, ese cristianis- 
mo se tornó exterior, pomposo, autoritario, y fi- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 171 

Kalmente constituyó un poder político, que fué el 
primero de todos en la Edad Media, pero que ac- 
tualmente es el último. 



II 

Los cñstiamsmos de los primeros padres y de 
los herejes 

Ya sabemos que el cristianismo judaizante re- 
cibió el golpe de gracia con la ruina del templo 
de Jerusalem. 

Desde entonces no era posible permanecer es- 
trictamente fiel a la ley mosaica. 

Sin embargo, la idea subsistió en la Palestina 
con la secta de los ehionitas (miserables, pobres), 
de la cual hablamos ya, que odiaba a San Pablo y 
observaba estrictamente la ley de Moisés (circun- 
cisión, abstinencias, etc.) y negaba expresamente 
cualquier carácter divino en Jesucristo. 

Entonces vemos aparecer a los gnósticos. 

Los gnósticos toman su nombre de la palabra 
gnosis, conocimiento. La cjnosis había llegado a 
confundir las teorías más abstractas de la filosofía 
griega en su decadencia de mil modos diferentes 
con las especulaciones confusas de los sueños orien- 
tales. I 

El punto de arranque de sus sistemas era el 
siguiente: Dios personifica sus propios atributos, 
tales como sabiduría, palabra y un sinnúmero de 
otros. Esos atributos personificados emanan de él; 
cada una de esas emanaciones llámase un Eon. 

Uno de esos Eones, y el último de todos, según 
muchos gnósticos, es el autor del universo o el De- 
miurgo; según otros, creó el mundo de la nada; 



172 A. PEYKET 

según el mayor número, elaboró solamente la ma- 
teria que es eterna como el mismo Dios. 

Los gnósticos alejandrinos atribuyen a la ma- 
teria la existencia del mal; los de Siria acusan 
de ello al Eon demiurgo, llamándolo malbeclior. 

Estando el hombre envuelto en la materia y 
el mal, otro Eor.' (el Cristo) intervino para salvar 
la humanidad; pero Jesús no fué ese mismo Eon; 
no fué sino su delegado, o según otros, una mera 
apariencia sin realidad, y cualquier hombre pue- 
de conseguir la salvación por medio de la con- 
temiDlaeión y por medio de penitencias severas 
prolongadas durante mucho tiempo. 

Los gnósticos interpretaban la escritura por el 
método alegórico, distinguiendo lo que debía de- 
secharse como proviniente del Demiurgo. En pos 
de abstinencias crueles, la idea de la impureza 
acarreó entre ellos abusos opuestos del todo y 
des')rdenes espantosos. 

Tuvieron escuelas de panteistas (Alejandría) y 
dualistas (Siria), y en fin otras (Asia Menor), 
enemigas ardientes del judaismo. Marcion perte- 
neció a la última. 

El gnoticismo produjo el maniqueismo. ManeSi 
nacido en Persia, edificó su sistema sobre la anti- 
gua idea persa de los dos principios, haciendo en- 
trar en él las religiones más diferentes. Sus adep- 
tos admitían como sagrados el nuevo testamento, 
los escritos atribuidos a Zoroastro y los suyos. La 
vci-ida de Jesucristo al mundo era para ellos la 
manifestación de la luz. Predicaban la metemsi- 
cosis, el ascetismo, la abolición de la propiedad, 
de la jerarquía eclesiástica. Esa doctrina tuvo 
gran éxito, invadiendo sucesivamente el Asia, el 
Egipto, la Italia, Roma y la Francia meridional, 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 173 

El titulado símbolo de los apóstoles — que nunca 
fué compuesto por ellos — tuvo por objeto dar una 
base fija a la doctrina de la Iglesia, apartando las 
ideas de los gnósticos y de otros herejes. 

La palabra símbolo significaba entonces una 
marca por medio de la cual uno se hacía recono- 
cer por los suyos. Exigióse ese símbolo en mo- 
mentos del bautismo y de la admisión en la Iglesia . 



Los padres de la Iglesia que más trabajaron 
para la propagación de la religión nueva, fueron: 
Ireneo, obispo de León en Galia, Tertuliano de 
Cartago, quien cayó en la herejía de los Monta- 
ñistas; Cipriano, su discípulo, quien luchó enér- 
gicamente contra la autoridad que el obispo de 
Roma pretendía arrogarse sobre sus colegas; Jus- 
tino, filósofo pagano, que murió por la fe cristia- 
na; aunque algunos lo dudan, San Justino creía, 
como la mayor parte de los cristianos de su tiem- 
po, en la realidad de los dioses del Olimpo, pero 
para él esos dioses eran demonios, y Justino les 
atribuía las persecuciones que sufría la iglesia; 
San Teófilo, de Antioquía, inventor de la palabra 
Trinidad; Clemente de Alejandría quien conci- 
llaba la filosofía con el cristianismo, diciendo que 
la primera había sido la preparación necesaria 
del segundo y negaba que los paganos fuesen con- 
denados; Alamantius, el creador de la crítica sa- 
grada; Orígenes, quien negaba el reino de mil 
años esperado por judíos y cristianos, lo mismo 
que la eternidad de las penas, profesaba la doc- 
trina del perfeccionamiento gradual de los seres, 
e interpretaba la escritura con toda libertad. 

Debe notarse que los padres orientales, los pa- 
dres griegos tuvieron vistas mucho más amplias 



174 A\ PBYEBT, 

que los latinos ... La iglesia católica, heredera 
del senado romano, se mostró habilísima para dis- 
ciplinar las almas y dominarlas. . . 

Entretanto llegaba el momento de la crisis de- 
cisiva. La religión cristiana iba a convertirse en 
una manera de domar las almas, en un medio de 
gobierno. "La centralización imperial se apodera 
del cristianismo, para transformar la iglesia en 
Tina ladiministración oficial, y la que antes era la 
libre reunión de todos los creyentes, en una terri- 
ble oligarquía clerical que llegó a ser cada vez más 
invasora y más opresora. Así es cómo se verificó 
una transformación más radical que las anterio- 
res, con un sello del todo diferente y que ha ejer- 
cido sobre el porvenir del cristianismo una íe> 
fiuencia enorme, cuyo término no presenció toda 
vía la Iglesia". (Coquerel) . 



ni 

El cristianismo de Constantino 

A fuer de político profundo, comprendió Cons- 
tantino el partido que podía sacarse de la Iglesia 
cristiana que se había convertido^ desde principios 
del siglo cuarto en una potencia verdadera, y que 
quería entenderse con el poder ofreciéndole sus 
servicios cor: la doctrina acomodaticia de la obe- 
diencia y de la resignación. Todo poder, dice San 
Pablo, viene de Dios, y los apologistas de la Igle- 
sia habían ido desarrollando esa premisa del de- 
recho divino. 

Constantino al)razó la religión nueva, pero que- 
dánrlosc soberano pontífice de los paganos, decla- 
róse también ohispo de las cosas del exterior, y en 
realidad fué un papa absoluíto. Sin duda pensaría, 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMÓ 175 

como más tarde otro déspota (Napoleón), que el 
clero católico con sn organización formidable se- 
ría una perfecta gendarmería de las almas. 

Habiéndose declarado cristiano el emperador, 
muchos lo imitaron para hacer lo mismo que el 
jefe del estado: esta observación es de Montes- 
quieu . 

La Iglesia creyóse seg-ura del triunfo. Constan- 
tino colmó al clero de favores, dándole el derecho 
de poseer, enriqueciéndolo con las confiscaciones 
hechas sobre los judíos, los paganos y los herejes, 
exonerándolo de la mayor parte de las contribu- 
ciones y de las prestaciones obligatorias, lo mis- 
mo que de las cargas municipales. De allí resultó 
que un sinnúmero de ricos se hicieron sacerdotes 
para no pagar, menguando el producto de las con- 
tribuciones, y el emperador, para cortar el abu- 
so, prohibió el sacerdocio a cualquier individuo 
bastante rico para ser decurión (municipal). Ade- 
más de esos privilegios, el clero consiguió también 
la exoneración del tormento, del juramento, del 
testimonio, y el obispo llegó a ser juez de todas 
^as causas consideradas como eclesiásticas. En fin. 
los concilios dieron a las iglesias el derecho de 
asilo que poseían anteriormente los templos pa- 
ganos . 

Todas esas prerrogativas rebajaron el nivel re- 
ligioso y moral del clero. 

El derecho civil fué revisado desde el punto 
de vista cristiano y suavizado; pero al mismo 
tiempo se dictaron leyes rigurosas contra los pa- 
ganos, los judíos, sobre todo los herejes. La pena 
de muerte no fué dictada a este respecto hasta 
Teodosio, siendo aplicada por Maxencio (387) a 
Prisciliano, el primer mártir de la intolerancia 
católica. 



176 A. PEYEBT 

La organización política del imperio fué el mo- 
delo de la Iglesia, adoptándose la mayor parte 
de las divisiones administrativas del estado. Los 
obispos de Roma, Constantinopla, Alejandría, An- 
tioquía y Jerusalem fueron llamados patriarcas y 
a veces exarcas. Abajo de ellos estaban los obis- 
pos metropolitanos que solían residir en la capi- 
tal de la provincia o en alguna ciudad afamada 
por haber sido la morada de algún' apóstol. 

Hasta entonces la iglesia romana dominaba sólo 
sobre las provincias dichas su'bvr'bicariasf pero, 
habiéndose trasladado el asiento del imperio a 
Bizancio, el patriarca de Eoma llegó a ser el per- 
sonaje más importante de la ciudad eterna, y ese 
prestigio contribuyó mucho a establecer su supre- 
macía. Favoreciólo también la circunstancia de 
ser el único patriarca del Occidente, mientras que 
el Oriente tenía cuatro; sobre todo cuando se di- 
vidió el imperio. 

El título de papa, que significa padre, se daba 
a los obispos, y sólo más tarde llegó a ser el ex- 
clusivo del obispo de Roma. 

León el Grande atrevióse a decirse obispo de 
todas las iglesias, a fuer de sucesor de los obispos 
Pedro y Pablo; los de Milano, Aquilea, Ravena y 
sobre todo los de África, habían protestado contra 
las prerrogativas que se atribuía la Sede romana 
y se declararon independientes. Ya Cipriano ha- 
bía defendido enérgicamente los derechos del epis- 
copado comtra el papado naciente. Un concilio 
congregado en liipona decretó que el obispo de 
Roma no es en modo alguno príncipe de los sa- 
cerdotes, siendo solamente el obispo de la prime- 
ra de las sedes episcopales; pero León el Grande 
obtuvo de Valontiniano III un edicto que declaró 
al obispo de Roma jefe de los obispos de Occidente 
y su juez supremo, poniendo, en caso de necesí- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 177 

dad la policía imperial a la disposición del obis- 
po romano para obligar a sus colegas de Occidente 
a comparecer ante él. Fracasó León, cuando pre- 
tendió extender sus poderes al Oriente donde rei- 
naba otro emperador e imperaban otrots patriar- 
cas. Fracasó igualmente, cuando quiso hacer anu- 
lar por el concilio de Calcedonia la supremacía 
que se había arrogado el patriarca de Constanti- 
nopla sobre todo el Oriente, como el mismo León 
lo hiciera sobre el imperio de Occidente. 

Así es como se engrandeció por medios meramen- 
te humanos el poder ele los papas, sin conseguir 
iamás hacerse universal. 



Por lo visto, el cristianismo había decaído mu- 
cho al convertirse en religiór.' de estado. Hízose 
una reacción: a la religión mundana e imperial 
respondió la religión enemiga de la sociedad, ex- 
traña a la familia, la religión de los monjes. 

Debe añadirse nue estaba en la lósriea del Evan- 
gelio ; el cristianismo, tomado al pie de la letra, 
es el monaauismo. La vida perfecta no puede 
llevarse sino erj la soledad, o por lo menos en el 
monasterio. ! 



Había iniciado el movimiento, imitando a Juan 
Bautista y a los ascetas orientales, un joven de 
Heraclea' llamado Antonio, dando sus bienes a 
los pobres y yendo a vivir en el desierto, asediado 
por el diablo, es decir, por su propia imaginación. 

Muchos lo imitaron.'. La Tebaida se pobló de 
solitarios. Pacomo, Martín de Tours, Casiano, Be- 
nito, crearon conventos y reglamentaron la vida 
comiin de sus monjes. El cristianismo reprodujo 
los errores del budhismo. No debe olvidarse que 



178 A. PEYEBT 

ya tenía los aaitecedentes de los esenios y de los 
terapeutas ; ya sabemos que el cristianismo heredó 
sobre todo las tradiciones del esenismo. 

El celibato cobró prestigio; los sacerdotes casa- 
dos gozaron dé menos respeto que los monjes. El 
concilio de Nieea estuvo a punto de probibir el 
matrimonio al clero; opúsose el monje Pafnucio. 
La ley del celibato eclesiástico fué proclamada 
por primera vez en 386, pero costóle trabajo, co- 
mo ya bemos visto, generalizarse en Occidente, y 
en Oriente jamás lo consiguió. 

El clero cristiano habíase convertido ez: un ejér- 
cito activo, disiciplinado, mandado por jefes tan 
diestros como ambiciosos ; a éstos les convenía sus- 
traerlo del todo a las obligaciones de la vida fa- 
miliar y civil para sujetarlo mejor a su imperio; 
este fué el objeto del celibato eclesiástico impues- 
to por el papado a la iglesia occidental. 

El cristianismo iba convirtiéndose en catolicis- 
mo, iba paganizándose . 



El culto de los santos reemplazó el culto de los 
dioses tutelares de otro tiempo. El aniversario del 
suplicio de los mártires llegó a ser un día de fiesta. 
Tal ñié la veneración de los cristianos por sus ce- 
nizas, que los paganos los; llamaron los cinerarios. 

Las iglesias se llenaron de imágenes sagradas; 
la pintura, la escultura, la arquitectura se pusie- 
ron al servicio del nuevo culto. 

Las ficsdas del politeísmo fueron sustituidas por 
fiestas cristianas; por ejemplo, la fiesta de Navi- 
dad se puso en la fecha de las Saturnales y de 
las fiestas de Mitra, es decir, en el solsticio de 
invierno, y la Purificación de María en las fechas 
de las Lupercales. Constantino prohibió todo tra- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 179 

bajo el día domingo, con excepción del de la co- 
secha. 

Empezó a desarrollarse entonces el culto de 
María. Algunos padres del siglo cuarto, apasio- 
nados por el celibato, pretendieron que María se 
había quedado virgen, a pesar del testimonio de 
los cuatro evangelistas que nombran a los her- 
manos de Jesús y mencionan a las hermanas. Pau- 
latinamente, se tributó a la madre del Cristo los 
mismos homenajes que la sociedad pagana solía 
ofrecer a algunas diosas, dedicándosele una clase 
especial de pasteles que hasta entonces se consa- 
graban a Cibeles. Debe decirse que protestó el 
obispo de Antioquía, Epifanio. 

Los primeros padres de la iglesia no le profesa- 
ban mucha veneración a María. Tertuliano la acu- 
sa de haber sido todavía incrédula, — como sus hi- 
jos más jóvenes, — cuando ya se habían convertido 
las hermanas de Lázaro. 

En el concilio de Efesio se la declaró madre de 
Dios, para refutar a Nestorio, quier; había ense- 
ñado la separación de las dos naturalezas en Cris- 
to y sostenido que María era la madre del Cristo- 
hombre, pero no del Crísto-Dios. 

Tras la condena de Nestorio vinieron las innu- 
merables imágenes que representan a la virgen y 
al niño. Cirilo, el promotor de la condena, había 
vivido en Egipto, de donde trajo la imagen de la 
diosa Isis que alza en su brazos, o da de mamar 
a su hijo Horo. Declarada madre de Dios, María, 
- con el tiempo, se convirtió en divinidad, siendo 
naturalmente popular entre los paganos converti- 
dos que le dieron el nombre, llevado antes por 
Vesta, por Rhca y sobre todo por Cibeles, el de 
la luena Diosa. 

La predicación iba perdiendo en Occidente su 
importancia, pero continuaba siendo en Oriente 



180 A. PEYEET 

una parte considerable del culto. Allí el pueblo 
oía de pie, como se practica todavía en la iglesia 
griega, y aplaudía. Los legos y los monjes no pre- 
dicaban. SíT' embargo, bízolo más de una vez 
Constantino, pero él era pontífice supremo. 

Dábase la comunión a todas las personas pre- 
sentes, y aún a los niños. El obispo, desde el al- 
tar, repartía el pan, con levadura en Oriente, y 
sin levadura en Occidente ; seguidameinte un diá- 
cono daba la copa a todos los comulgantes. No 
se trataba entonces de la presencia real de Jesús 
en la hostia. San Atanasio admitía en el pan y en 
el vino solamente la presencia espiritual de Je- 
sús, como hizo más tarde Calvino ; Sam Agustín, 
como la mayor parte de los protestantes, conside- 
ra el pan y el vino eomo signos. 



El bautismo se hacía por inmersión y sumiendo 
al neófito tres veces en el agua ; a los enfermos 
se les regaba con algunas gotas. Ado^ntóse para 
la ceremonia nupcial, la mayor parte de los usos 
paganos, icomo lais dos coronas, los amil los y el 

velo. ■ ;-^-;^'=^'«5T'T?![^^ 

Las peregrinaciones tomaron gran desarrollo- 
dcvsde que Santa Elena, madre de Constantino, hu- 
bo visitado la tierra santa, doude se dcseubricrou 
con este motivo el Calvario, el santo sepulcro, el 
leño y los clavos de la verdadera cruz y un sin- 
número de objetos más. En vano protestaron con- 
tra esas romerías, San Agustín, San Juan Crísós- 
torao, San Gregorio de Niza y San Jerónimo. 



Más B/delante hablaremos del gran conflicto del 
Arianismo, esa última tcntaliva, ilógica y tímida, 



L"A EVOLUCIÓN DEE CRISTIANISMO 181 

para sobreponer Dios a todo, aun al Cristo. En 
esa circimsítancia el monoteísmo judío fué venci- 
do por el politeísmo romano. 

Veremos también que Constantino no consiguió 
dar a la cristiandad la unidad prometida, cuya 
unidad nunca llegó a establecerse. 

Por un lado, el cisma se hizo definitivo, irrevo- 
cable, entre el Oriente y el Occidente, y por el 
otro, Mahoma, reanudando la tradición de la igle- 
sia primitiva, arrancó al cristianismo paganizado 
y devolvió al monoteísmo las provincias asiáticas 
y africanas con la casi totalidad de la península 
ibérica. Tal fué el resultado de las inacabables 
controversias teológicas, inauguradas por la Igle- 
sia mancomunada con el imperio. 



CAPITULO X 

EL DOGMA DE LA DIVINIDAD DE JESUCRISTO (1) 



Hemos visto que, para los primeros discípulos 
de Jesús, para los judeo-cristianos, Jesús era un 
hombre, un profeta, un individuo inspirado de 
Dios, un Mesías, pero de ningún' modo un Dios. 

Para Pablo, Jesús es el primogénito de toda 
creación (prototokos pases ktiseós) . — Por medio 
de él la humanidad aplacó la cólera divina j ven- 
ció la muerte. 

Hay en cada uno de nosotros un hombre inte- 
rior, espiritual, un Cristo, que debe elevarse a la 
altura de su prototipo celestial. Una vez llevada 
a cabo su obra, ya no hay Cristo, o, si se quiere, 
somos todos Cristos, hombres regenerados, seme- 
jantes a él, y entonces su misión queda concluida. 

Las ideas de Pablo, oscuras, mal comprendidas, 
no prevalecieron, ni siquiera en las iglesias fun- 
dadas por él. 

El helenismo (la fisolofía helénica) introducien- 
do en la religión cristiana la doctrina del verbo, 
produjo por consecuencia el dogma de la divini- 
dad de Jesucristo. La apología de Justino, el 
cuarto evangelio, indican esa evolución, en cuya 



(1) Para este capítulo heiuo3 coasultado a Alberto Revillc. 



184 Á. PÉYBET 

virtud el Mesías de los judíos Jesús, \ino a quedar 
identificado con el Logos de los griegos. 

La concepción monoteísta de los judeo-cristianos 
hizo lugar a una concepción diteísta. 

Esto constituye la doctrina del verbo encama- 
do, que fué ganando terreno en la segunda mitad 
del segundo siglo y durante todo el tercero. 



Mas, tanto en Oriente como en Occidente, doc- 
tores prestigiosos la entendían con grandes dife- 
rencias, como lo prueban Irineo, Tertuliano, Cle- 
mente de Alejandría, Orígenes. 

Así mismo, iba acompañada con enérgicas pro- 
testas por parte de numerosos cristianos que con- 
sideraban como un verdadero diteismo esa doctri- 
na de un Dios secundario, encamado en Jesús. 

Protestaron especialmente los ebionitas, los na- 
zarenos, es decir los judeo-cristianos, los cristia- 
nos de la primera hora, que se mantuvieron siem- 
pre unitarios hasta el momento de desaparecer 
en el siglo siete. 

Entre los unitarios deben nombrarse también los 
patripasiunos, es decir los que sostenían que Je- 
sús era simplemente Dios en un cuerpo humano, 
de donde resultaba que Dios el padre había sufri- 
do la pasión, y ios sabelianos. Sabelius concibió 
el verbo, no como una persona divina que, en un 
momento detenninado salía del seno de Dios el 
padre para servir de intermediario entre éste y 
la creación, sino como un principio de movimien- 
to intra-divino, riuc impulsa la unidad o la móna- 
da a desarrollarse en tríada. Dios, mediante el 
verbo, llega a ser sucesivamycnte padre, hijo y es- 
píritu santo. Esos tres nombres designan, no a 
tres seres personales distintos, sino a tres facea 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO; 185 

O modos (prosopa) de la divinidad, correspon- 
diendo a otros tantos períodos de la historia. Co- 
rresponde el padre al período de la ley, el hijo 
al del Evangelio, el espíritu al de la Iglesia. Mas, 
cuando Dios se revela a fuer ,de Mjo, el padre 
vuelve a entrar en la mónada; del mismo modo, 
cuando se revela a fuer de espíritu, el hijo queda 
reabsorbido en Dios. 

Esto constituye la herejía dicha sahelianismo. 
pues la trinidad proclama la existencia de tres 
personas distintas en un solo Dios, y no de tres 
cualidades o facultades pertenecientes a una sola 
persona. 

Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, dijo 
(260) que el Cristo es verdaderamente un hom- 
bre, pero un hombre hecho divino, divinizado 
(theopoietheis). por su perfección religiosa y mo- 
ral. Para él, era el verbo o Logos, er: Dios como 
en el hombre, el principio del pensamiento, reve- 
lándose en la creación y elevando hacia Dios la 
razón y la voluntad de todo hombre. En virtud 
de esa acción del verbo, ejercida de un modo ex- 
celente, Jesús de Nazaret se ha convertido en el 
hombre-Dios; hablando de otro modo, el hombre 
perfectamente unido con Dios y en quien Dios se 
revela para salvar el linaje humano. 

Mas, todas esas protestas quedaban inutiliza- 
das; no le había llegado la hora al racionalismo. 
Las masas eran todavía politeístas, a fines del si- 
glo tercero, sobre todo en Occidente; iba impe- 
rando en la Iglesia la doctrina del verbo, del Dios 
secundario hecho hombre en Jesucristo. 



186 A. PEYEEÍ 



n 



A principios del siglo cuarto, ¡aparece Ario, 
presbítero o pastor de ima parroquia de Alejar- 
dría, y sienta la doctrina siguiente: 

El hijo es subordinado al padre ; todos ^concuer- 
dan sobre el particular. Luego no es absoluta- 
mente Dios, no es igual al padre, no es de la mis- 
ma sustancia; porque sino sería perfecto, y babría 
dos dioses iguales en todo, lo que sería politeísta 
y absurdo. 

Al lado del ser increado no puede haber sino 
seres creados, es decir sacados de la nada por 
Dios, nacidos en el tiempo. 

Luego el hijo no es eterno, es una hechura, la 
primera, la más sobresaliente de las hechuras; es 
engendrado, formado, no tiene en sí el principio 
de su existencia, no es una palabra coesencial ni 
consustancial con el padre (omousios). no existe 
desde toda eternidad; hubo tiempo en que no 
existía . 

Habiendo formulado esa doctrina, Ario se vio 
destituido y excomulgado por un concilio celebra- 
do en Alejandría, bajo la presidencia de Alejan- 
dro, obispo. Pero tenía sus partidarios entre los 
obispos de Oriente, y para cortar la cuestión, 
Constantino convocó el concilio ecuménico de Ni- 
cea (año 325) . Constantino, como es sabido, ha- 
bía abrazado el cristianismo, comprendiendo que 
la Iglesia era la única fuerza que quedaba de pie 
en medio de la desorganización general, y quería 
subordinarse esa fuerza; pues, siendo ya de dere- 
cho soberano pontífice de los paganos, sería fá- 
cilmente el jefe verdadero de la cristiandad, y de 
ese modo reinaría sobre las almas como sobre los 
cuerpos de todos. 



t'A EVOLUCIÓN DEi: CEISTIANISMO 187 

Atanasio, arcMdiácono de Alejandría, fué el 
corifeo de los que combatían la doctrina de Ario, 
afirmando que el Verbo, o el Hijo, es de la misma 
substancia que el Padre. 

La mayoría hubiese deseado encontrar un tér- 
mino medio para conciliar ambas doctrinas, pero 
intervino Constantino, y bajo la presión del po- 
der temporal triunfó Atanasio, aunque votaron en 
contra diez y siete obispos, que cedieron casi to- 
dos más tarde a la seducciones y a las amenazas 
imperiales. Resistieron Ario, Theonas, obispo li- 
bio, Segundus, obispo de Tolemais, que fueron de- 
puestos y desterrados. Eusebio, de Nicomedia, y 
Theognis, de Nicea, que consentían en subscribir 
la confesión de Nicea, pero no los anatemas que 
la acompañaban, fueron desterrados a Galia. 

Con todo, el arianismo no se dio por vencido, y 
más tarde, el mismo emperador, comprendiendo 
el error que había cometido, volvió a llamar a 
Ario; pero este murió repentinamente en momen- 
tos de entrar en Constantinopla, castigado por 
Dios segim unos, envenenado por sus adversarios 
según otros. 

Adoptóse entonces una doctrina llamada semi- 
ariana, diciéndose que el Hijo no era precisamen- 
te consubstancial, sino semejante al Padre, 
cmoioiisios en vez de omousios; de manera que to- 
da la diferencia parecía estribar en una i. Recién 
con el emperador Teodosio llegó a imperar la doc- 
trina de Atanasio, al menos en el imperio roma- 
no, porque los Godos, los Vándalos, los Suevios, 
los Burgondos, los Longobardos, abrazaron el aria- 
nismo y lo conservaron después de la conquista 
de las provincias occidentales. 

Debe confesai-se que el arianismo era inconse- 
cuente, porque en realidad su Jesús no era ni 
hombre ni Dios. 



188 X, PEYEET 

Luego no era preciso ir adelante hacia el uni- 
tarismo, el monoteísmo, o retroceder hasta la divi- 
nización de Jesús, un nuevo politeísmo. Las masas 
ignorantes debían dar el triunfo a la última doc- 
trina,- eran teológicas, querían un dios más, un 
dios palpable: nada entendían de sutilezas teo- 
lógicas. Así podían satiisfacerj mejor! su devo^ 
ción . 



El dogma de la divinidad de Jesús traía por 
conF'ecuencia el dogma de la Trinidad y el de la 
dualidad de naturaleza en esa persona. En pos 
de la antítesis debía venir la síntesis. 

El símbolo adoptado en el concilio de Nicea no 
entraba en detalles a este respecto, ciñéndose' a 
enunciar la trilogía antigua, Padre, Hijo y Espí- 
ritu Santo.. 

El segundo concilio de Consitantinopla (381) 
convocado por Teodosio, añadió la declaración si- 
guiente : 

"Creemos en el Espíritu iSanto que vivifica, 
que procede del Padre, a quien es preciso adorar 
y glorificar con el Padre y el Hijo, quien habló 
por boca de los profetas . ' ' 

Así quedó completada la triplicidad de la per- 
sona divina, declarándose la identidad de esencia 
del Eispírítu con la^s demás persoras. 

Entretanto, Apolinario negaba que Jesús hu- 
biese sido realmente un hombre; fué excolmugado 
y condenado, pero resucitó su idea con el nombre 
de monofisismo (una sola naturaleza). 

Ncstorjo simpatizaba con los que separaban las 
dos jiatu ralezas y se negaba a llamar a María ma- 
dre de Dios (teotocos), porque, decía, Dios no tiene 
madre, y no se puede parir a su creador y María 
sólo pudo parir la naturaleza humana con la cual 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 189 

el Verbo divino quería hacer su órgano. Nesto- 
rio fué condenado en lel concilio ecuménico de 
Efesio (431) . El concilio decretó que Jesús era 
al mismo tiempo Dios y hombre, siendo las dos 
naturalezas coiifundidas y no anexas, sin dar más 
explicaciones. El nestorianismo subsistió en Asia 
hasta nuestros días. 



Hubo una reacción contra esa doctrina en el 
concilio dicho el salteamiento de Efesio (449), 
pero los partidarios de las dos naturalezas vol- 
vieron a triunfar en el concilio de Calcedonia (4" 
concilio ecuménico) . Quedó desde entonces en- 
tendido que Jesús era verdadero hombre y ver- 
dadero Dios, uniendo en bí las dos naturalezas 
''sin confusión, sin mutación, sin división, sin se- 
paración, conservando las dos naturalezas cada 
una su propiedad", sin que eso alterase en nada 
Ja unidad de la persona. 

El monofisismo se mantuvo en Palestina, en 
Egipto, en Siria, en Mesopotamia. 

Otra herejía fué el monotelismo (unidad de 
voluntad) . Un nuevo concilio ecuménico (sexto) 
la condenó, decidiendo que Jesús, Dios-hombre, 
poseía dos voluntades, una divina, otra humana, 
advirtiendo que ésita quedaba siempre e invaria- 
blemente sometida a la voluntad divina ¡todopode- 
rosa : es decir que en el fondo se negaba lo que sñ 
afinnaba. 

El monotelismo continuó subsistiendo en Asia. 

El Oriente se agotaba én esas disputas inaca- 
bables. El Occidente, menos especulativo y más 
práctico, llegó más pronto a un resulitado decisi- 
vo. Agustín se pronunció por el dogma de la 
Trinidad, confesando que el hombre animal no 
puede comprender las doctrinas de esa clase, y 



190 Á.. PEYEET 

también por el dogma de las dos naturalezas, di- 
ciendo que Jesucristo era hombre y Dios en una 
sola persona, lo mismo como cada uno de nosotros 
es carne y espíritu. Esto, en realidad, importa- 
ba restablecer el monofisismo. 

Mas, como lo dice Alberto Reville, esos pecados 
contra la sana lóg-ica ni siquiera fueron notados. 
Redaotóse nna confesión de fe trinitaria, de ori- 
gen incierto, compuesta probablemente en Espa- 
ña, pero que no se mencionó auténticamente antes 
del siglo octavo, titulada Símbolo de Atanasio, 
siendo éste un verdadero desafío a la historia y 
un resumen de todo el trabajo del pensamiento 
cristiano durante los siete primeros siglos, el fun- 
damento y la coronación de la ortodoxia católi- 
ca. 

Allí está formulado con todo su rigor el dogma 
de la Trinidad: 

''Consiste la fe católica en aídorar a un solo 
Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la Uni- 
dad, sin confundir las personas ni dividir la subs- 
tancia. . . Pues en esa Trinidad, las tres personas 
son coeternas y coiguales, de manera que en toda 
cosa, como se dijo, debe adorarse a la unidad en 
la Trinidad y a la Trinidad en la Unidad . . . 

"Debe creerse también en la encarnación de 
Nuestro Señor Jesucristo, engendrado antes de los 
siglos, y hombre de la substancia de su madre, 
nacido en el tiempo; dios perfecto, y hombre per- 
fecto, etc., etc., etc. 

"El cual sufrió por nuestra salvación, bajó á 
los infiernos, resucitó de entre los muertos el fter- 
cer día, subió al cielo, se sentó a la derecha del 
Padre, Dios Todopoderoso; desde donde vendrá a 
juzgar a los vivos y a los muertos; a cuya venida 
todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y 
deberán dar cuenta de sus obras. Y los que ha- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 191 

yan obrado bien iíán a la vida eterna; los que 
hayan hecho mal, ai fuego eterno. 

"Tal es la fe católica; si un hombre no la cree 
fiel y firmemente, no puede salvarse . ' ' 



III 

Tal es la ortodoxia católica, qué dista mucha, 
como se ve, del Evangelio primitivo: no puede ha- 
ber mayores contradicciones, y, sin embargo, se im- 
pusieron a la humanidad durante diez siglos, has- 
ta que el espíritu humano volvió a despertar con 
el Renacimiento y la Reforma. Esta pareció al 
principio defender el incomprensible dogma, pues 
Calvino hizo condenar a IVIiguel Servet al supli- 
cio del fuego por haberlo negado; pero de entre 
los mismos reformados no tardó en salir una sec- 
ta que se declaró antitrinitaria, la de los socinia- 
nos, proclamando que Jesús era un hombre, nada 
más, nada menos. 

Su argumentación era la siguiente: La Trini- 
dad es una contradicción manifiesita. Supone en 
la divinidad tres personas, distintas unas de otras 
por propiedades individuales y exclusivas, el Pa- 
idre por la dbsoluidad de su ser, el Hijo por su 
cualidad de ser engendrado, el Espíritu por la de 
ser procedente, y al mismo tiempo pretende ser 
consecuente con el monoteísmo, afirma que sólo 
hay un Dios. Tanto vale decir que tres es igual 
a uno y que uno es igual a tres. Por más que 
diga la ortodoxia que el misterio excede la razón, 
su Trinidad no excede la razón, sino que la des- 
truye, que la niega. Lo único que consiguieron 
los Padres y los escolásiticos, fué evidenciar más 
y más la contradicción absoluta del dogma orto- 
doxo. Ninguno de los conciliadores pudo evitar 



192 A. PEYEET 

el escollo, o del triteísmo que niega la unidad, o 
del modalismo, que niega las personas, reducién- 
dolas a la condición de atributos. 

Otro argumento: El dogma ortodoxo pugna con 
la noción de la perfección divina. La propiedad 
que hace que cada persona es distinta de las dos 
otras, ¿es una perfección o una imperfección? Si 
es una imperfección, la cuestión está resuelta, por- 
que no puede haber imperfección en Dios, Si es 
una perfección, falta a las otras dos. 

Otro argumento: El dogma dice que eí Hijo 
es una persona divina engendrada eternamente 
por el Padre de su substancia propia. Pero ¿qué 
significa la idea de generación, cuando se trata de 
Dios? Además, Dios, el Padre, posee en sí mismo 
toda perfección de un modo inmutable. Pero si 
engendra a otro Dios que le es enteramente icl'" - 
tico, deja de ser absolutamente perfecto, porque 
la existencia de dos perfecciones absolutas en fren- 
te una de otra trae aparejada una contradicción. 

Otro argumento : Según el dogina ortodoxo, el 
Hijo, Dios infinito y perfectq con el mismo título 
que el Padre, llegó a ser hombre, uniendo la na- 
turale5^a divina perfecta y la naturaleza humana 
completa en la unidad de su persona. Allí está, 
pues, un sujefto, una conciencia doble, que se sa- 
be a la vez infinita y finita, perfecta e imperfec- 
ta, impasible y doliente, impecable y tentada, sa- 
biendo todo e ignorando muchas cosas, implorán- 
dose y dándose satisfacción a sí misma. Antes de 
la encarnación, había tres dioses que tenían en 
común la naturaleza divina, pero nada más; des- 
de la encarnación, verificóse una mudanza grave 
en la divinidad; la naturaleza humana le es des- 
de entonces inherenite. Si por otra parte debe to- 
marse a lo serio esa divinidad del Cristo, debe ad- 
mitirse que el creador del universo nació en el es- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 193 

tado de embrión humano, que ha gritado, chupa- 
do la leche de una mujer, sufrido todas las ne- 
cesidades animales de la vida corporal, muriendo 
en fin asesinado por manos humanas. 

¿Diráse que en virtud de la distinción de am- 
bas naturalezas, el hombre sólo en Jesús sufrió to- 
das esas miseria;s, mientras que el Dios quedaba 
exento? Mas, entonces ¿cómo pecaba Nestorío 
cuando separaba las dos naturalezas, y no se ve 
la alternativa tremenda: O el hombre-Dios ha su- 
frido y sentido en la unidad de su conciencia per- 
sonal todas esas imperfecciones humanas, y enton- 
ces subsiste toda entera la crítica; o bien la con- 
ciencia de Jesús era doble, lo que una pensaba y 
sentía no era a cada instante ni pensado ni senti- 
do por la otra, y en ese caso ya no hay que ha- 
blar de la unidad de su persona? 

"Dícese que la divinidad absoluta de Jesú<? es 
necesaria para el cumplimiento de su obra como 
Redentor, pue^^rto que la justicia ultrajada infini- 
tamente de Dios reclamaba una satisfacción infi- 
nita. Pero, prescindiendo de las objeciones innu- 
merables que suscita ese modo de entender la re- 
dención, volvemos a caer 3n el mismo calleión sin 
salida. ¿.Quién stifrió en Jesús? ¿El Dios y el 
hombre al mismo tiempo? Mas entonces Dios se 
ha satisfecho a sí mismo, lo que no presenta sen- 
tido, y hacéi=! a un Dios doliente y moribu^ido aue 
deja de sor DioiS. ;. Es el hombre solo? ;. Qué vie- 
ne a ser entonces la expifir>ióii infinita que se de- 
cía necesaria?" (Alberto Reville) . 



En pos del socianismo vino el uniítarismo que 
se desarrolló especialmente en Inglaterra y en 
Norte América. El unitarismo fué la creencia de 
Milton, de Locke, de Newton, de Lardner, de 



194 A. PEYEET 

Priéstley, de Priee, de HoUand, etc. Constituye 
actualmente uno de los elementos de lo que se lla- 
ma el protestantismo liberal; es la religión de la 
mayoría de los hombres ilustrados de los Estados 
Unidos de Norte América, presentando los nom- 
bres de "Ware, de Channing, de Parker. "De su 
seno partieron los grandes movimientos de filan- 
tropía y de reforma social. La unidad de Dios, 
el Cristo reconocido como revelador y modelo de 
nuestra vida religiosa, el amor como atributo en 
Dios y debiendo constituir la cualidad esencial en 
el cristiano, tales son los rasgos constantes de esa 
tendencia notable" (Reville) . 



La libertad de conciencia no tardó en producir 
su última consecuencia la libertad de pensamien- 
to; la filosofía moderna, cuyos patriarcas son Ba- 
con y Descartes, debía borrar esos últimos restos 
del politeísmo antiguo. La crítica histórica ha lle- 
vado a cabo ese trabajo de demolición. Los dog- 
mas de la Trinidad y de la Encarnación, forma- 
dos por el catolicismo para dar una saitisfacción 
a los instintos politeístas y supersticiosos de los 
pueblos ignorantes, modificados por la Eeforma, 
disueltos por la crítica sociniana, inaceptables pa- 
ra la razón, desmentidos por la historia, ya no 
tienen razón de ser en nuestra época de emanci- 
pación intelectual. 

La idea cristiana ha vuelto a su punto de par- 
tida; Jesús había venido a predicar el reino de 
Dios con su Justicia.. La humanidad no pide otra 
cosa, advirtiendo que el reino de Diorsi no cb lel 
reino de la Iglesia, y que la justicia no debe con- 
fundirse con la teología, ni el derecho con el dog- 
ma. 



CAPITULO XI 

LA DOCTRINA CRISTIANA (1) 
I 

La gracia y la predestinación 

¿Qué es el cristianisimo, tal como se fonmiló a 
posterioriy y tal como lo presentan los teólogos? 

El cristianismo descansa en la doctrina de la 
gracia, formulada por San Pablo y desarrollada 
por San Agustín. Encuéntrase también en los 
evangelios, pero no debemos olvidar que los evar'- 
gelios fueron escritos posteriormente y que sufrie- 
ron muchas interpolaciones; en una palabra, la 
doctrina crisitiana no arranca del Evangelio, sino 
que el Evangelio fué compuesto para corroborar, 
confirmar la doctrina. 

La gracia, dice Agustín', es una acción interna; 
y oculta del poder inefable de Dios, por medio 
del cual muda la voluntad del hombre y le da, no 
solamente la aptitud para querer el bien, sino 
taimbién el impulso que debe llevarlo a él. Sin la 
gracia no puede el hombre por sí mismo observar 
los mandamientos de Dios, pues la gracia consiste 
precisamente en la voluntad de observarlos, y es- 
ta gracia viene de Dios. 



(1) Para esta exposición," ho seguido la marcha adoptada por Euge- 
Vcron en su Historia natural de las religiones. 



196 'A. PBTEBT 

Quiere decir esto que la elección no depende del 
hombre. La gracia y la predestinación que la 
acompaña, son, pues, consecuencias necesarias del 
dogma de la soberana potencia divina. 

De allí arranca al dogma del pecado original, 
que es también idea de Agustín . 

Agustín es el primero que declara que, estando 
todos los hombres desde el principio encerrados 
en Adán, todos han pecado en él; que, a conse- 
cuencia de ese pecado hereditario, el linaje huma- 
no corrompido en su naturaleza, esclavo de la 
muerte y de la concupiscencia, despojado del li- 
bre albsdrío e incapaz de levantarse por sus pro- 
pias fuerzas, queda reducido a una masa de per- 
dición destinada a saciar la justicia de Dios, si 
ese mismo Dios, por un prodigio de su misericor- 
dia, no inventa algún medio de salvación. 

Ese dogma del pecado original no está en parte 
alguna del Evangelio, pugna con las mismas pala- 
bras del Cristo. Háse trabajado para descubrirlo 
en Pablo y se ha conseguido por medio de un con- 
trasentido evidente. Los traductores cristianos 
tradncen así el versículo 12 de la epístola a los 
romanos, ch. v. '*La muerte pasó en todos los 
hombres por aquel en quien todos pecaron". 

''Pero hay en el texto griego eph'ó, que signi- 
fica no aquel en quien, sino porque, por la razón 
de que, a .condición que : la muerte pa=?ó en todos 
los hombres, por la razón de que todos han pe- 
cado. ' , i - i T^ 

**Es decir, Adán introdujo en el mundo el pe- 
cado que no existía antes de él y el pecado trajo 
la mnerte. Kcsulta que los hombres se toi'naron 
mortales porque se tornaron pecadores. Pruébalo 
el versículo 15 del mismo capítulo, donde dice Pa- 
blo que, si el pecado introducido por Adán hizo a 
muclios hombres pecadores, la gracia introducida 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIAXISMO 197 

por Jesús se derramará muclio más abundante- 
mente sobre nn gran número. Si se tratase del 
pecado original, Pablo no hablaría de muchos hom- 
bres, sino de todos. 

"Háse invocado también algunos textos de al- 
gunos doctores de la Iglesia primitiva tales como 
Gregorio de Nazianza, Tertuliano, Cipriano, Ar- 
nobio; pero opónese a ello el conjunto de su doc- 
trina. Hay que llegar hasta Hilario y Ambrosio 
para encontrar algo que se parezca a la doctrina 
de Agustín". (E. Véron) . 



El mismo Agustín declara más adelante que, en 
la obra de la justificación, todo procede de la 
gracia divina y que el hombre no contribuye pa- 
ra nada. La fe, el buen querer, la misma docili- 
dad a los llamamientos de la gracia, todo aque- 
llo es mero don de Dios. Hasta la oración, por 
medio de la cual pedimos a Dios nos de la fe, es 
un efecto de la gracia. 

Resulta que las virtudes de los paganos no son 
sino apariencias de virtudes, puesto que no pro- 
ceden de la gracia y no tienen por objeto agra- 
dar a Dios. 

Consiste la predestinación en el designio que 
Dios ha formado de favorecer con su gracia a al- 
gunos hombres, y él prevé cuáles son los que han 
de recibir esa gracia, porque él los destinó a apro- 
vecharla. Los niños que reciben el bautismo antes 
de morir son aquellos a quienes Dios destinó a la 
salvación; los que mueren antes de ser bautiza- 
dos son condenados, no porque Dios prevé que, si 
hubiesen vivido, hubieran sido más criminales que 
otros, sinc simplemente porque no se le antojó po- 
nerlos en el número de los predestinados. 



19S A. PETEBT 

Resulta que la gracia divina no fué dada a to- 
dos y que el Cristo no murió para todos los hom- 
bres, como él mismo lo dijo (en el Evangelio, ^ se- 
gún San Juan, XVII) . 

(Debe el lector recordar lo que dijimos ante- 
riormente sobre los evangelios en general y es- 
pecialmente sobre el de San Juan, que es' el que 
más dista de la prédica auténtica de Jesús) . 

Calvino es el que mejor resumió la doctrina de 
la gracia en su instituciÓ7i cristiana. 

Si Dios elige, todos aquellos a quienes no elije, 
repruébalos. La reprobación viene, pues, directa- 
mente de Dios, como la elección... No debe de- 
cirse que los que perecen se preparan a ello de 
por sí y por su franco aibedrío, sin ser reproba- 
dos de Dios ... No es cierto que Dios, por la pre- 
sencia del pecado no impone la necesidad de pe- 
car... Dios no ve las cosas suceder por otra ra- 
zón, sino por eso y para eso que determinó que 
sucediesen; todo sucede por su ordenanza y dis- 
posición . . . Dios no sólo previo la caída del pri- 
mer hombre y en aquélla la ruina de toda su pos- 
terioridad, SÍ710 que lo quiso así. La causa de la 
predestinación no es que Dios haya previsto los 
méritos de cada uno; Dios, tanto en la elección 
como en la reprobación, no considera para nada 
las obras, ])cro sí su beneplácito es la causa de 
ambas cosas. . . No solamente Dios permite, sino 
que quiere que los inicuos perezcan... El peca- 
do es de necesidad y no debe asimismo dejar de 
imputarse. Es voluntario, y asimismo puede evi- 
tarse.... El hombre ha caído por su falta, por 
su voluntad, aunque por la voluntad de Dios, no 
pudo evitar el caer". 

Pascal, Bosuet, opinan lo mismo. Dice el pri- 
mero: "La justicia de Dios no es la justicia 



LA EVOLtJCIÓN DEL CEISTIANISMO 199 

de los hombres". El segundo, en una carta diri- 
gida a Inocencio XII, protesta con violencia e in- 
dignación contra la horrible herejía que, para los 
niños muertos antes del bautismo, propendía a 
sustituir los limbos al infierno. 

Tal es la doctrina que mana de la enseñanza 
de Agustín y de Pablo. Había sido combatida 
desde los primeros tiempos por los judeo-cristia- 
nos, como lo prueba la epístola de Santiago : ' ' Ya 
lo veis, son las obras las que justifican al hombre, 
y no la fe solamente... Coma el cuerpo sin las 
obras es muerto, así la misma fe sin las obras es 
muerta". 

Santiago había destruido de antemano y com- 
ple(tamente el sistema de Pablo, y de Agustín, es 
decir, todo el cristianismo histórico. 

Los jesuítas abandonaron la doctrina de Agus- 
tín, haciendo condenar el jansenismo que no es 
otra cosa, pero trataron asimismo de conciliar la 
libertad con la gracia, por medio de distiuciones 
sutiles que no pueden subsistir un momento, y sin 
quererlo, abrieron el camino a la humanidad en- 
cerrada hasta entonces en un dogma incompren- 
sible. 

Sobre el jesuitismo hablaremos más adelante. 



n 

Las virtudes teologales ... La fe 

La fe es la primera de las virtudes teologales. 
¿Qué es la fe? 

La fe, dice la epístola de Pablo a los hebreos, es 
el fundamento de las cosas que deben esperarse 
y la demostración de las que no se ven. (XI — I) . 

Quiere decir que el espíritu debe someterse, 



200 X. PEYEEf 

creer, no lo que comprenderá, sino todo cuanto se 
le diga. 

' ' En verdad os digo, si tuvieseis fe como un gra- 
no de cebada, diríais a esa montaña : Pasa de aquí 
allá, y pasaría y nada os sería imposible". (Mateo, 
XVII— 16) . 

"El que crea y sea bautizado será salvado, pero 
el que no crea será condenado". (Marcos, XVI 
-16). 

"Cualquiera que crea en El no perecerá, pero 
tiene la vida eterna . . . Mas quien no cree es con- 
denado ya, porque no cree en el nombre del bijo 
único de Dios". (Juan, III — 15 — 18). 

De allí arranea la conocida máxima: "fuera de 
la Iglesia no liay salvación". 



Los Evangelios afirman la superioridad de la fe 
sobre las obras. 

Pablo presenta contradicciones a este respecto, 
pero no debe olvidarse que todas las epístolas 
atribuidas a Pablo no son de Pablo, y que ade- 
más no podía dejar de establecer algunas reglas 
de conducta para practicarlas, mientras viniese 
el día supremo . Pablo hablaba para una situación 
esencialmente transitoria. 

Sea lo que fuei'e, de todo ello resulta que la fe es 
la condición esencial de la salvación ; pero la fe 
no se adquiere sino por un privilegio divino. Es 
un mero don que Dios concede por gracia a quie- 
nes se le antojó predestinar a la salvación. 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 201 

m 

La caridad 

Dice el evangelio de Mateo : Aimarás ál señor 
tu Dios con tu corazón, con toda tu alma y con 
todo tu espíritu, este es el primero j el mayor 
mandamiento . idéntico es el segando : Amarás a 
tu prójimo como a tí mismo. Con estos dos man- 
damientos se vinculan toda la ley y los profetas. 
(XXII— 37— 41) . 

Esto es repetido por los demás evangelios y 
por Pablo. Todos conocen la admirable definición 
de la caridad que da'^el último en su epístola a los 
coñntios: "Aun cuando hablase los idiomas de los 
hombres y de los ángeles, si no lengo la caridad, 
soy metal que resuena y campana que retumba, 
etc., etc." 

Mas, la caridad, como la entienden los cristia- 
nos, es, lo mismo que la fe, una virtud sobrenatu- 
ral, un don de Dios, un efecto de la gracia, sin 
lo cual deja de tener valor. El primer objeto de 
la caridad, es Dios, siendo él a quien debe amar- 
se sobre todo, y aun podría decirse exclusivamen- 
te. La caridad aplicada a los hombres es una de- 
rivación, una imitación del amor a Dios. Debe- 
mos aunar a los hombres porque Dios los amó: de- 
bemos amarlos en Dios, y no por ellos mismos . 

¿Qué resulta de allí? No debemos amar sin6 a 
los que El ama. No podemos amar en Dios a un 
hereje, reprobado por Dios y condenado por El a 
los fuegos del infierno. Debemos amar a los ami- 
gos de Dios, es decir a los cristianos, a los fieles, 
y a ellos solos. En cuanto a los demás, debemos 
odiarlos. • 

Esta fué, efectivamente, la práctica constante 



S02 '£. PEYEET 

de la Iglesia, conforme a la enseñanza de 'os evan- 
gelios y; de los apóstoles. 

La caridad cristiana se limita estrictamente a 
los cristianos, tan estrictamente que entre esos 
mismos hace todavía nna elección. Desde que de- 
ja uno de estar en estado de gracia, queda con- 
siderado como enemigo de Dios y se le trata a fuer 
de tal. Ya no se reza por él, y principia la ex- 
comunión . 

"El que no oye a la asamblea (la Iglesia) debe 
ser para tí como un pagamo y un publicano". 
(Mateo, XVIII— 15— 16— 17) . 

Olvidamos a menudo que para los doctores cris- 
tianos la caridad es sobre todo y ante todo el 
amor a Dios . El público entiende : amor a los 
hombres y padece una equivocaeión . 

Dista tanto la caridad cristiana de ser univer- 
sal, que el odio al mundo es uno de sus preceptos 
más esenciales, siendo el mundo, es decir todo lo 
que no es cristiano, considerado como enemigo 
de Dios : ' " i, Adúlteros, no sabéis que la amistad 
de este mundo es la enemiga de Dios? Cualquiera, 
pues, que quiera ser el amigo de este mundo se 
convierte en enemigo de Dios". (Santiago, IV — 
4) . "No améis al mundo y lo que es de este mun- 
do. Si alguien ama al mundo, la caridad del pa- 
dre no está en él". (Juan, epist. la.) 

Pablo expresa el mismo pensamiento en su epís- 
tola a los romanos. "Si el que te odia tiene ham- 
bre, dale pan, de comer, y si tiene sed, 'dale agua 
de beber. Pues juntarás carbones para ponérselos 
en la cabeza y el eterno te lo devolverá". 

Quiere decir que, al hacer bien a su enemigo, 
el cristiano obedece la ley de Dios, quien consi- 
dera la venganza como una usurpación sobie sus 
derechos, empeora con su misma generosidad la 
falta de su enemigo e interesa tanto más en su 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 203 

propia causa al Dios quien protege y venga a sus 
fieles . 

El odio al hereje, al infiel, al enemigo de Dios, 
constituye la mejor parte de la caridad cristiana. 
Comprendamos, pues, que la caridad, en el senti- 
do teológico, consiste mucho menos en el amor a 
los hombres que en el amor a Dios. Así lo enten- 
dieron los grandes doctores de la Iglesia, San 
Agustín, San Bernardo, San Juan Damascenio. 
"El que tiene el espíritu de Dios, acuérdese del 
versículo del salmo: Señor, ¿no he odiado a los 
que te odian?" — "El cristiano encuentra su glo- 
ria en la muerte del pagano, puesto que por ella 
el Cristo queda glorificado" — "¿Cómo? Dios es 
asaltado por los maniqueos, y no los extermina- 
ríamos por el fuego!" 

Ese odio furioso contra los incrédulos acompa- 
ña a los elegidos hasta en el cielo. El cuadro de 
los tormentos impuestos a los reprobados consti- 
tuye una parte de los goces reservados a los bien- 
aventurados, y se ríen y se burlan de ellos, como 
el mismo Dios: In interitu vestro rideho vos et 
subsanaba. (Proverbios 1 — 26). 

Juan Crisóstomo, Francisco de Sales, Pedro 
Lombard, Tomás de Aquino, Pascal, Bossuet opi- 
nan lo mismo sobre el particular y la historia de 
la Iglesia que hizo morir a millones de herejes, de 
judíos y de infieles, confirma la teoría. 



IV 

Las virtíides humanas e individuales 

Las virtudes humanas recomendadas por el 
Evangelio se reducen a una virtud negativa, la 
abnegación . 



204 'A. PEYEET 

Esta encierra la remincia a la riqueza, la can- 
fianza en Dios, el ascetismo, el ocultar las buenas 
obras, la humildad, la obediencia, la castidad, la 
resignación al mal extendiéndose hasta el perdón 
de las injurias. 

Dice S. de Sacy: "La moral del Evangelio na- 
da es, sino la moral del sacrificio de la cruz". 

Esito se comprende desde que Jesús predicaba 
en vista del fin del mundo. Agregúese que estas 
virtudes son esencialmente egoistas: todos los sa- 
crificios que Dios exige a los hombres traen apa- 
rejadas recompensas seguras en el otro mundo, de 
manera que la virtud cristiana no deja de ser un 
mero egoísmo, un cálculo interesado. Esto re- 
salta claramente de la lectura de los Evangelios 
CMateo XXV, 14 a 31— Lucas XIX, 12 a 28— Lu- 
cas XII, 33. — IX, 25. — XVI — XVIII, 28 a 
31.) y de Pablo (11 a los Corintios, IV, 17. — Ti- 
moteo VI, 19) . 

"Los fundadores de religión no aciertan sino 
por la identidad de su pensamiento y de su len- 
guaje con el pensamiento y el lenguaje de sus con- 
temporáneos. Lo que constituye su superioridad 
es menos la grandeza de su inteligencia que la 
exaltación de su alma. Piensan y sienten las 
mism£is cosas que la muchedumbre ; piénsanlas y 
siéntenlas con más intensidad. Si Jesús hubiese 
concebido la virtud como desinteresada, hubiese 
sido estoico, no cristiano. Hubiese podido fundar 
una secta filosófica, pero no una religión". (E. 
Vé ron) . 

La moral cristiana, propiamente dicha, ]io es 
una moral social; es una moral de monjes, de in- 
dividuos que se separan del mundo para vivir en- 
cerrados en un chiustro. El ideal cristiano, a es- 
te respecto, lo encontramos en la Imüacián de Je- 
sucristo, ese tan ponderado libro que se dijo que 



LA ETOLUCIÓN DBt CEISTIANISMO 205 

era el más bello qne saliera de los hombres, pues- 
to que el Evauge'io era divino: ¿qué dice la Imi- 
tación f 

"La sabiduría suprema consiste en propender, 
por el desprecio del mundo, al reino celestial . . . 
Mejor vale un campesino humilde que sirve a Dios 
que un filósofo orgfulloso que descuida s.u salva- 
ción para considerar la carrera de los astros . . . 
La humildad en el conocimiento de sí mismo, con- 
duce más seguramente a Dios que los estudios pro- 
fundos de la ciencia. . . Yo soy, dice Jesús, quien 
doy la ciencia a los hombres y comunico a los pe- 
queños una comprensión más clara de la que po- 
drían recibir de un hombre". 

La Imitación condena la ciencia. Todo cuanto 
no se relaciona con la salvación es inútil o funes- 
to. Debe el hombre pensar solamente en la muer- 
te, en el juicio, preparándose al efecto. 

"No penséis sino en vuestra salvación; no os 
preocupéis sino de las' cosas de Dios . . . Aprended 
a morir desde ahora para el mundo, pero princi- 
piad a vivir con el Cristo. El hombre juicioso, 
el verdadero sabio, es el que considera todas las 
cosas de la tierra! como estiércol, para ganar el 
Cristo . . . Todas las cosas de la tierra no son más 
que vanidad Hay pocos hombres idóneos pa- 
ra la vida contemplativa, porque pocos haj'- que 
sepan desprenderse completamente de las criatu- 
ras . . . Nada es lo que no es Dios y por nada 
debe contarse . . . Hay que desprender su cora- 
zón de todas las cosas." 

Estas citas y muchas otras que podríamos aña- 
dir, manifiestan el espíritu de egoísmo que se des- 
prende de ese libro, so pretexto de amor a Dios y 
a las cosas de Dios. 

Luego el verdadero cristiano es un egoísta. 
Así lo dice Kochefoucalud. En el mismo libro en- 



206 A. PBYEHT 

contramos el principio de la obediencia pasiva, 
prescripta después por Loyoia: "Es mejor man- 
tenerse en la obediencia, vivir bajo un superior y 
abdicar todo derecho sobre sí mismo. — El que pro- 
cura sübsitraerse a la obediencia se substrae por 
eso mismo a la gracia. — Aprende a quebrar to- 
das tus voluntades y piensa solamente en obede- 
cer." 

En fin toda la docH;riina del Evangelio queda 
resumida en la Imitación: 

"Si quieres entrar en la vida eterna, observa 
mis mandamientos; si quieres conocer la verdad, 
óyeme; si quieres ser perfecto, vende lo que po- 
sees; si quieres ser mi discípulo, renuncia a ti 
mismo; si quieres poseer la vida eterna, despre- 
cia la vida presente; si quieres ser exaltado en el 
cielo, humíllate en el mundo; si quieres reinar 
conmigo, lleva tu cruz conmigo . ' ' 

No debe olvidarse que el Jesús del Evangelio 
hablaba para una si/tuación de pocos años, mien- 
tras que el de la Imitación habla para los siglos 
de los siglos. Nunca se imaginaron Jesús ni los 
apóstoles que el mundo iba ja durar tanto tiempo. 



Ijas instituciones sociales. — /. La ciudad, o el 
estado 

Hemos visto que Jesús vivió y murió exclusi- 
vamente judío, preocupándose únicamente del 
triunfo de Israel. ¿Tenía miras políticas? 

¿Pensaba en la independencia nacional? M. Vé- 
ron responde que no y para apoyar su afirmación 
invoca las muy conocidas palabras del Evangelio 
do San Juan: "mi reino no es de este mundo". 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 207 

Pero otros críticos han demositrado que el Evan- 
gelio de San Juan es el que menos expresa el 
pensamiento de Jesús,- éste hay que buscarlo en 
San Marcos y en San Mateo, y allí Jesús habla 
como un verdadero revolucionario, como un so- 
cialista . 

Sea lo que fuere, la doctrina de San Juan es 
la que ha prevalecido con la de San Pablo: "Que- 
de toda alma sometida a las potencias superiores, 
porque no hay poder que no venga de Dios". Pa- 
blo, debemos recordarlo siempre, nunca trató a 
Jesúá. Los cristianos, separándose de los judíos 
rebeldes hasta el exterminio de su nacionalidad, 
se acomodaron con los vencedores e inventaron la 
(teoría del derecho divino de los emperadores, de 
los reyes, de los tiranos, tal como la formularon 
Bossuet, José de Maistre, Pío IX, etc. ; abando- 
naron la tierra a la opresión. 

"No tenemos aquí ciudad permanente, pero 
buscamos la ciudad futura" (Epístola a los he- 
breos) . 

"Someteos a toda criatura humana por causa de 
Dios, sea el rey, como estando sobre los demás, sea 
a los gobernadores, como enviados por él, porque 
tal es la voluntad de Dios:. Tributad honores a 
todos, temed a Dios, honrad al rey" (Epístola de 
Pedro) . 

"Por mí reinan ios reyes, por mí los tiranos 
dominan sobre la tierra". (Es Dios el que habla) . 

"Dios hace reinar al hombre astuto para cas- 
tigar la perversidad del pueblo". (San Agustín, 
¡a ciudad de Dios) • 

"La patria de los cristianos no es de este mun- 
do" (Orígenes). 

"Nada les es más extraño que la cosa pública. 
Los cristianos en este mundo no tienen más inte- 



208 A. PEYKI3T 

res que salir de él a la mayor brevedad". (Ter- 
tuliano) . 

De allí vino el odio de los romanos contra los 
cristianos y las persecuciones: negábanse éstos a 
d&sempeñar cualquier puesto civil o militar, ne- 
gábanse igualmente a tomar parte en los sacrifi- 
cios públicos, cuya obligación era un deber legal 
en las sociedades antiguas; luego se les perseguía, 
no a fuer de cristianos, sino de malos ciudada- 
nos. 

No concebían entonces los discípulos de Cristo 
que pudiese uno ser al mismo tiempo "empera- 
dor y cristiano". Pero, habiendo Constantino 
comprendido el partido que un déspota podía sa- 
car de una doctrina tan cómoda para los hombres 
del poder, y entendídose con ellos, inventaron la 
teoría del derecho divino, en cuya virtud los re- 
yes, delegados y representantes de Dios sobre la 
tierra, son ellos mismos dioses para los hombres. 
Luego se les debe la obediencia, salvo en caso de 
ponerse ellos en oposición con Dios, es decir con 
la Iglesia que lo representa. 

Más tarde, durante la Edad Media, la Iglesia 
dio un paso más adelante, quiso someter a los re- 
yes, declarando entonces que eran hombres y aun 
algo peor, agentes del diablo, para fundar la teo- 
cracia universal; pero fracasó la intentona, y vol- 
vió a entenderse con los reyes y los emperadores, 
quienes no le mezquinaron los sei'vicios, es decir, 
la intolerancia con todo séquito de cadalsos, de 
autos de fe, de matanzas, las cruzadas contra los 
herejes, la inquisición, las dragonadas, y todo lo 
demás, hasta que la revolución moderna vino a 
poner fin a ese régimen de opresión; desde enton- 
ees la intolerancia religiosa se ejerce, por mcfliost 
menos directos, por persecuciones laácntes, subte- 
rráneas, que no dejan de ser efectivas. 



la: evolución dei: cristianismo 209 

**La iglesia, dice Guizot, se presentó siempre 
como el intérprete, el defensor de dos sistemas: 
del sistema teocrático o del sistema imperial ro- 
mano, es decir, del despotismo, a vecfes "bajo la 
forma religiosa, a veces bajo la forma civil... La 
religión pretende gobernar las pasiones humanas, 
la voluntad humana. Toda religión es un freno, 
un poder, un gobierno. Viene en nombre de la 
ley divina, para domar la naturaleza humana. 
Tiene, pues', que habérselas sobre itodo con la li- 
bertad humana; es la libertad la que le resiste y 
a la cual quiere vencer. Tal es la empresa de la 
religión, su misión, su esperanza . ' ' 



VI 

La famüia 

Parecerá extraña la afirmación, pero no puede 
negarse que el cristianismo propiamente dicho con- 
denó la familia en principio, y no hizo más que 
tolerarla considerándola como un remedio a la 
incontinencia . 

Ya la Biblia trataba a la mujer como a un ser 
inferior, porque había introducido la muerte en 
el mundo. 

El Nuevo Testamento, siguiendo la misma tra- 
dición, sobrepuso el celibato al matrimonio. 

El concilio de Macón ventiló la cuestión de sa- 
ber si las mujeres no debían ser consideradas co- 
mo una especie intermediaria entre el hombre y 
la bestia, y si se salvaron de la clasificación, fué 
debido a la circunstancia de que Jesús, nacido de 
la mujer, es asimismo llamado el Hijo de hombre. 

Podríamos multiplicar las citas. ¿Qué dice Pa- 
blo? 



210 A. PEYEBT 

"El jefe dé todo hombre es el Cristo, el jefe 
de la mujer, el hombre, y el jefe de Cristo, Dios. 
El hombre no debe velar su cabeza porque es la 
imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la 
gloria del hombre, pues el hombre no fué sacado 
de la mujer, sino la mujer del hombre, y el hom- 
bre no fué creado para la mujer, sino la mujer 
para el hombre. Por eso la mujer debe tener un 
velo sobre su cabeza por causa de los ángeles." 
(1°. Corintios) . 

**Es mejor para el hombre no tocar a mujer al- 
gruna . ' ' 



"Digo a los que no son casados y a las viudas 
que es ventajoso para ellos quedarse así como yo 
mismo. Si no pueden contenerse, cásense, pues 
vale mejor casarse que arder... El que casa a 
su hija virgen hace bien, y el que no la casa hace 
mejor". 

¿Qué dice el Evangelio? "Los hombres de este 
siglo se casan y son dados en matrimonio; mas 
los que sean juzgados dignos del siglo venidero y 
de la resurrección de los muertos no se casarán y 
no se desposarán con mujeres". 

Jesús nace de una virgen y se queda virgen. 
La virginidad quedó, pues, erigida en regla. 



Todos losi'padres de la Iglesia son uniformes a 
este respecto. Agustín declara criminal el amor 
de los padres por sus hijos. El concilio de Trento 
anatematiza a los que declaran que el estado de 
matrimonio debe anteponerse al de la virginidad 
y del celibato. 

La lectura del Evangelio manifiesta que Jesús 
exigía a sus discípulos que abandonasen y hasta 



LA IVOLUCIÓN DEL CEISTlANlSMO 211 

que odiasen a su familia, y él mismo les daba el 
ejemplo. 

Hechos contemporáneos prueban que la iglesia 
cristiana piensa siempre de la misma manera: 
ella pospone la familia a la salvación; arrebata 
los hijos j las hijas a sus padres para ponerlos 
en sus conventos. (El caso del hijo de Morta- 
ra). (1). 

La doctrina de Pablo y de Jesús se explicaba, 
aunque anti-social, porque ellos esperaban el fin 
del mundo y la renovación social, siendo entonces 
eminentemente transitoria; pero llegó a ser una 
aberración, cuando se ha convertido en institu- 
ción definitiva. 



VII 

La propiedad 

El evangelio condena la riqueza de un modo 
perentorio . 

Los ricos no pueden entrar en el reino de Dios, 
Para ser perfecto, Jesús exige a sus discípulos 
que vendan todo cuanto tienen y lo den a los 
pobres. ¿Cómo vive? de limosnas, hospedado por 
los judíos que simpatizaban con su enseñanza y 
recomendando a sus apóstoles que busquen en las 
ciudades y en las aldeas a los individuos más dig- 
nos de hospedarlos 'para vivir hasta su partida, y, 
si no los reciben, añade que menos tendrán que 
sufrir Sodoma y Gomorra en el día del juicio. 



(1) Este niüo, hijo de una familia judia de Boloña (estado entonces 
de la Iglesia), fué bautizado estando enfermo por una sirvienta cató- 
lica y arrebatado por este motivo por la autoridad pontificia quien lo 
hizo educar en un colegio católico, a pesar de los reclamos de la fa- 
milia- El niño quedó perdido para ésta- 



yi2 jl. peyeet 

Al proceder así, Jesús instituye de antemano 
las órdenes mendicantes. 

Pablo recomienda la caridad y la eomuridad 
de bienes. 

Santiago no se contenta con maldecir la rique- 
za, maldice a los ricos. 

Según los Actos de los Apóstoles, los primeros 
cristianos eran comunistas, y es probable que, sin 
esta circunstancia, el cristianismo no hubiese lle- 
gado a formarse. 

Ese régimen debía atraer irresistiblemente a la 
mucbedumbre de los pobres y de los desheredados. 

El régimen comunista ha continuado siendo la 
regla, como lo manifiestan los testimonios de Jus- 
tino, Tertuliano, Ambrosio de Milano, Agustín y 
tantos otros. 

"La naturaleza, dice Ambrosio, lo puso todo en 
común para el uso de todos. . . La naturaleza creó 
el derecho común. La usurpación hizo el dere- 
cho privado". 

El ideal social de la iglesia cristiana sería la 
concentración de todos los bienes en sus manos pa- 
ra restablecer la comunidad primitiva. 



vin 

La esclavitud 

El cristianismo no abolió la esclavitud, como 
60 ha afirmado por equivocación. 

Jesús no dice una palabra a este respecto. Pa- 
blo recomienda a los esclavos que se queden es- 
clavos, y Pedro hace lo mismo. El primero bauti- 
za a un esclavo prófugo, Ünésimo, y lo devuelve 
a su amo, Filemón. 



LA EVOLUCIÓN DEL' CEISTIANISMO 213 

Ambrosio, Basilio, Crisóstomo, conservan for- 
malmente la esclavitud. 

"La servidumbre, dice el primero, es un don de 
Dios, es por ella cómo sobresale el pueblo eiis- 
tiano". 

Según Agustín, el orden de la naturaleza fué 
derribado por el pecado, y es con justicia que el 
yugo de la servidumbre se impuso al pecador... 
Luego la esclavitud es una pena... una institu- 
ción natural a consecuencia de la corrupción de 
nuestra naturaleza — Luego durará hasta la con- 
sumación del siglo. ''Agustín, dice M. Janet, con- 
cluye conservando la esclavitud . . Este es el mo- 
tivo porque vemos la esclavitud, aunque suaviza- 
da en la práctica, aceptada en teoría por los es- 
colásticos, prohijada hasta el siglo XVII por Bos- 
suet, y conservada actualmente en naciones cris- 
tianas, con la autoridad de doctores cristianos". 

La iglesia francesa tuvo siervos hasta la revo- 
lución de 1789. 

Los republicanos de Norte América, aunque de 
la religión reformada, fueron también esclavistas 
hasta la guerra de secesión. 

En fin la esclavitud subsiste todavía en el Bra- 
sil y en las colonias de la católica España. 



No concluiremos este párrafo sin consignar la 
observación, que el predominio de las ideas es- 
toicas y las consideraciones de humanidad, en los 
momentos de aparecer el crisitianismo, iban prepa- 
rando la abolición de la esclavitud, y que tal vez 
esa religión aplazó por más de un millar de años 
esa gran reforma social. Así se hubiesen ahorra- 
do muchas miserias morales y materiales, y espe- 
cialmente "ese desprecio, ese odio al trabajo que 



2i4 A. PEYKET 

fué, según Guizot, la plaga ^mayor de la Edad Me- 
dia". 

IX 

El tralajo 

El evangelio condena el trabajo, o por lo menos 
lo declara inútil. Dice Jesús: 

"No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso 
os digo: no os inquietéis por vuestra vida de lo 
que comeréis, ni por vuestro cuerpo con qué os 
vestiréis. ¿La vida no es más que el alimento, y 
el cuerpo más que el vestido? Mirad a las aves 
del cielo. No siembran ni cosechan, ni amontonan 
en sus graneros, y vuestro padre celestial las ali- 
menta: ¿no sois mucho más ^que ellas? ¿Quién de 
vosotros al molestarse así puede añadir a su esta- 
tura un solo codo? Y en cuanto al vestido, ¿por 
qué os molestáis? Ved los lirios de los campos, 
cómo crecen! No trabajan ni hilan. Pero os digo 
yo que Salomón, aun en toda su gloria, jamás es- 
tuvo vestido como uno de ellos. Si la yerba de los 
campos, que existe hoy, y que mañana será arro- 
jada al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a 
vosotros hombres de poca fe? No os molestéis 
pues, diciendo: ¿qué comeremos o qué bebere- 
mos, o con qué nos vestiremos? Pues son todas 
esas cosas las que buscan los paganos, pero vues- 
tro padre sabe que las necesitáis. Buscad, pues, 
primeramente, el reino de Dios y su justicia, y 
todas esas cosas os serán dadas por añadidme . 

"Luego, no os inquietéis por el día siguiente". 

Estas recomendaciones pugnan evidentemente 
con todas las condiciones de la vida social, y sólo 
pueden comprenderse recordando las circunstan- 



LA EVOLUCIÓN DEE CRISTIANISMO 215 

cias y las creencias con que Jesús las pronuncia- 
ba: el próximo reino de Dios y el juicio final. 



'*Las religiones se hacen por abajo, y en todas 
partes las mncliedunibres están más o menos en 
el mismo nivel, infinitamente más sensibles a la 
seducción de las ventajas ofrecidas que a la altura 
de las concepciones. La misma forma que asu- 
mía en el mito de Jesús, la idea común de la sal- 
vación, de la redención, la hacía mucho más ac- 
cesible a las inteligencias inferiores que natural- 
mente se dejaron seducir por las promesas hala- 
güeñas de un porvenir próximo de felicidad sirj 
fin . El reino de Dios traía a la memoria el recuer- 
do de la edad de oro, del reino de Saturno. No 
debe olvidarse cuan lamentable estaba la situa- 
ción de las provincias sometidas a Roma y ame- 
nazadas por los bárbaros. Por todas partes cun- 
día la decadencia con el embrutecimiento intelec- 
tual. Así es cómo triunfó el cristianismo con su 
inextricable teología que imperó durante mil años, 
hasta el siglo XIII, podría decirse hasta el siglo 
XVI" (E. Véron). 



CAPITULO XII 

LOS CONCILIOS 



La doctrina cristiana fué elaborada por los con- 
cilios. Vamos a recorrerlos sucesivamente: 

Primar concilio general. — Nicea, 325. — Fué 
el concilio reunido por Constanftino, y condenó al 
arianismo, declarando que el hijo de Dios es subs- 
tancialmente idéntico al Padre que lo engendró. 

Segundo concilio general. — Constantinopla, 
381. — Habíanse multiplicado las herejías. Pa- 
ra confundirlas, el concilio añadió al símbolo de 
Nicea: "que Dios creó el cielo y la tierra; que 
Jesús nació de la Virgen María por la operación 
del Espíritu Santo; qué su reino sería eterno; 
en fin que el Espíritu Santo es Dios verdadero y 
que procede del Padre. En 447 se añadió que 
procedía también del hijo filioqiie. Esta añadi- 
dura admitida en España y en Francia, no lo fué 
en Italia hasta mediados del siglo XVI. 

Tercer concilio general. — Efesio, 431. — El 
concilio anatematizó la herejía de Nestorio que 
negaba que María fuese la madre de Dios, y tam- 
bién la de los pclagianos, que creían que Adam ha- 
bía sido creado sujeto a la muerte, no pudiendo 
su pecado imputarse a sus descendientes, resul- 
tando que éstos' quedan en la misma situación 
que Adam antes del pecado, y que no se necesita 
la gracia para practicar la virtud; — y la de los 



218 A. PEYEET 

mesalianos que condenaban el trabajo manual; 
pretendiendo que bastaba la oración sola, sin obras 
ni sacramentos, para la salvación. 

Cuarto concilio general. — Calcedonia, 455- — 
Este concilio condenó las herejías; de los mani- 
queos, de los priscilíanistas y de los eutiqueos. 

Los maniqueos, discípulos de Manes, afirmaban 
el dualismo de los principios como el Mazdeísmo 
y más aun que el Mazdeísmo. 

Los prieilianistas, discípulos de Prisciliano, 
creían que el alma del hombre, siendo el hálito 
mismo de Dios, es¡ por eso mismo de naturaleza 
divina . 

Butiques afirmaba, al revés de Nestorio, quien 
veía en Jesucristo dos personas, la unidad de na- 
turaleza, que por consiguiente Jesucristo no era 
consubstancial al hombre relativamente a la car- 
ne. 

Quinto concilio generalh — Constantinopla, 553. 
— Condenó los escritos de Teodoro de Mopsuesto, 
que enseña que Jesús es la imagen de Dios, de- 
biendo honrársele como se honra la imagen de un 
príncipe; que es solamente hijo adoptivo; ana- 
tematizó la carta de Ibas a Maris Persan, en la 
cual niega que la palabra se haya encarnado y 
hecho hombre en la Virgen, — y se dedica a preci- 
sar la doctrina de la encarnación. 

Séptimo concilio general. — Constantinopla, 
680. — Condenó la herejía de los monotélitos, 
es decir, de los que afirmaban que Jesús tiene so- 
laanente una voluntad, la divina, resultando que 
no es verdaderamente hombre. En esa condena 
cayó envuelto el papa Honorio lo., aunque infali- 
ble. 

Séptimo concilio general. — Nicea, 787. — Con- 
denó a Ids iconoclastas, es decir, a los que rom- 
pían las imágenes de los santos, de la virgen, y 



LA EVOLUCIÓN DEL CKISTIANISMO 219 

de Jesucristo, pretendiendo que el culto que se 
les tributaba, era una idolatría. Sometióse la em- 
peratriz de Oriente Irene, a la decisión del con- 
cilio, pero Carlomagno, emperador de Occidente, 
la combatió. 

Octavo concilio general. — Constantinopla, 869. 
— Anatematizó a Focio (Photius), patriarca de 
Constantinopla, que quería separar la iglesia de 
Oriente de la de Roma, iniciando así el cisma 
que fué consumado en 1054 por el patriarca Ce- 
rularius. El mismo concilio manifestó a las claras 
la intención basta entonces encubierta de inde- 
pendizar del todo la Iglesia de la autoridad laica. 

Noveno concilio oeneral. — Primer concilio de 
Letrán, 1123. — Habiéndole consumado el cisma, 
los concilios ecuménicos pasan de Oriente a Occi- 
dente . 

El nrimer concilio de Letran tiene por obieto 
priu^inal ai-r^írlar la cuestión de las investiduras, 
y establecer la naz entre el poder eclesiástico y el 
Roder sesrlar. Exie-ió de los emperadores que re- 
nunciasen el uso de conferir los beneficios ñor el 
báculo y el anillo ; pero concedióles el derecho de 
dar ñor el cetro la invp<5tidnra de los feudos y de 
los beneficios a los individuos elesridos canónica- 
mente. — Apoíreo del poder eclesiástico. — Protesta 
del clero seHar contra las usurpaciones de los 
monies. Prohíbese a las órdenes monásticas ad- 
ministrar públicamente la penitencia, visitar a los 
enfermos, hacer unciones, cantar misas piiblicas. 

Décimo concilio general. — Segundo concilio de 
Letrán, 1139. — Un nuevo cisma se ha producido 
con la doble elección de Inocencio II y de Ana- 
cleto II. Habiendo muerto Anacleto, Inocencio 
convoca este concilio para aniquilar los restos del 



320 A. PEYEET 

cisma y condenar varias herejías, las de los pe- 
trohusianos y de los arnoldistas. 

Los primeros, discípulos de Pedro de Brueys, 
enseñaban que el bautismo no salva a los niños 
que mueren antes de la edad de razón, que de- 
bía derribarse las cruces y las iglesias, pues se po- 
día adorar a Dios lo mismo en un bodegón; que 
la eucaristía no contenía la sangre y la carne de 
Jesucristo, y en fin, que debían desecharse todas 
las ceremonias externas del culto. 

Los sentarlos de Arnaldo de Brescia, discípulo 
del famoso Abelard, pensaban lo mismo relativa- 
mente al bautismo y a la eucaristía, y además ne- 
gaban la propiedad eclesiástica, añadiendo que 
debía volverse a la pobreza apostólica — Arnal- 
do de Brescia fué quemado vivo como Pedro de 
Brueys. 

Undécimo concilio general. — Tercer concilio de 
Letrán, 1179. — Un nuevo cisma originado por 
el antipapa Calixto dio lugar a este concilio. Ana- 
tematizó a los rebeldes y condenó a los valdenses 
y a los catarines. Enseñaban estos herejes que la 
iglesia romana no era la iglesia de Jesucristo, si- 
no una secta; que el papa era el jefe de los he- 
rejes, los obispos unos escribas, y los monjes unos 
fariseos; que los eclesiásticos no deben poseer bie- 
nes; que los concilios generales son despreciables; 
qué el bautismo no se necesita para la salvación, 
y que la eucaristía no encierra el cuerpo y la san- 
gre de Jesucristo; que los laicos pueden adminis- 
trar el sacramento de penitencia, en fin que debe 
desecharse la invocación de los santos, el culto de 
sus imágenes y reliquias, la canonización, los ayu- 
nos, la celebración de los días fesítivos y general- 
mente todas las ceremonias de la iglesia romana. 
El concilio no se contentó con excomulgar la 
herejía, sino que exliortó a los príncipes' a com- 



IlÍ. evolución DEL' CRISTIANISMO 221 

batir a esos ''abominables'' enemigos de la san- 
ta iglesia romana, esas plagas horribles de la so- 
ciedad cristiana, y se dieron indulgenciáis a los 
que tomasen parte en la guerra. 

Duodécimo concilio general. — Cuarto concilio 
de Letrán, 1215. — Aparición de la nueva secta, 
los cataros o puros, conocidos con el nombre de 
Albigenses, por ser la ciudad de Albi su asiento 
principal. Enseñaban que había dos principios y 
que Dios había creado solamente a los seres invi- 
sibles. Consideraban a Jesús como a un hombre 
que había sufrido el merecido castigo de sus crí- 
menes; despreciaban a la Virgen Santísima, a 
Juan Bautista, a Magdalena ; en fin atacaban, co- 
mo los valdenses, los derechos y la misma existen- 
cia de la Santa Sede. 

Para rebatirlos el concilio declaró que el mis- 
mo Jesús es el sacerdote y la víctima de la nue- 
va ley; que los sacerdotes ordenados legítimamen- 
te pueden solos consagrar la hostia, en virtud del 
poder dado por Jesús a los apóstoles y a sus su- 
cesores; que el cuerpo y la sangre del hombre- 
Dios están verdaderamente encerrados en ella, 
siendo el pan transustanciado en el cuerpo,,^ y el 
vino en la sangre, por el soberano poder divino. 
— A este concilio se debe la adopción definitiva 
de esa palabra. 

Para asegurar el efecto de sus decretos, el con- 
cilio instituyó la Inquisición: quiere decir la ins- 
titución que tiene por objeto buscar a los herejes 
(inquirir), confiriendo al efecto plenas facultades 
a los obispos, y dictando órdenes a los príncipes y 
señores. 

El Papa Inocencio III instituyó también enton- 
ces la orden de los hermanos predicadores o domi- 
nicos, encargándoles especialmente el santo oficio 
de la Inquisición. 



232 A. PEYEBT 

Ese mismo eonoilio pcrescribió la confesión y la 
comunión pascual cada año, so pena de ser arro- 
jado de la Iglesia durante la vida y privado de 
la sepultura eclesiástica después de muerto- 
Entretanto, Simón de Montfort y Santo Domin- 
go llevaban adelante la cruzada contra los alfoigen- 
ses, matando y quemando a más de cien mil. 

Décimo tercero concilio general — Primer conci- 
lio de León, 1245. — Ocupóse ese concilio de las des- 
avenencias políticas entre el emperador Federico 
II y el papa Inocencio IV. Dispúsose también que 
en adelante se celebraría la octava de la divinidad 
de la Madre de Dios. Por lo visto, estaba asomán- 
dose la divinidad de María. 

Decimocuarto concilio general — Segundo conci- 
lio de León, 1274. — Reglamento para la elección de 
los papas por medio de un cónclave. 

Prohíbese la multiplicación de las órdenes reli- 
giosas y se suprimen varias instituidas después 
del concilio de Letrán, con excepción de los domi- 
nicos, los franciscanos, los Celestinos y los servitas. 

Decimoquinto concilio general — Viena, 1311. — 
Condena los errores de Juan de Olive, franeiscanoi 
acusado de haber dicho que el alma razonable no 
es la forma sustancial del cuerpo humano, es decii', 
que el cuei-po y el alma, en el hombre, no forman 
esencialmente una misma persona, resultando que 
no es el hombre todo entero, sino el alpia la que 
merece y desmerece, y que por consiguiente el 
cuerpo no debe ser castigado. 

Los sectarios de Juan de Olive, hcgardos, hegui- 
nos, fratricelos, dulcinistas pretendían que el hom- 
bi'c puede en esta vida alcanzar tal grado de per- 
fección que le liaga enteramente imipereccdero, 
confiriéndole tal estado de gracia que no puede con- 
seguir más. Luego habiendo llegado a ese estado 
de perfección, en que la carne queda completa- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 223 

mente sometida al espíritu, no se necesitaba ajnmar 
ni rezar, ni resistir las codicias temporales, ni 
obedecer las leyes de la Iglesia y del Estado . 

Signe la lucha entre los regulares y los seglares. 

Decimosexto concilio general — Constanza, 1414- 
Í418. — Este puso fin al gran cisma de Occidente 
que había principiado en el año de 1378 con la 
elección simultánea de dos papas, uno en Aviñón, 
otro en Roma, En momentos de abrirse el con- 
cilio, había tres papas. El concilio los depuso a los 
tres, y los cardenales eligieron a Martín V. 

Fué ese concilio el que condenó las herejías de 
Wiclif, de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. 

"Wiclif negaba la transustanciaeión, la presencia 
real, los sacramentos del orden y del matrimonio, 
la eficacia de las indulgencias y de las oraciones 
por los muertos, la condena de los niños muertos 
sin bautismo. Pretendía que el arrepentimiento 
sincero inutiliza la confesión. 

Eehusaba reconocer el predominio de la Iglesia 
de Roma sobre las demás Iglesias y el de los pre- 
lados sobre los sacerdotes; enseñaba que el clero y 
los monjes no deben poseer bienes temjporales al- 
gunos, jurisdicción alguna, cargo público alguno; 
que no debe recaudare contribuciones sobre el 
pueblo sino después que los tesoros de la Iglesia 
se hayan aplicado a los bienes del Estado. 

De las doctrinas de Wiclif arrancaron la separa- 
ción de Inglaterra de la Iglesia romana y la de la 
Europa central, pues fueron propagadas en Bohe- 
mia por su discípulo Juan Huss. 

Este enseñaba que la Escritura Santa era la 
única regla de la fe, pudiendo por consiguiente los 
.simiples fieles ventilar las cuestiones teológicas ; ata- 
caba la comunión bajo una sola especie, el culto 
de la Virgen y de los Santos, las indulgencias, el 
poder del papa, las excomuniones, etc. 



224 A. PEYEBT 

Juan Huss fué quemado vivo, a pesar del salvo- 
conducto que traía del emperador Sigismundo, lo 
que dio lugar a la tremenda guerra dicha de los 
liussitas, siendo derrotadas durante quince años las 
tropas del papa y del emperador- 

Décimo séptimo concilio general — Ferrara y 
Florencia. 1438-1442. — Tenía por cbjeto este con- 
cilio llevar a cabo el acuerdo entre la Iglesia de 
Occidente y la de Oriente; consiguióse sobre la 
cuestión del filioque, pero no sobre la primacía del 
papa, abortando la tentativa de conciliación. 

Décimo octavo concilio general — Trenio, 1545- 
1563. — El momento solemne había llegado para la 
Iglesia romana. La unidad cercenada ya conside- 
rablemente por el cisma del Oriente y por los 
triunfos del Mahometismo, estaba quebrada por la 
Reforma de Lulero y de Calvino. Estos declaraban 
que querían volver a la verdadera doctrina del 
Evangelio, a la doctrina primitiva de Jesús. 

Lutero quitaba de la enseñanza católica el culto 
de los Sautos, el purgatoiio, la confesión auricu- 
lar, la transustanciación o la presencia real de Je- 
sús- en la hostia y por consecuencia la misa, y la 
comunión bajo una sola especie. Al desechar la 
doctrina de la Iglesia romana, desechaba por eso 
mismo su disciplina, la autoridad del Papa y de la 
Iglesia, su jerarquía, el celibato de los sacerdotes, 
los votos monásticos y la posesión de los bienes 
temporales por el clero. 

Calvino era más radical todavía porque era más 
lógico. Enseñaba que la predestinación y la repro- 
-bación anteceden al cumplimiento de las obras 
buenas o malas y dependen de la sola voluntad 
de Dios, sin consideración al mérito o al desmé- 
rito de los hombres; que Dios da a sus predestina- 
dos una fe y una justicia inomisibles y no les im- 
puta sus pecados ; que el pecado original inhabilita 



EA EVOLUCIÓN DEE CEISTIANISMO; 225 

a los mismos justos para hacer buena obra alguna; 
que los hombres son justificados por la fe sola que 
inutiliza las obras. 

Quiere decir que Lutero y Calvino reanudaban 
la enseñanza de Agustín y de Pablo, poniendo a 
sus adversarios en serios apuros. 

Los jesuítas, inspiradores y directores del conci- 
lio, hicieron esfuerzos increíbles par^ conciliar la 
doctrina de la gracia con la de las obras, dos cosas 
incompatibles, y solo consiguieron violentar la ver- 
dad y la lógica, pero ¿qué les importaba la lógica? 
En el canon sobre la justificación resaltan las con- 
tradicciones. 

El concilio dictó además una serie de cánones, 
reseñando casi todo el conjunto de la doctrina ca- 
tólica sobre el pecado original, sobre los sacramen- 
tos, etc. • 

Décimo noveno concilio general-^Roma, 1870. — 
La doctrina católica había verificado su evolución 
en el sentido absoluto. Lo que le faltaba era la 
apoteosis de la Virgen María- 

El dogma de la Inmaculada Concepción inicia- 
do por el concilio de Trente, lo mismo como el de 
la infalibilidad pontificia, debían tardar todavía 
tres siglos antes de promulgai-se como ley general 
para la catolicidad. Quiere decir el primero, no que 
la Virgen concibió sin pecado, sino que fué ella 
misma concebida sin pecado, por alguna operación 
milagrosa de la clase de la intei-vención del ángel 
Gabriel. Tenía por objeto ese dogma propiciarse 
las simpatías de las mujeres, porque los hombres 
iban abandonando las iglesias. 

El otro dogma ha convertido al Papa en una 
especie de Vice-Dios, en un Gran Lama, como el 
pontífice de los Budhistas. Ese Papa sobrepuesto 
definitivamente a la Iglesia, a los concilios, ha de- 
clarado con yus encíclicas la guerra a la civiliza-cióu 



226 ü. PEYEET 

moderna, condenando todas las libertades que for- 
man todos los principios de las sociedades emanci- 
padas. Basta nombrar el Sylldbiis errorum, es de- 
cir, el comjpcndio de los titulados errores de la 
ciencia y de la filosofía moderna, para saber a qué 
atenerse sobre la teocracia romana. 



CAPITULO XIII 

La evolución d-el cristianismo 

Neeesitaríase un libro entero para desarrollar el 
pensamiento comprendido en ese título: el tiempo 
y el espacio nos faltan. Por este motivo, nos ceñi- 
remos a algunos apuntes, que serán como otros 
tantos jalones plantados de distancia en distancia 
para el que quiera recorrer el campo ilimitado d« 
la historia. 



El Cristianismo es la religión del Hombre-Dios, 
una idea helénica. 

La antigüedad había preparado el Cristianismo. 
Los mismos Padres de la Iglesia reconocen que Só- 
crates y Platón enseñan lo que Jesu-Cristo ha pre- 
dicado. 

El Verbo, imaginado por los filósofos, el Logos, 
se combinó con la concepción judía del Mesías, 
encarnándose en el Mesías, resultando así forma- 
da la religión nueva. 

Los pueblos, ignorantes, supersticiosos, incapa- 
ces de elevarse hasta el ejercicio de la razón, que- 
rían un Dios menos abstracto, y, si así puede de- 
cirse, menos solitario que el dios de los filósofos y 
el Jchovah de los judíos; no comprendían el mo 
noteísmo; habíanse quedado politeístas, pudiendo 
añadirse que una gran parte de los hombres, y 
sobre todo de las mujeres, lo son hasta la fecha. 

Personificóse esa abstracción, la palabra de Dios, 



228 A", PEYEET, 

el Logos, el Verbo ; encarnóse en el profesa Naza- 
reno, siendo este admitido como el Mesías anuncia- 
do, y los pueblos tuvieron una divinidad más fácil 
de comprender, más accesible a sus adoraciones 
que el Dios separado del mundo y perdido en la 
profundidad de los cielos. 

El monoteísmo, ideado por los filósofos y reali- 
zado por los judíos, no pudo mantenerse en la pu- 
reza de su concepción primitiva; hizo lugar a la 
divinidad de Jesús, y luego a la Trinidad, cuando 
el Espíritu, esa otra personificación de una abs- 
tracción, se hubo también deificado, agregándose 
posterioraiente el culto de los santos, de los ángeles, 
y finalmente la Mariolatría; todo aquello importa- 
ba la resurrección del politeísmo antigruo con nue- 
vas formas. 



Entiéndase que toda esa construcción teológi- 
ca no se llevó a cabo sino cuando se vio que lo 
se realizaba el evangelio, es decir la buena nue- 
va anunciada por Jesús y los apóstoles. 

¿Cuál era esa buena nueva? El fin del mundo. 
Idea tomada del mazdeísmo, del brahmanismo, del 
Oriente . 

Con el fin del mundo debía venir la resurrec- 
ción de los muertos, el triunfo de los justos, el 
reino de Dios, la supresión de la muerte, el resta- 
blecimiento del paraíso terrenal. 

Habiendo tenido que abandonar esa idea pri- 
mordial, fundamental, los teólogos se vieron pre- 
cisados a formular una doctrina para un mundo 
que se obstinaba en vivir, aplazando el cumpli- 
miento de las ])ro'mcsas del evangelio para la con- 
sumación de los tiempos. 



EA EVOLUCIÓN DEL" CRISTIANISMO 229 

La revelación /de Je^s debía ser la última; 
no sucedió así. La iglesia se encargó desde en- 
tonces de continuarla. Quedó restablecida la teo- 
cracia. Dividióse la sociedad en dos partes: el 
clero y el pueblo, los laicos (laos) . 

Convirtióse en definitiva una regla de conduc- 
ta que sólo convenía para una situación provi- 
soria. 

Sentóse el antagonismo entre la tierra y el cie- 
lo; el dualismo, que debía tener fin se bizo per- 
manente. El mundo quedó dividido entre Dios y 
el diablo. Los individuos que querían estar con 
Dios, llevar la vida perfecta, se separaban del 
mundo, renunciaban: a la familia, a la ciudad, a 
todas las tareas, a todos los deberes políticos y 
sociales para hacerse anacoretas, solitarios, asce- 
tas, o, cuando menos, monjes y cenobitas. 

Aquello fué una disolución social, no una re- 
forma . 

El judaismo no entendía así el mesianismo; él 
quería, él esperaba la realización del reino de 
Dios en la misma tierra regenerada ; no la pos- 
tergaba, como el cristianismo, para el cielo. 

Es preciso comprender cuál fué el punto de 
arranque de la predicación evangélica. 

El cristianismo primitivo no es el cristianismo 
que vino posteriormente, cuando se liubo mani- 
festado la necesidad de amoldar las instituciones 
a las sociedades existentes. 



El cristianigmo, hecho histórico, ha sufrido y 
está sufriendo cambios continuos. En cada épo- 
ca los intérpretes de los libros sagrados initrodu- 
cen en ellos los sentimientos y las ideas del tiem- 
po en qu0 escriben. ¿Qaé resulta de ello? 



280 Ü.. PBYKBT 

Que el cristianismo deja de ser la religión del 
Cristo para convertirse en religión de la huma- 
nidad. 

El mismo Agustín admite dos revelaciones (la 
de Moisés y la de Jesús). Pero entonces ¿por 
qué r.o habría una tercera, una cuarta, una quin- 
ta, y así indefinidamente? El verbo se hizo hom- 
bre: ¿por qué no se haría humanidad? Cualquier 
individuo que siente y que piensa es un revela- 
dor de la verdad y de la justicia. Cualquier in- 
dividuo que trabaja, que para hacerlas triunfar 
se lanza en el campo de la acción y de la lucha, 
es un soldado de Dios, como dice Shakspeare. 



Actualmente las sectas adelantadas del protes- 
tantismo se dan la mano con la filosofía. 

El protestantismo no tiene más base de certi- 
dumbre que un libro. Y ¿qué es ese libro? Un 
libro humano, nada más, nada menos. Hemos 
mostrado sus inverosimilitudes, sus incoherencias, 
sus contradicciones; hemos indicado cómo se ha 
formado. La crítica más fría, más imparcial, ha 
puesto de relieve su falta de autenticidad; hizo 
ver que no había traído novedad alguna a la hu- 
manidad, que todo cuanto dice era cosa corrieo- 
te en las calles de Jerusalem y en el mundo an- 
tiguo. 

Sentado esto ¿cómo consentiremos todavía en 
hacer descansar todo el edificio intelectual, moral 
y social en una base que en realidad no existe, en 
ur.a sombra, en un conjunto de mitos? 

Dice Renán que la humanidad quiere ser enga- 
ñada. Un escéptico, un misántropo, sólo puede 
expresarse de esta manera. El progreso, que es 
la ley de la humanidad, protesta contra afirma- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO 231 

cienes tan enervantes. Si la luz de la razón no 
alcanza todavía hasta las profundas masas popu- 
lares, es porque no hubo empeño verdadero eiü 
ilustrarlas. Las aristocráticas sociedades anti- 
guas, que estribaban en la esclavitud, no permi- 
tían la filosofía sino a un reducido número de 
individuos. 

El cristianismo vino y proclamó la igualdad re- 
ligiosa, la igualdad de los hombres ante Dios; 
pero proclamó también la inutilidad de la cien- 
cia y la santidad de la locura. La teología fué 
el eclipse de la razón ; la teología hizo y rehizo 
los cerebros a su antojo durante diez y ocho si- 
glos. No es esta una razón para declarar la per- 
petuidad del enceguecimiento intelectual de los 
hombres. El atavismo teológico y teocrático pue- 
de ser vencido como todos los atavismos por me- 
dio de la educación. 



m cristianismo, dice Laurent, no regeneró la 
sociedad antigua, pero hizo la educación de las 
razas germánicas. Tal fué su misión histórica y 
continuará desempeñándola en' el porvenir, si 
adopta la bandera protestante. 

En cuanto a los filósofos, Lan repudiado el 
cristianismo, porque quitaba al hombre el más 
bello don de Dios, la libertad de pensar. 



La antigüedad había sido el período de la fuer- 
za: ¡ay de los vencidos! 

El cristianismo fué la reacción del sentimiento 
contra la binitalidad de la opresión; fué la reli- 
gión del amor y de la fraternidad; pero, partien- 
do de una creencia falsa, la condena de la tierra 



232 • A. PEYBET 

y de la sociedad consideradas como imiperio del 
diablo, renunciaba a resolver el problema social; 
aun más, lo declaraba indisoluble : dejaba subsis- 
tentes la esclavitud, la tiranía, la miseria, la ig- 
norancia, la enfermedad, todos los males conside- 
i^ados como castigos divinos, como consecuencias 
del pecado original. El anunciado reino de Dios 
con su justicia quedaba relegado a la categoría 
de las utopías. La iglesia cristiana no buscaba 
los remedios, contentábase con los paliativos. 

En una palabra, el cristianismo fué la religión 
de los bárbaros, «es decir, de los pobres, de los 
desberedados, de los ignorantes, de los esclavos, 
de los siervOvS, a los cuales predicó la resignación, 
ofrecifndoles por consuelo las esperanzas de la 
otra vida, los goces de la Jerusalem celestial. 

Predicaba el amor, es cierto; recomendaba la 
caridad, pero ya hemos visto que ese amor se di- 
rigía a los fieles solos y que esa caridad no abar- 
caba siquiera a todos los cristianos, pues excluía 
a los herejes. 

Siendo intolerante, el cristianismo no podía ser 
realmente Caritativo. El budhismo lo aventajó 
a este respecto, predicando y aplicando la frater- 
nidad humana sin distinción de creencias y de 
sectas, en toda la extensión de la palabra. El 
mazdeismo también', que tiene tantos puntos de 
semejanza con el cristianismo, fué más carita- 
tivo, más justiciero, más humano, pues no admi- 
tía la eternidad de las penas y perdonaba a to- 
dos, aun al mismo Arhiman, a ese diablo que ñié 
la pesadilla continua de los pobres pueblos du- 
rante la prolongada noche de la edad media. 

Quiere decii' entonces que los teólogos cristia- 
nos habían considerado necesario el dogma ti"e- 
mendo de la eternidad de las penas para cate- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 233 

quizar a los pueblos bárbaros del norte, y habían 
barbarizado la doctrina de Zoroastro, 



Hase dicho que el cristianismo no fué la reli- 
gión de la justicia, sino la religión de la gracia. 
Muchos llamados y pocos elegidos. Ese dogma, 
formulado con precisión implacable por San Agus- 
tín, vino a destmir toda alegría en la sociedad 
humana. Desde entonces la tierra reducida a ser 
la antesala de la muerte no fué más que una su- 
cursal del infierno, puesto que el paraíso no se 
abría sino a un reducidísimo número de indivi- 
duos. Era cosa de preguntarse v por qué Dios ha- 
bía creado el universo, por qué había creado la 
tierra, por qué había creado la^ humanidad. Las 
inteligencias más bellas, no pudiendo explicar 
la contradicción, se engolfaban en el misticismo, 
erj el ascetismo, se martirizaban a sí mismas en 
sus cuerpos, considerados como cárceles del al- 
ma, se '^ embrutecían", como Pascal, o se enloque- 
cían, como la mayor parte de los santos. 



Laurent dice que todo aquello era necesario, 
que el dogma de la gracia era necesario, que el 
dogTua de la divinidad de Jesús era necesario, 
que el poder de los papas era necesario, en fin que 
todo el catolicismo era necesario para domesticar 
a los bárbaros, que, sin esa disciplina férrea y 
esos dogmias aterrorizadoreS; no se les hubiese 
civilizado . 

Admitamos que las cosas no podían ser de otra 
manera; pero, desde que pasaron los tiempos de 
la barbarie, deberíamos sacar en conclusión que 
concluyó también su papel el dogma correspon- 



234 A. PBYEET 

diente y que, en pos del período teocrático, ha lle- 
gado definitivamente el momento del período hu- 
mano, el período de la ciencia aplicada a todos 
los ramos del entendimiento y de la actividad 
social, la sociología. 

Quiere decir que es preciso realizar la justicia 
en la tierra, y que hay identidad entre la reli- 
gión y la ciencia. 

En pos del reinado de la fuerza, en pos del rei- 
nado del amor debe venir el reinado de la justi- 
cia. 

Nuestro Dios es el Dios- Justicia. Nosotros, hi- 
jos del siglo XIX, decimos en lenguaje jurídico lo 
que los hijos del siglo primero decían en lengua- 
je místico. 

Decimos mal, porque en Israel, justicia era si- 
nónimo de caridad. 

Por consiguiente el mesianismo ha vuelto al 
punto de partida: toda la teología cristiana, toda 
esa construcción metafísico-religiosa que principia 
con Pablo y Juan el titulado evangelista, que 
continúa con Agustín, y que de concilio en con- 
cilio abarca toda la edad media hasta el concilio 
de Trento y los tiempos modernos, hasta la pro- 
clamación de la infalibilidad pontificia en 1870, 
todo íiquello constituye una desviación, una abe- 
rración intelectual y moral, o, si se quiere, una 
adaptación provisoria a la situación anormal, an- 
ti-civilizadora, producida en el mundo occident¿il 
por la invasión de los bárbaros, sea del interior, 
sea del exterior. Es preciso recomenzar el movi- 
miento inicial, dejando para siempre a un lado 
las alucinaciones que echaron a perder entonces 
la solución religiosa y social, y llevar a cabo la 
gran síntesis prometida por el mesianismo y equi- 
vocada por el cristianismo: justicia e igualdad pa- 
ra los hombres todos, para los jjueblos todos, li- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO 235 

bertad ilimitada de conciencia, identificación de 
la tierra y del cielo, en una palabra, una religión 
científica, por medio de la cual puedan desarro- 
llarse todas las facultades del ser humano. 



A la concepción teológica del cristianismo ro- 
mano es preciso substituir la concepción huma- 
nitaria: luego debe hacerse la síntesis de todas 
laa religiones, poniendo en el mismo pie todos 
los reveladores, en el panteón de la humanidad, 
como hacían los romanos, proscribiendo la into- 
lerancia dogmática y derribando todas las fron- 
teras físicas y morales que separan a los hom- 
bres y los constituyen en rebaños hostiles unos a 
otros. 



Es preciso hacer justicia a la Iglesia católica: 
había entrevisto la solución. Los papas, suceso- 
res de los Césares, herederos del imperio univer- 
sal de Roma, quisieron fundar la república cris- 
tiana, debiendo ser ellos los presidentes, a fuer 
de representantes de Dios en la tierra. 

Había lógica en ese plan que Gregorio VII, 
Inocencio III, Inocencio IV, y todos los gran- 
des papas de la Edad Media trataron de llevar 
a cabo; pero desgraciadamente descansaba en una 
hipótesis que no aceptaban todos los pueblos: la 
divinidad^ de Jesús. Allí estaban los musulma- 
nes, a más de los judíos que protestaban contra 
esa deificación considerada por ellos como sacri- 
lega, y más allá estaban los sectarios de las de- 
más religiones, tan numerosos, sino más nume- 
rosos que los mismos cristianos. 

Hasta la fecha los cristianos forman una mi- 
noría en la tierra; los budhistas son más nume- 



236 '£. PEYRET 

rosos. ¿Con qué derecho pretendería la mino- 
ría dictar la ley a la mayoría? Dicha preten- 
sión pugna con todas las leyes humanas, porque 
al fin y al cabo hay que someterse a ella, aun 
para hacer cumplir las leyes divinas, las leyes 
reveladas . 

Luego saqúese la consecuencia; declárese que 
el Budha vale tanto como Jesús, y Confucio tan- 
to como Moisés, Zoroastro tanto como Mahoma, 
y celébrese entre todos ellos un tratado de alian- 
za. 

Por otra parte, hemos demostrado que todas 
las religiones son idénticas: esa diversidad tan 
grande en apariencia se reduce a unidad: todas 
vienen a converger hacia un punto único, el mo- 
noteísmo . 

La república cristiana era, pues, una concep- 
ción deficiente y contradictoria por la base. 

Erald también por su/ constitución.; ¿Quién 
era el jefe de aquélla? ¿El papa o el concilio? 
Si era el papa, teníamos el poder absoluto de la 
teocracia, resultado infalible de la evolución teo- 
lógica, como la demuestran la divinidad del Gran 
Lama en el Tibet y la infalibilidad del papa ro- 
mano, porque no hay otro medio de imponer silen- 
cio a la indomable razón humana. 

Si era el concilio, caíamos en el dominio de la 
discusión ilimitada. El Espíritu' Santo estaba 
expuesto a darse desmentidos a sí mismo, porque 
la mayoría del presente podía ser la minoría del 
porvenir, y entonces ¿dónde íbamos a parar? 

Allí está el ejemplo de la Reforma para ma- 
nifestar los peligros de la discusión ilimitada. 

Habíanlo previsto sus padres, cuando le impu- 
sieron el límite insalvable del libro revelado, del 
libro divino, de la Biblia, Pero ¿quién le qui- 



t7A- EVOLUCIÓN DEL" CEISTIANlSMQ 23? 

ta a uno la facultad de interpretarlo a su anto- 
jo? ¿Quién le quita a uno su idiosicrasia in- 
telectual, su daltonismo moral? Hay pintores que 
lo pintan todo gris, porque sus ojos lo ven 
todo de ese color. Del mismo modo, cada lector 
encuentra en un libro impresiones e ideas dife- 
rentes; la libertad de pensar hace irrupción en 
el corral religioso y echa abajo las tranqueras que 
enclaustraban las inteligencias. Luego hay que 
restablecer una autoridad para atajar las inter- 
pretaciones arbitrarias . 

Y ¿qué será, si el Libro pierde su prestigio 
divino? 

Quiere decir que tarde o temprano toda reve- 
lación tiene que caer ante la razón, y que no hay 
dogma que pueda conservarse en pie resistiendo 
los embates de la discusión. 

La religión colectiva se torna imposible; no 
puede haber sino religiones individuales. 

La religión es como el amor, como el senti- 
miento, como el gusto, variable hasta lo infinito. 



¿Cómo alcanzaremos entonces el desiderátum 
apetecido, que no pudo conseguir la Iglesia cató- 
lica? ¿Cómo haremos la república humana, la 
verdadera catolicidad ? 

No hay más remedio: reconociendo la autono- 
mía del individuo y dejándole la libertad de aso- 
ciarse, como lo(, entienda, para satisfacer las as- 
piraciones de su ser, y dejando constituirse en 
la misma base las colectividades populares, y sobre 
todo dejando hacer la ciencia. 

Doloroso es recordarlo, pero no debe olvidarse 
que el cristianismo, con su teología, detuvo ^ du- 
rante siglos el desenvolvimiento del espíritu 
científico, y que el verdadero sistema del mundo 



á38 A. PBYliíJl? 

fué declarado absurdo en filosofía y formalmen- 
te herético en religión. Todavía en el año 1820, 
Jansens fué atacado por haber admitido el mo- 
vimiento de la tierra. 

Unos sectarios de la Reforma, ios cuákeros, 
han deducido la consecuencia que estamos procla- 
mando y reclamando; admiten la revolución, pe- 
ro no se creen ligados, ni por la palabra escrita 
como los protestantes, ni por la tradición como 
los católicos, siendo para ellos la verdadera ins- 
piración la inspiración interna. Esta es la doc- 
trina de la religión progresiva. 

"Los mismos cuákeros destruyeron el mayor 
obstáculo que encuentra la libertad religiosa — 
el interés del cuerpo sacerdotal; no tienen sa- 
cerdotes. En su creencia, es imposible la into- 
lerancia, porque la revelación deja de ser un he- 
cho externo y se verifica en cada hombre por la 
operación del Espíritu Santo, es decir, que la re- 
ligión es una relación del individuo con Dios que, 
por consiguiente, es de esencia libre" (Laurent) . 

Allí está la solución apetecida. Observaremos 
que los cuákeros, al proceder así, no hacen más 
que volver al punto de partida de la evolución 
religiosa: en los pueblos primitivos también la 
religión es individualista; cada hombre tiene su 
fetiche propio. 



Decía el emperador Julián que el cristianismo 
no era hecho para los griegos, y que el helenismo 
era indestructible. 

Por helenismo debe entenderse todo lo que 
constituye la cultura helénica y que efectivamen- 
te renació en Europa, después de la caída do 
Constantinopla, cuando los fugitivos de Oriente 
hubieron comunicado a los occidentales los toso- 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANÍSMO 239 

ros literarios y científicos amontonados por aque- 
lla nación admirable. 

El helenismo sucumbió, cuando la hermosa Hi- 
patia fué apedreada por el populacho fanático 
de Alejandría, a quien excitaba el monje Cirilo, 
cuando Justiniano mandó cerrar la escuela filosó- 
fica de Atenas, cuando los frailes cristianos que- 
maron los libros de las bibliotecas. 



El cristianismo, dice Lawent, pareció entonces 
vencer la filosofía, pero el triunfo no fué más 
que aparente. La filosofía estaba en decaden- 
cia; el neoplatonismo había acudido a los proce- 
dimientos del éxtasis, de la teurgía. Lo que pe- 
reció realmente fué el paganismo, del cual la fi- 
losofía se había hecho el aliado imprudente. No 
tai-dó en recomenzar la lucha con el cristianis- 
mo, cuya pretensión es ser inmutable., 



Dice ese mismo autor que se necesitaba la di- 
vinidad del Cristo para derribar el paganismo, 
pero le haremos observar que esta divinización 
importaba inaugurar un nuevo paganismo. 

Agrega el mismo: Sin la divinidad del Cristo 
no podía haber Trinidad y la Trinidad era ne- 
cesaria para la marcha de la humanidad. No 
se poseía entonces la noción del progreso; resul- 
taba que los espíritus estaban conducidos a for- 
mular la teoría del Verbo platónico, convirtién- 
dolo en hipóstasis, en encarnación para llevar a 
cabo la acción de Dios sobre la humanidad. En 
cuanto al Espíritu Santo, indícalo la palabra, es 
la inspiración pennanente del mismo Dios, co- 
municada a loa hombres por los pontífices cons- 
tituidos. 



240 [K, PEYEBT, 

Observaremos que la humanidad entonces, co- 
mo siempre, objetivaba sus propios pensamientos, 
dándoles una existencia fantástica en el cielo de 
la teología. El Verbo de Dios es el Verbo de 
la humanidad, y el Espíritu Santo el espíritu de 
cada uno de nosotros, como dicen los cuákeros. 

El dogma del pecado original traía por conse- 
cuencia la divinidad de Jesucristo. Efectiva- 
mente, necesitábase la intervención del mismo 
Dios para borrar las consecuencias de aquél. 

Lo que no deja de parecer extraño, es que ese 
dogma fué proclamado por la influencia de Cons- 
tantino, quien a esa fecha no estaba bautizado 
todavía. 



Orígenes sen+aba por principio el dogma de la 
caída como Platón, como los brahmanes, como los 
budhistas, como Empedocles, como Pitágoras. Pe- 
ro añadía que todos los hombres podían regene- 
rarse por medio de existencias sucesivas y salvar- 
se, no habiendo criatura esencialmente mala. 

Orígenes fué condenado por la iglesia. 



Pablo había vencido el mosaísmo con el dogma 
de la gracia. Debido a ese dogma. Dios llama a 
todos los pueblos, y no solamente a los judíos que 
se consideral)an el pueblo predilecto y hacían de- 
pender su salvación de los obras externas. 

La doctrina de Agustín, dice Laurent, se armo- 
nizaba con las necesidades de la época; para do- 
minar a los bárbaros que tenían la fuerza, nece- 
sitábase la fe. Agustín aniquilaba al hombre an- 
te Dios. 

Más tarde, el mismo dogma debía servir a Lu- 
lero y a Calvino para abatir el poder de la Igle- 



LA EVOLUCIÓN DB£ CEISTIANISMOÍ 241 

sia Católica Romana con su formidable jerarquía. 
Dios da su gracia a quien quiere: luego los in- 
termediarios son inútiles para comunicar con él; 
no se necesita sacerdocio especial; cada hombre 
es su propio sacerdote, su propio papa. 



Los antiguos no conocían la filosofía de la his- 
toria; es el cristianismo el que la hizo posible, di- 
ce Laurent. Antes no existía. 

Mas, la filosofía de la historia, desde el punto 
de vista cristiano, es exclusiva e incompleta, des- 
de que hace girar todo el movimiento social alre- 
dedor de la cruz del Nazareno y desde que esta- 
blece el antagonismo entre la tierra y el cielo, 
entre la ciudad terrenal y la ciudad divina. 



Sin los bárbaros, dice Laurent, no hubiesen ha- 
bido cristianismo, y sin el cristianismo los bár- 
baros hubiesen destruido el mundo que estaban 
destinados a regenerar. El cristianismo fué el 
moderador entre vencedores y vencidos. 



Los bárbaros se convirtieron primeramente al 
arianismo; por ejemplo, los godos, visigodos, os- 
tro-godos, vándalos, lombardos. 

Los francos se convirtieron al cristianismo ro- 
mano; de allí vino el poder de la Iglesia romana 
y del papado, porque aquéllos se hicieron sus 
soldados . 

Carlomagno propagó el cristianismo con las 
armas y consolidó el papado, abriéndole el cami- 
no, sin quererlo. El mismo decía: ''Tengo mi- 
sión con el auxilio do la misericordia divina, de 



34:2 c A. TBYJL^T 

defender por las armas la Santa Iglesia del Cris- 
to contra los ataques de los paganos y el saqueo 
de los infieles, y de consolidarla en el interior 
como en el exterior por la profesión de la fe ca- 
tólica." 



La corrupción se había apoderado de la aris- 
tooracia episcopal. El poder absoluto de los 
obispos, su tiranía, sus riquezas, su dominio, su 
simonía habían acarreado la disolución de la igle- 
sia en los siglos nueve y diez. 

El episcopado no podía impedir las injusticias 
perpetradas por los reyes y los señores feudales. 
El cristianismo iba a perderse. El papado hizo 
oír la voz de la justicia. 

Sin el papado no hubiese habido cristianismo 
ni civilización. 'Tal es, al menos, la opinión de 
Laurent . 



Un documento falsificado, las falsas decretales 
de Isidro, sometieron el episcopado que resistía 
al obispo de Roma. 

Según esos documentos todos los obispos ha- 
bían sido desde los primeros tiempos sujetos a 
ese obispo, considerado como sucesor de San Pe- 
dro. 

Desde luego hemos visto que jamás Pedro es- 
tuvo en Roma, y por otra parte consta que esa 
obediencia no existía de hecho ni de derecho. Las 
decretales fueron fraguadas en el siglo noveno. 

Pero, aunque falsas, tuvieron aceptación por- 
que correspondían al sentimiento popular. 



I^L líVOLrCIÓN DEC CRISTIANISiíO 243 

No podía haber iglesias nacionales, porque 
esa concepción pugnaba con la misma esencia del 
catolicismo, "'a universalidad. 

Una iglesia nacional queda necesariamente so- 
metida a la influencia del estado, y ¿qué era el 
estado en el siglo X? 

La fuerza brutal, la violencia. ¿Concíbese la 
iglesia dominada por las mil tiranías feudales? 
¿La iglesia una por su esencia, dividida hasta lo 
infinito? Iglesias particulares hubiesen acarrea- 
do la ruina de la iglesia universal, la ruina del 
cristianismo. La dominación del papado era una 
condición de existencia para la iglesia en la Edad 
Media. 

Esto explica a Gregorio VII. 

Continuamos el pensamiento de Laurent . 

Gregorio VII reformó la iglesia, pero fracasó 
en su intentona de teocracia, es decir, cuando 
pretendió someter los gobiernos temporales al po- 
der espiritual. 



El sistema político de la edad media, su unidad, 
queda resumido por el papa y el emperador. 

"El papa, dice el cardf-'ial Damiano, reconoce 
al emperador cor.i.j jefe temporal de la cristian- 
dad; el papa es el alma, el emperador es el cuer- 
po de la iglesia. La armonía de ambos poderes 
forma la unidad cristiana como la urinü-ía dü 
alma y del cuerpo constituye la vida del li-^rabre. 
El sacerdocio y la monarquía estaban unidos en 
la persona de Jesucristo ; el papa y el emperador, 
por su fusión y su concordia, son la imagen d?. 
esa unidad misteriosa, de manera que se encuen- 
tra el rey en el pontífice y el pontífice en el rey.' 
La unión del papa y del emperador asegurará la 
justicia, la armonía y la paz"., 



244 £. PETEBT 

El papa representa el sol del mundo moral, el 
emperador es la lmi.a. 

En resumidas cuentas, el imperio no es sino el 
brazo armado de la iglesia. 

Aquello es, o debía ser, una teocracia, en el sen- 
timiento de los papas que idearon el sistema. 



Un dios, un papa, un emperador, tal era la uni- 
dad cristiana. 

Mas no pasó de una utopía jamás realizada. 

El poder esipiritual, el poder de los papas, pa- 
reció triunfar un momento, apoyándose sobre la 
fe y sobre la ignorancia de los pueblos ; entró en 
lucha con el poder temporal y ambos quedaron 
anulados en el conflicto. 

El poder temporal invocó también la investi- 
dura divina, alegando que el emperador es tan- 
to como el papa el vicario del Cristo, el jefe tem- 
poral de la cristiandad. 

Quien triunfó fué la independencia de las na- 
ciones amenazadas por la resurrección de la teo- 
cracia oriental y del imperium romano. 

Desde entonces quedó decidido que ni el papa 
ni el emperador podrían a su antojo dirigir el 
rebaño humano. 

El poder teocrático fué quebrado por los reyes 
franceses que proclamaron los fueros de la igle- 
sia galicana. Los descendientes de esos mismos 
reyes que levantaron el poder del papado, lo tra- 
jeron cautivo a sus dominios, preparando así el 
irran cisma que debía ser el precursor de la re- 
f-.-rn:? 

El derecho romano resucitado, el derecho ci- 
"vü, venció al derecho canónico: sonó la hora de 
la decadencia para los papas. 



LA EVOLUCIÓN DEL CEISTIANISMO ^45 

La reforma fué una revolución religiosa, pero 
no pretendió hacer innovación alguna en; la reli- 
gión cristiana; acepta la revelación y los dog- 
mas formulados por los concilios de los primeros 
siglos. Dice que la iglesia romana ha corrompi- 
do la fe en el interés de su dominación, que con- 
funde a Jesucristo con ella misma y que consi- 
dera el sacerdocio como el intermediario necesa- 
rio CDtre el hombre y Dios, cuya pretensión es 
rechazada por los promotores de aquella. 



La reforma había tenido precursores numero- 
sos en la edad media, pues la libertad de con- 
ciencia jamás dejó de protestar de un modo o de 
otro contra el titulado poder espiritual, que es 
una concepción inadmisible para el entendimiento 
humano . 

Nombraremos a Waldus, Pedro de Bruays, 
Wicklif, Arnaldo de Brescia, Occam, Marsilo de 
Padua, Hugo de San' Victor, Rogelio Bacon, Scot 
Erígenos, Gottchalk, Berenger de Turs, Abelard, 
los albigenses, los nominalistas, los escépticos, 
los averroístas y tantos otros. 

El mahometismo, antítesis del cristianismo, ne- 
gando la divinidad de Jesús, ejerció una influen- 
cia poderosa sobre las inteligencias. 

El renacimiento reabrió el depósito de la sabi- 
duría antigua, resucitando el helenismo, es de- 
cir la libertad de pensar. 

En fin vino la reforma, que fué al mismo tiem- 
po una revolución religiosa, política y social. 



Si la autoridad de la iglesia es diviua, el hom- 
bre llega a ser el esclavo del hombr©; la libertad 



246 A. PEYEET 

qué le reconoce la iglesia católica no pasa de una 
palabra sin sentido; libre en apariencia ante Dios, 
es esclavo del clero que encubre su dominación 
coi^ el nombre de Dios. Emancipar a la humani- 
dad de esa servidumbre, tal fué la obra de la 
reforma . 



Lá reforma puso la iglesia en el estado. 



El cristianismo, tal como lo formularan el con- 
cilio de Nicea y; San Agustín es intolerante por 
esencia. 

De allí vinieron las guerras de religión que en- 
sangrentaron la Europa durante más de un siglo. 

Esas guerras, emprendidas en nombre de la 
verdad revelada, llegaron finalmente a sembrar 
en las almas los gérmenes de la indiferencia y 
de la incredulidad.: 



El papa se negó a firmar el tratado de Vesfa- 
lia que ponía fin a la prolongada lucha, reco- 
nociendo la existencia política de los estados re- 
formados, porque comprendió que eso importaba el 
abandono tácito de su poder divino. 



La religión es progresiva. Los mismos padres 
de la iglesia lo reconocen. Dice San Agustín: 

"Nada es inmóvil en el mundo; todo sufre mu- 
danzas. El verano reemplaza al invierno, el día 
a la noche. ¿Cuánto no se modifica el hombre al 
pasar de ]a infancia a la juventud, de la ado- 
lescencia a la edad madura y a la ancianidad? ¿Y 



ita: evolución del' cristianismo 247 

las reglas, las leyes no sufren mudanza ' con la 
edad? Lo mismo pasa con las revelaciones que 
Dios da a la humanidad. Sabe lo que conviene 
a cada tiempo, a cada edad; muda, añade, quita; 
todas esas modificaciones, cuya naturaleza se nos 
escapa, forman: en los designios de Dios una bella 
armonía, siendo como el canto magnífico de un 
gran artista". 



El mismo San Agustín no hubiese reconocido 
su creencia en la creencia de los jesuítas. 



El catolicismo, vencido y arrollado en una gran 
parte de Europa, no tardó en organizar una reac- 
ción general para recuperar las ventajas perdi- 
das. Mas, sua viatorias sólo fueron aparentes; 
en realidad esa reacción conduce a la hipocresía 
y a la incredulidad. Ese resultado es inevitable: 
no descansando el catolicismo sino en la falsa 
idea de una revelación milagrosa, no puede man- 
tenerse sino por medios artificiales la superstición 
en las masas, la política en las clases dominantes. 

Mas el protestantismo queda derrotado, pues 
conserva errores fundamentales. La que triunfó, 
finalmente, es la filosofía. 



Una de las primeras medidas tomadas por la 
reacción católica fué la reorganización de la in- 
quisición. 

La inquisición, dice Juan de Müller, perdió la 
España, matándole el alma. 

La inquisición, dice Guardia, salvó la Eipaña 



^tó 'A. PEYEET, 

de la reforma, haciéndole bajar al último rango 
de las naciones. 



Carlos V y Felipe II fueron los grandes cam- 
peones del catolicismo. El último sobre todo es 
el ideal del príncipe católico. Solía decir él mis- 
mo que era la columna de la iglesia, siendo aque- 
lla su misión divina. Instrumento dócil de la 
iglesia, Mzose el verdugo del papado; hubiera en- 
tregado su hijo a la hoguera, si lo hubiese creído 
culpable de herejía. 



La revolución de las provincias unidas de Ho- 
landa salvó la libertad de conciencia. 



La milicia de los jesuítas hizo más por el ca- 
tolicismo que el re}^ de España con todo su poder. 



Adviértase que la reina Isabel de Inglateri'a, 
que defendía la reforma, no era, más tolerante 
que Felipe II. 



La reforma es esencialmente germánica. 

En cuanto a la Francia, en esa crisis, no fué ni 
católica, ni cristiana: inauguró una religión más 
elevada, la de la tolerancia, la de la humanidad. 

Si la Francia hubiera abrazado la reforma, no 
hubiese hecho la revolución. 

Esta opinión de Laurent ha sido combatida 
por otros. La revolución política, ¿por qué fra- 
casó en Francia? ¿Por qué las instituciones li- 



LA EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO: 249 

bres no pueden arraigarse en ese país? Precisa- 
mente porque la teocracia romana no lo ha per- 
mitido . 

El sistema de Enrique IV quedó ya desvirtua- 
do con la revocación del edicto de Nantes, paso 
inmenso dado para atrás, medida dictada por un 
amor exagerado a la unidad, que inspiraba enton- 
ces la política francesa, y aconsejada sobre todo 
por los jesuítas. 



Los campeones del retroceso son los jesuítas 
instituidos expresamente para combatir la refor- 
ma. 

Lutero, inspirándose en San Pablo, había pro- 
clamado que todos los hombres son sacerdotes, 
que no se necesita intermediario para entrar en 
relación con la divinidad. 

Ignacio de Loyola proclame que el inferior de- 
be obedecer al supericr, estar en sus manos co- 
mo un bastón en las manos de un anciano, como 
un cadáver, e impuso a su orden el juramento 
de obediencia absoluta al papa. 

Los jesuítas procuran conciliar una religión 
inmutable con una sociedad nueva. Inventan un 
nuevo cristianismo, la devoción fácil, la moral 
acomodaticia para atraer a las masas que se les 
escapan, y, ¡cosa extraña!: admiten al libre albe- 
drío negado por los reformadores, pero recono- 
cen la gracia al mismo tiempo. 

"Los jesuítas, dice Sainte Beuve, son, todo 
considerado, los que sacaron mejor partido de 
una religión falsa, eludiéndola, o más bien co- 
n'ompiéndola porque, lo que caracteriza lo malo 
es no llegar a ser algo tolerable sino cuando está 
corrompido." 

Este elogio, para decirlo de paso, se parece mu- 



250 'X. PEYEET 

cho a una espada de dos filos; importa matar a 
dos pájaros de una pedrada, como sle dice vul- 
garmente . 



El jansenismo fué una protesta contra el jesui- 
tismo, una intentona de reforma del catolicismo 
sin derribar la jerarquía eelcisiástica ; el janse- 
nismo es en el fondo la doctrina de Agustín. Fué 
condenado en Roma; triunfaron los jesuítas en 
la cuestión del dogma, pero fueron derrotados 
en la cuestión de la moral ante la opinión públi- 
ca. En sus inmortales Provinciales, Pascal los 
marcó en la frente para siempre, y Moliere los 
pintó en su Tartufo. 



Los jesuítas, desconceptuados y no pudiendo 
ya imponer directamente su voluntad a los go- 
biernos, se hicieron educacionistas; por medio de 
la educación procuraron recuperar el terreno per- 
dido . 



La filosofía había venido con el renacimiento. 
Bacon y Descartes inauguraron el movimiento 
emancipador,, demoledor, pero tímidamente, sobre 
todo el último, que quiere conciliar la razón con 
la fe, diciendo que ambas tienen sus dominios se- 
parados. Esa era una precaución de que debían 
hacer easo omiso sus sucesores. 



El cristiano Malebranehe declara que la ver- 
dadera religión y la verdadera filosofía son idén- 
ticas, mas ¿dónde está la religión verdadera? 



liA EVOLUCIÓN DBE CRISTIANISlffo: 251 

El siglo XVín es el siglo de la filosofía. Esa 
filosofía ha demolido el edificio teocrático, pulve- 
rizado el cristianismo histórico ; mas, dice Lau- 
rent, las negaciones no bastan al espíritu humano. 

Por eso vino la reacción religiosa en el siglo 
XIX, tras las intentonas fracasadas de la revo- 
lución para establecer una nueva religión y ^^ 
nuevo oulto. 



La filosofía debe preparar el advenimiento de 
una religión que la razón pueda aceptar. 



El ultramontanismo — es decir, el catolicismo 
romano, dominado por el papa y los jesuítas — es 
una doctrina incompatible con la soberanía del 
estado y con la libertad del individuo. 



Los neo-católicos, los católicos liberales preten- 
dieron amoldar el catolicismo a las necesidades 
de la civilización moderna. Pío IX los condenó. 



¿Puede reformarse el catolicismo? La iglesia 
jamás transige. Non possumus, dice Pío IX. 



Tal es el último resultado de la evolución ca- 
tólica. El protestantismo ha verificado también 
la suya. Hay actualmente un protestantismo or- 
todoxo y un protestantismo liberal. 



252 A. PEYRET 

Mas, la ortodoxia protestante no pasa de una 
ficeiÓL, y el protestantismo liberal es idéntico con 
la filosofía. ; jsi ] 

¿Cuál será la conclusión? Stranss y llenan eon- 
euerdan a este respecto: "Un cristianismo libre 
e individual, con innumerables variedades inte- 
riores, tal nos parece ser el porvenir religioso de 
la humanidad". 



Channing pide que los seminarios unitarianos 
sean dedicados al libre pensamiento. 



El profesor Laurent, escribiendo un libro ti- 
tulado Eeligión del Porvenir, aparta el dogma de 
un Dios personal, colocado fuera del mundo, pa- 
ra proclamar, como Espinosa, la inmanencia de 
Dios en el mundo. Dios se manifiesta en el hom- 
bre y en el mundo. Dios en la historia, tal es el 
último resultado de todos los estudios históricos. 
Sin duda existen causas secundarias, pero sobre 
esas causas es Dios quien ,diirige nuefstros des- 
tinos . 



San Pablo había dicho ya: Estamos en Dios, 
vivimos en Dios y nos movemos en Dios. 

Y Fenelón : El hombre se agita, Dios lo conduce. 

Pero ¿son arbitrarias las voluntades de Dios, 
caprichosas, sin regla? 

No. En ese caso la humanidad no tendría le- 
yes, y la ciencia social sería una ciencia imposible. 

Hay, i)ues, una ley para el mundo moral, co- 
mo para el mundo físico, la justicia para el pri- 
mero, el equilibrio para el segundo. 



la: evolttción dbc CEISTIANISMO 253 

Esa doble ley es ineludible, inviolable, impres- 
criptible, y tarde o temprano se bace sentir en 
todas partes. 

La ciencia física y la ciencia moral se prestan, 
pues, un apoyo mutuo y constante para construir 
el mundo social conforme a esa norma ideal que 
se nos aparece por delante y que cada hombre 
siente protestar en su conciencia, cuando se co- 
meten iniquidades grandes o pequeñas, cuando so 
perturba la armonía universal. 

Resumen: El cristianismo estriba en el pecado 
original . 

La humanidad quedó perdida irremisiblemente 
por ese pecado, incapaz de salvarse por sus pro- 
pios esfuerzos. 

Necesitábase pues la intervención de un' Dios 
para redimirla. 

De allí la encarnación de Dios, del hijo de Dios, 
del Verbo de Dios. 

De allí el sacrificio del hijo de Dios. 

De allí la necesidad de una revelación. 

De allí la necesidad de una iglesia para con- 
servarla inalterable e interpretarla. 

De allí la necesidad de un jefe en esa iglesia 
para evitar la anarquía intelectual, la herejía. 

De allí la necesidad de la infalibilidad en es« 
jefe de la iglesia; órgano de Dios en la tierra, 
Dios visible. 

De allí la absorción de la humanidad entera 
en un hombre, la teocracia universal. 

Tal es la concepción del cristianismo romano, 
que es lógico, no puede negarse; pero como la 
razón: no admite el punto de partida, toda esa 
construcción levantada tan laboriosamente y a 
costa de tantos sacrificios, se viene al suelo. 



254 A. PBYKET 

La razón y la observación histórica no admiten 
el pecado original, ni por consiguiente la necesi- 
dad de la redención, de la mediación, de la en- 
carnación del sacrificio del hijo de Dios, en fin, 
de todos los términos de la serie teológica. 

Todas esas concepciones son meros resabios de 
la superstición, de la ignorancia, de la mitología 
primitiva y se resuelven en fantasmagoría, en ani- 
mismo, en idolatría, en antropomorfismo, en fe- 
tichismo . 

El sacrifieio del hijo de Dios sobre todo es un 
dogma, que reproduce ni más ni menos el culto 
del fetichismo primitivo. Es un hecho de sobre- 
vivencia, como dice Tylor, cuya analogía eon las 
religiones bárbaras es indisputable. 

Luego tiene que eliminarse como todas las re- 
ligiones fetíchioas, con todos sus sacerdotes, bru- 
jos y exorcistas, con todos esos intermediarios que 
pretenden ponerse en comunicación con la divini- 
dad, y debe dejarse al hombre solo frente a fren- 
te con la potencia incognoscible, impenetrable, in- 
accesible que anima y rige los mundos; porque 
ningún sacerdote, ningún brujo puede conocerla 
más ni menos que cada uno de nosotros. 

La religión del Cristo debe ser sustituida por 
la religión de la Humanidad. 



índice 



Alejo Peyreit 

Alejo Peyret, por Godofrado Daireajux 



Págs. 

4 
7 



Introducci6a al curso de conferencias sobre "La 
historiia de las institaiciones libres", desen- 
vuelto en el Colegio Nacional die Buenos Aires. 25 

Prefacio de la "Historia de las Teligiones" . . 29 



La evolución del cristianismo 

Capítulo I. — Jesús 49 

Capítulo II. — Los apostóles 85 

Capítulo III.— San Pablo "... 103 

Capitulo IV. — Los actos de los apóstoles . . . 125 

Capítulo V. — El cuarto (evangelio 129 

Capítulo VI. — 'El Apocaliipsls y demás libros sa- 

igrados 141 

Capílmlo VIL — Lia formación del canon del Nue. 

vo Testamento 149 

Capítulo VIII. — Triunfo y propagación del cris- 

itlianisnc'O 155 

Capítulo IX. — Las tTansformaciomes del cristia. 

nismo 167 

Capítulo X. — El dogma de la divinidad de Je. 

isucrls'to 183 

Capítulo XI. — La doctrina cristiana .... 195 

Capítulo XII. — Los concilios 217 

Capítulo XIII. — La etvolución del Cristian i6n.o . . 227 




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Tan. Qráf. L. J. Rosso y Cía 
Beígrano 475 - Buenos Aires 



Revista de FilosofJQ 

CULTURñ - CIENCIñS - EDUCfíCIÓN 

Publicación bimestral dirigida por JOSÉ INGENIEROS 

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Estudia problemas de cultura superior e ideas generales 
que excedan los límites de cada especialización científica. 
No edita artículos literarios, políticos, históricos ni forenses. 

Desea imprimir unidad de expresión al naciente pensa- 
miento argentino, continuando la orientación cultural de 
Rivadavia, Echeverría, Alberdi y Sarmiento. 

Ha publicado artículos de Florentino Ameghino, José M. 
Ramos Mejia, Agustín Alvar ez, Joaquín V. González, Rodolfo 
Rivarola, Ángel Gallardo, Pedro N. Arata, Jorge Duclout, 
Carlos O. Bunge, Francisco de Veyga, J. Alfredo Ferreyra, 
Víctor Mercante, Julio Méndez, Enrique Martínez Paz, 
Gregorio Araoz Alfar o, Garlos Ameghino, Alvaro Melián 
Lafinur, Cristóbal M. Hicken, Lucas Ayarragaray, Rodolfo 
Senet, Alberto Williams, Carlos Sánchez Viamonte, Aberto E. 
Castex, Raquel Camaña, José Oliva, Eduardo Acevedo, Julio 
Barreda Lynch, Martín Doello Jurado, Salvador Debenedetti, 
Juan W. Gez, Ricardo Rojas, Maximio S. Victoria, Alfredo 
Colmo, Alicia Moreau, Emüio Zuccanni, Augusto Bunge, 
Vicente D. Sierra, Raúl A. Orgaz, Teodoro Becü, Ramón 
Melgar, Julio Cruz Ghio, Ncrio A. Rojas, A. Alberto Palcos 
José M. Monner Sans, etc., etc. 

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Las Neurosis de los Hombres célel 
Aiberdi - Ensayo crítico. 
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La instrucción secundaria. 
Manual de la Historia Argentii^ 
Estudios económicos 
Campañas de la Indepeniencia 

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Poesías Líricas 



Martin F'ei'o, Smtos Vesa y Fau|J 
Eácnt!)s literarios. 
El Federa isnio Argentino. 
DüCtriní<s y de-^cubrimientos. 
La Creación del mundo moral. 
¿A Jonde vamos? 
W anual de patología política 
Historia coloni.U argentina. 
Rrc:ierdos liternrios. 
Estudios Americanos. 
Reflexiones. 
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Escitos científicos. 
Petagogí .,^oci I. 
Barranca ab.ijo — Los Muertos 
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Eliici ¡Su V\>ral - Tres líepiques 
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